martes, 12 de abril de 2011

Celebración de la Republica con Victoria Kent Siano. II


Victoria comenzó a romper las barreras al estudiar Derecho en la Universidad de Madrid, hacerse abogada (fue la primera mujer en ingresar en el Colegio de Abogados de Madrid en 1924, en plena dictadura de Primo de Rivera) y asumir la defensa de Álvaro de Albornoz ante el Tribunal Supremo de Guerra que le juzgó en 1930 por firmar un manifiesto republicano, siendo la primera mujer del mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar.

Nace en Málaga el 6 de marzo de 1898. Su padre, José Kent Román, fue un comerciante de tejidos, y su madre, María Siano González, ama de casa. Al no querer ir a la escuela, hace sus estudios elementales con profesores particulares y al terminar estudia en la Escuela Normal de Maestras. 

En 1917 se traslada a Madrid donde realiza el bachillerato en el Instituto Cisneros, terminándolo en 1920, e ingresando en la Facultad de Derecho, como alumna no oficial. Pertenece a ese grupo de mujeres universitarias españolas de los años veinte vinculadas a la Residencia de Señoritas, que dirigió María de Maeztu, fundada en Madrid en 1915, con el talante de la Institución Libre de Enseñanza.

En 1924, obtiene el doctorado, mientras se ocupa de la biblioteca de la Residencia. Terminados sus estudios se siente más atraída por los temas docentes que por la abogacía y colabora con María de Maeztu en la elaboración del nuevo plan de enseñanza secundaria del Instituto-Escuela de la Junta de Ampliación de Estudios e interviene en la fundación del Lyceum Club Femenino en 1926, del que será vicepresidenta. 

Desde su llegada a Madrid se aloja en la Residencia Femenina de Estudiantes, que dirige María de Maeztu, y se paga sus estudios dando clases particulares y en el Instituto-Escuela, también bajo la dirección de María de Maeztu.

Se colegia en enero de 1925 y no tardó en tener su primera intervención como abogada defensora,  convirtiendose  en la pionera de los abogados laboralistas, destacando su actuación en el Sindicato Nacional Ferroviario. Funda el Sindicato Nacional de Mujeres abogados y se hace famosa en 1930 al ser la primera mujer del mundo en intervenir ante un consejo de guerra  y defender ante el Tribunal Supremo de Guerra y Marina a Álvaro de Albornoz, miembro del Comité Revolucionario Republicano, detenido y procesado junto con los que después formaron el Gobierno provisional de la República, a raíz de la Sublevación de Jaca de diciembre de 1930.

Como militante del partido Radical-Socialista, fue designada para formar parte de la candidatura republicana a las Cortes por Madrid, resultando elegida diputada, junto con Clara Campoamor, de las Cortes Constituyentes de 1931. Sus intervenciones en el Parlamento son escasas y, en especial, se la recuerda por sus discursos en contra del voto femenino en igualdad de condiciones que el varón, siguiendo la disciplina del partido, y con la convicción de que la mujer española del momento carecía de la mínima preparación social y política, como para votar responsablemente, y, por influencia de la Iglesia, sería un voto conservador en detrimento de los partidos de izquierdas.

Ingresa en la Academia de Jurisprudencia y Legislación, recién proclamada la República y paralelamente lleva a cabo lo que ella misma califica como "la tarea más importante de mi vida": la Dirección General de Prisiones, para la que se la nombra en 1931 y en la que permanecerá hasta 1934. Siguiendo a su predecesora en el cargo, Concepción Arenal, se dedicó a la reforma de las cárceles españolas, con el convencimiento de que las sociedades están obligadas a recuperar al delincuente como miembro activo y como hombre. 




Cerró, por estar en malas condiciones, 114 centros, construyó la cárcel de mujeres de las Ventas, y en un solo año de gestión propugnó y puso en práctica realizaciones tales como la supresión de cadenas y grilletes en las celdas de castigo, la concesión de permisos de salida temporales, la mejora material de las prisiones, el establecimiento de la libertad de culto y de recibir toda clase de prensa en ellas, la creación del Instituto de Estudios Penales y del Cuerpo Femenino de Prisiones, etcétera. Todas estas medidas convirtieron a Victoria Kent en una persona tan popular que su fama llega a la calle y se la canta en un famoso chotis de Celia Gámez: Se lo pues decir / a Victoria Kent / que lo que es a mí / no ha nacido quién.

