jueves, 14 de julio de 2011

Alexandra David-Néel

Louise Eugénie Alexandrine Marie David. Orientalista, escritora y exploradora nata. Fue activista política (anarquista), pianista, cantante de ópera, compositora, fotógrafa y conferenciante, entre otros oficios que nunca dejaron de ser vertientes diferentes de su principal objetivo: la exploración y la búsqueda. Fue la primera persona occidental en entrar en Lhasa, la ciudad prohibida.


Nacida en París, el 24 de octubre de 1869, a los seis años se mudó a Ixelles. Su madre era de origen escandinavo y de fuerte arraigo católico. Su padre formaba parte de un árbol genealógico con sólidas raíces en la burguesía francesa. Era la única hija en un ambiente familiar austero y bien situado. 

Alexandra frecuentó durante toda su infancia y su adolescencia al anarquista Élisée Reclus. Éste la lleva a interesarse por las ideas anarquistas de la época (Max Stirner, Mijaíl Bakunin...) y por las ideas feministas que le inspiraron la publicación de Pour la vie. Y contra todas las expectativas de su familia, acabaría manifestándose como una adolescente rebelde, una joven anarquista y finalmente, una de las más preparadas y reconocidas librepensadoras del siglo XX.

Durante su niñez, para escapar del aburrimiento, dirigió su mirada hacia el exterior, hacia el mundo. Un mundo de sueños y de mapas. Descubrió la India, China, Japón, Corea, Singapur, Tíbet. Esta afición por los grandes espacios muy pronto se transformó en una feroz independencia. A los cuatro años era lectora empedernida, a los cinco tocaba el piano con maestría y a los dieciséis, comenzaron sus famosos viajes por el mundo. En París y Londres aprendió sánscrito, inglés y canto, tuvo sus primeros contactos con el budismo y sintió la llamada del Oriente.

Se cuenta que su primera escapada del hogar familiar tuvo lugar cuando sólo contaba dos años de edad. Salió de su casa, atravesó el jardín y traspasó sin dudarlo la verja abierta.  Tres años más tarde volvería a repetirse una iniciativa similar. En esta ocasión se internó sola por el bosque de Vincennes, en las afueras de París y al caer la noche era encontrada por un guarda que la condujo a la estación de policía, donde la esperaban su madre y su padre.  Se cuenta que Alexandra arañaba la mano del guarda que la obligaba a renunciar a su aventura solitaria y ya en la misma estación de policía, juró venganza algún día.

Y así, a los 15 años se escapó a Inglaterra, y sólo regresó a casa cuando se quedó sin dinero. Ya entonces se declaraba seguidora de Epícteto y la filosofía estoica, así que en su próxima escapada, a los 17 años, (el primero que ella consideraría como un "viaje de verdad") sólo se llevó como equipaje el Manual de Epícteto. Cogió un tren en Bruselas (donde vivía con su familia) hasta Suiza, cruzó a pie el paso de San Gotthard y visitó los lagos italianos. Una vez más su madre pondría fin a este viaje tras encontrarla en el lago Maggiore sin dinero. A los 18 años (1886) viajó a España en bicicleta. Sin decir una palabra a su familia, como siempre, fijó sus pertenencias en el manillar, abandonó su casa en Bruselas y cruzó la Riviera francesa regresando por Mont-San-Michel, siendo así la primera mujer que llevaría a cabo el Tour de Francia en bicicleta. Para moverse de un lugar a otro, toda su vida escogió el itinerario más largo y el medio más lento de transporte.

Cuando cumplió los 21 años y alcanzó la mayoría de edad, a nadie le sorprendió que dejara la casa familiar. Se instaló nuevamente en París, donde compaginaba sus estudios de las filosofías orientales con una fuerte vocación anarquista. Escribió un tratado anarquista que ninguna editorial quiso publicar, dado que cuestionaba y atacaba frontalmente los abusos del estado, el ejército, la iglesia y la macroeconomía. Finalmente ella misma pudo hacer una autoedición con la ayuda de su compañero, el músico y compositor Jean Haustont. El libro nunca llegó al gran público, pero se ganó el interés de los círculos anarquistas en todo el mundo, llegando a ser traducido a cinco lenguas, entre ellas el ruso. Cursó también estudios en la Sociedad Teosófica con Madame Blavatsky. Y se dice que incluso llegó a ingresar en la masonería.



