viernes, 4 de marzo de 2011

Alexandra Mikailowna Kollontay.

"Una revolucionaria marxista, internacionalista convencida y profundamente feminista, borrada de la historia oficial del comunismo". Fue la primera mujer que participó en un gobierno y la primera en ejercer la función de representante de su país en el extranjero, siendo embajadora de la Unión Soviética en Oslo y Méjico. Pero destaca, sobre todo, por haber sido una de las figuras más importantes de la revolución rusa y por su aportación teórica y práctica a la lucha inseparable por el socialismo y la igualdad de la mujer.


Nació en el 1872 en San Petersburgo, en  una familia acomodada y bastante liberal. Hija única de su padre, el general Domontovich, y la más pequeña de su madre, casada en segundas nupcias. 

Las obligaciones militares del padre les llevaron a diferentes lugares, entre ellos Bulgaria y Finlandia y su familia no le dejó ir a la escuela para no encontrarse con malas influencias, siendo educada por una instructora particular.

Mientras que sus padres planean un buen matrimonio social, ella sueña con "una gran pasión" que le lleva a escoger ella misma como marido a un primo suyo que se encontraba en un escalón social inferior. 

En un primer momento, intenta abrirse vías como escritora con una novela que envió a Korolenko –el famoso escritor que fue decisivo en la carrera inicial de Gorki-, y éste le contestó que era una mala novela pero que debía de continuar en su empeño. Para su esposo, se trataba de un capricho inútil y aceptó con  condescendencia e ironía estas inclinaciones. Pero el paso siguiente fue la lectura de propaganda antigubernamental que generó importantes conflictos en el matrimonio. A los tres años de casados, Alejandra dejaba a su marido, entregaba su hijo a sus padres y se metía de lleno en la actividad política. 

Divorciada, Alejandra sale de Rusia en 1898 rumbo a Alemania, donde recibe la influencia del feminismo de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo  y empieza a interesarse por el estudio del marxismo, estudiando Historia del Trabajo en Zúrich. A su vuelta, en 1899 conoce a Lenin y entra en las filas del partido socialdemócrata. En 1905 es testigo del alzamiento frente al Palacio de Invierno y debe marchar al exilio por una publicación en que arenga a las gentes de Finlandia (de donde es originaria su madre) a sublevarse contra la opresión rusa. 

Permanecerá nueve años en el exilio. Un largo período durante el cual la internacionalista luchará como escritora y agitadora en Alemania, Francia, Inglaterra, Suiza, Bélgica, Dinamarca, Noruega y los Estados Unidos donde permanecerá durante cerca de dos años. Durante todo este tiempo, Alejandra más que una representante de una u otra tendencia es una figura notable dentro del socialismo ruso, que mantiene sus propios puntos de vista que una vez coinciden con unos y otra vez con otros. 

En 1914 se adscribe a la facción bolchevique del partido y vuelve a Rusia, participando en la revolución de 1917 y se convierte en Comisaria de Bienestar Social. En 1919 funda el Departamento de la Mujer, convirtiéndose así en la más prominente mujer de la revolución. El Departamento, que estará operativo hasta 1930, fue esencial en la educación de las mujeres y en su sensibilización ante el matrimonio, las leyes, y la igualdad. También es importante su crítica al rumbo que tomaba el feminismo soviético tras la revolución ya que no se tomaron medidas concretas para conseguir la igualdad entre hombres y mujeres promovida por decreto. 

La mujer rusa necesitaba un cambio revolucionario. Habían sido las esclavas de los esclavos y todavía, en pleno siglo XX, la legislación zarista reconocía a los maridos el derecho de maltratar a sus esposas. Sin embargo, aunque esta necesidad fuese apremiante, el atraso cultural, la represión y por supuesto, la incomprensión del propio movimiento revolucionario, hizo que la incorporación de las mujeres a la lucha fuera tardía y subordinada. Junto a esto, la guerra civil, el ascenso de la burocracia y la rápida sucesión de acontecimientos no permitió que las ideas desarrolladas por las mujeres revolucionarias rusas se hicieran fuertes a través de organizaciones estables y capaces de imponerse. Es por ello que el feminismo revolucionario ruso esta basado en grandes individualidades, Alejandra Kollontay y Maria Spiridonova, Vera Figner, la menchevique Vera Zasúlitch, o las bolcheviques, Angélica Balabanov, Larissa Reissner, Nadia Krupskaya entre otras. 