Ha contado Victoria Kent al periodista Angel Lázaro, que a lo largo de su vida, ella alimentó la idea de la creación de la cárcel de mujeres y que llegando a la jefatura general de prisiones se dijo: “Ahora hago la Cárcel de Mujeres”. Cuenta que pidió al arquitecto: “Mucha luz, toda la posible. Una casa como la que quisiese una para vivir. Luz por todo costado. Seis patios. Seis terrazas y una soberana azotea general”. El amor de holgura, aseo y claridad, no se quedó en las oficinas: maravilla en la cárcel nueva, por ejemplo, la magnífica cocina. Cuarenta y cinco cuartos de baño para la pobre clientela. Setenta y cinco dormitorios independientes, una gran enfermería, un honorable salón de actos, los talleres abastecidos para el trabajo manual, la biblioteca que es para los presos la cotidiana salida al mundo, y el santo departamento para las madres delincuentes que deben criar a sus niños. (¿Han pensado los jueces hasta la última raíz del concepto en la madre presa, que cría y en lo que ella cría?) ".

En cuanto a las cárceles suprimidas eran, en su mayoría, cárceles de partido, de pueblos pequeños, cuyos locales eran inmundos y, en muchas ocasiones, compartidos con escuelas, con casas particulares y con albergues de caballerías. Suprimió el penal de Chinchilla, en Albacete, instalado en el castillo, donde no había posibilidad de calentar sus habitaciones ni tenían agua corriente, argumentos que se vio obligada a alegar desde el balcón del Ayuntamiento de Chinchilla cuando los vecinos la recibieron con pancartas que decían: "queremos el penal".

En 1933 se presentó a las elecciones, pero no obtuvo acta de diputada, por lo que se dedicó con más intensidad a sus funciones como Directora General de Prisiones, que deja al año siguiente. En 1936 vuelve al Parlamento como diputada del Frente Popular y al estallar la Guerra Civil marchó al frente del Guadarrama, donde estuvo encargada de suministrar vestidos y alimentos al ejército republicano. 

Siguió al gobierno en su éxodo tanto en Valencia como en Barcelona y se la comisiona para dirigir el asentamiento de los niños de familias republicanas del Norte a Francia, con el cargo de Primer Secretario de Embajada. Kent, según ella misma relató, buscó acomodo para estos niños en las colonias infantiles francesas de Compiegne, con ayuda de personalidades suecas y atendidos por maestras españolas, mientras que también su ocupó de sacar de campos de concentración del sur de Francia a refugiados españoles cuyas familias, radicadas en el extranjero, se comprometían a hacerse cargo de ellos.

Alcalá Zamora y Álvaro de Albornoz con Victoria en Madrid,1.931

Una vez invadida Francia, Victoria Kent no pudo abandonar París porque su nombre figuraba en la "lista negra" entregada por la policía franquista al gobierno colaboracionista de Vichy, integrada por personalidades destacadas de la República a quienes las autoridades franquistas, buscaban para conducirlas a España. 

La Cruz Roja le proporcionó un apartamento cerca del Bois de Boulogne, donde vivió hasta la liberación con una identidad falsa: la de madame Duval. En este tiempo en la capital francesa escribió "Cuatro años en París", novela autobiográfica narrada en tercera persona.


Finalizada la guerra embarca para Méjico, en cuya Universidad imparte clases de Derecho Penal, se ocupa de reunir a familias dispersas y ayudar a los refugiados y crea una escuela para personal de prisiones, hasta que en 1950 las Naciones Unidas le encargan estudiar el lamentable estado de las cárceles de América Latina, cargo que abandona poco después por ser tan excesivamente burocrático que la aleja de la realidad que ella busca. 

En 1954 creó con Salvador de Madariaga la revista “Ibérica”, en versiones inglesa y española que pronto se constituye en una insustituible plataforma para los españoles republicanos y ya, hasta su muerte, el eje central de su vida.

Aunque viajó a nuestro país después de la muerte de Franco, volvió a Nueva York, donde según Carmen de Zulueta, Fernando de los Ríos la recomendó para enseñar español a Luisa Crane, defensora de la República española e hija de un magnate americano,  junto a  la que  pasó Victoria los últimos años de su vida. Entre tanto la dictadura de Franco se prolongaba más de lo esperado. 

Victoria Kent volvió alguna vez a España, con su viejo republicanismo inmutable, sus ansias reformistas y siempre lúcida. Murió en Nueva York el 26 de septiembre de 1987 tras una vida en la que siempre tuvo presente el compromiso con la liberación de la mujer, la lucha por las libertades políticas y la reforma penitenciaria.

Plácido, el álter ego de Victoria en Cuatro años en París, reflexiona así en una de las páginas finales del libro:

«Yo quiero no olvidar todo lo que hoy sé. Que otros hagan la Historia y cuenten lo que quieran; lo que yo quiero es no olvidar, y como nuestra capacidad de olvido lo dirige todo, lo tritura todo, lo que hoy sé quiero sujetarlo en este papel».









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