En su vejez, la propia Kollontay establece su trayectoria militante sobre una triple aportación: “Mi primera aportación, naturalmente, es la que he dado en la lucha por la emancipación de las mujeres trabajadoras y por el afianzamiento de su igualdad en todas las esferas del trabajo, de la actividad estatal, la ciencia y demás. Con la particularidad de que enlaza indisolublemente, la lucha por la emancipación y la igualdad con la doble misión de la mujer: la de ciudadana y la de madre (...) segunda aportación a la lucha por la agitación de una sociedad nueva es mi labor internacional, la agitación y la propaganda realizadas en muchos países y, esencialmente, en los Estados Unidos de Norteamérica durante la primera guerra imperialista (...) tercera aportación a la política de fortalecimiento de la Unión Soviética es mi actuación en la diplomacia, desde 1922 hasta marzo de 1945...”



Su actuación será la de una feminista socialista que trata de organizar a las mujeres obreras al margen y en contra de las moderadas mujeres liberales, para las que el movimiento obrero sólo tiene que actuar para conquistar las libertades renunciando a tener una política independiente. Sigue los criterios de Clara Zetkin y forma una asociación de mujeres muy vinculadas al partido. No obstante, a pesar de los brillantes resultados iniciales, la asociación no logrará consolidarse y desaparece ante los primeros embates de la represión. Encontró en la primera fase de la revolución un amplio movimiento protagonizado por las mujeres, un momento único en la historia de Rusia. En muy pocos días se tomaron medidas que poco antes parecían imposibles, se facilitó el derecho al aborto y desapareció el concepto de hijo ilegítimo. El matrimonio y el divorcio se redujeron a un trámite sin complicaciones. En el terreno económico se abolieron las trabas que impedían el acceso de la mujer a la industria y a la administración. Se crearon innumerables comedores públicos, guarderías.....

Kollontay se opuso activamente a la Primera Guerra Mundial. Se implicó en la preparación de la Conferencia de Zimmerwald en 1915, donde participaron 38 delegados de 12 países involucrados en la guerra. Coincidió con la postura revolucionaria de los bolcheviques y se unió a ellos. Alejandra se define como una mujer emancipada. A lo largo de su vida militante, llevó una lucha constante y casi solitaria -no tuvo un movimiento femenino detrás como lo tuvo Clara Zetkin- por los derechos de la mujer. Esta actividad se concretó en su acción como agitadora tanto en Rusia como en los numerosos países donde vivió, en sus aportaciones en diferentes congresos y conferencias internacionales, en su acción dentro del marxismo ruso por potenciar organizaciones autónomas de mujeres, y en el proceso revolucionario soviético en la defensa de unas premisas que podemos sintetizar en, destruir la familia burguesa, liberar la sexualidad, oponer al matrimonio monógamo la comunidad y desarrollar una mujer nueva con una nueva moral en la construcción del socialismo.                                                     

                       




En su vida había tenido un buen número de amantes, y hablaba de la sexualidad con un desenfado que sólo compartía en Rusia otra bolchevique, Inessa Armand. Esto era demasiado para la derecha que la consideraba un ejemplo de la perversidad revolucionaria como muestran los acontecimientos ocurridos cuando grupo de obreros intentaba apagar el incendio del Palacio de la Maternidad que se había creado a instancia de su ministerio.

El incendio había sido provocado por los saboteadores, pero la jefe de las niñeras comenzó a gritar contra ella, clamando: “¡Miradla! Esa es la Kollontay, la bolchevique feroz. ¡Ella es quien ha prendido fuego a nuestra casa! ¡Quería abrasarnos con estas criaturas! Para que se condenaran nuestras almas cristianas. ¡Lo que quieren los comisarios es quedarse con el racionamiento de los niños!...”.

   El propio Lenin reconoció que tras muchos comunistas se escondía un marido tradicional y se fue desarrollando un «obrerismo» de marcado signo antifeminista. Se empezó a decir que el feminismo representaba algo así como una desviación de la lucha de clases, y se decía que la liberación de la mujer se garantizaría con el triunfo de la revolución. Mujeres del temple de Clara Zetkin y de Alejandra Kollontai no fueron capaces de oponerse a estos criterios. Con Stalin, la mujer soviética fue perdiendo todas sus conquistas. Pero esta es ya otra historia ante la cual Alejandra Kollontay mantuvo un silencio aprobatorio. Entre aquella mujer que quería acabar con la esclavitud femenina y ésta, ya instalada en un sistema en el que el machismo estaba plenamente institucionalizado aunque de una forma muy diferente al de los tiempos del zarismo, hay un intermedio marcado por las derrotas.
 
 Murió en 1952, olvidada como revolucionaria y recordada como diplomática, siendo el único dirigente de las diferentes oposiciones en el partido bolchevique que falleció de muerte natural. Sus obras no aparecieron, incluso en su versión adaptada a las nuevas circunstancias, hasta tiempo después de la muerte de Stalin. El renacimiento del pensamiento revolucionario en los años sesenta pasó también por ella, y tanto su figura como su obra anterior a 1921, ha sido un foco de atención para las nuevas generaciones.

 









Fuentes:www.forocomunista.com/Wikpedia; La bolchevique enamorada, Ed, La Sal;

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