Rebelde a cualquier presión, y anarquista, se puso voluntariamente al margen de su clase social. Por otra parte, se convirtió en colaboradora libre de La fronde, periódico feminista administrado cooperativamente por mujeres, creado por Marguerite Durand, y participó en varias reuniones del « consejo nacional de mujeres francesas » o italianas aunque rechazó algunas posiciones adoptadas en estas reuniones (por ejemplo, el derecho al voto), prefiriendo la lucha por la emancipación a nivel económico, según ella causa esencial de la desgracia de las mujeres que no pueden disfrutar de independencia financiera. Por otra parte, Alexandra se alejó de estas « amables aves, de precioso plumaje », refiriéndose a las feministas procedentes de la alta sociedad, que olvidaban la lucha económica a la que debían enfrentarse la mayoría de las mujeres

Mientras tanto, Alexandra había estudiado música y canto, convirtiéndose en una exitosa cantante de ópera, con una voz muy aceptable, lo cual le daba ocasión de seguir viajando por el mundo. Su padrino era el conocido compositor Massenet. Creativa en cualquier campo al que se acercara, compuso junto a su compañero sentimental, un drama lírico titulado "Lidia", con el que viajó por toda Europa.

Sin embargo, la combinación de su búsqueda espiritual y su vocación por la música, la había convertido en una amante de los cantos tibetanos. En efecto, atraída por el budismo tibetano, aprendió sánscrito e inglés, y viajó por primera vez a Ceilán y a India en 1891 gracias a una oportuna herencia familiar. Quedó fascinada por la magia de India, hechizada por la música Tibetana, intimidada por los picos del Himalaya... ¡Y juró volver!. Pero, antes de volver a Asia, emprendió una incursión a África del Norte. Quería escuchar al Muezzin llamando al rezo desde un minarete en la puesta del sol, así como las plegarias musulmanas. Llega a Tunez en 1900 y es contratada para dirigir el casino. Alli conoció a Philippe Néel, que primero fue su amante y en 1904 su marido. 

Poco duró la luna de miel, Alexandra tuvo que viajar a París donde la reclamaban sus compromisos literarios, y luego a Bruselas para estar junto a su padre enfermo, que falleció al poco tiempo. Por aquel entonces en lugar de ser feliz casada con un apuesto y elegante ingeniero, se siente enferma y angustiada. Tiene todos los males —jaquecas, neurastenias, crisis nerviosas— típicos de las mujeres inquietas e inteligentes de su época que se ven atrapadas en la sociedad que les ha tocado vivir. Aunque su vida en común fue a veces tempestuosa, estuvo siempre impregnada de respeto mutuo. Se terminó definitivamente el 9 de agosto de 1911 por su marcha para su segundo viaje a la India (1911-1925). No obstante, después de esta separación ambos esposos entablaron una abundante correspondencia que no acabaría hasta la muerte de Philippe Néel en febrero de 1941. Desgraciadamente, de esta correspondencia sólo se conservan las copias de las cartas escritas por Alexandra; parece que las escritas por su marido se perdieron debido a las tribulaciones de Alexandra en la guerra civil china, a mediados de los años 1940.

En 1911 (contando con 43 años) se despidió de su marido para hacer un viaje en solitario a la India, y que en principio debía durar 18 meses. Pero no volvieron a verse hasta 14 años más tarde . "He emprendido el camino adecuado, ya no tengo tiempo para la neurastenia", le escribía a su marido en el barco hacia Egipto, primera parte del trayecto. Luego seguirían más viajes por mar a Ceilán, la India, Sikkin, Nepal y Tíbet, entre otros. A partir de este momento, Alexandra comienza una nueva etapa que pronto identificaría como la definitiva, como si por fin hubiera conectado consigo misma y con su misión personal.

En sus primeros pasos en esta nueva etapa recorre los lugares sagrados donde predicó Buda, con los ojos y sentidos atentos a todo lo que encuentra a su paso. Y sobre todo, una mente abierta de par en par. En 1912 en Sikkin, encuentra a quien reconoce como a su maestro (un lama con poderes mentales supranormales). Es el superior del monasterio de Lachen, con quien se queda dos años para aprender tibetano y los secretos del tantra, entre otras cosas, viviendo como una anacoreta, retirada en una cueva y dedicada a la meditación. Aprende tibetano y se inicia en el tantrismo budista. Vive en invierno en una cueva situada a 4.000 metros de altitud, sin morir congelada a pesar de vestir una ligera túnica de algodón. En Lachen pone a prueba su resistencia física y su capacidad de adaptación, que le serán indispensables para su larga travesía hasta la capital tibetana.

Por aquella época es recibida por el Dalai Lama, que ya había oído hablar de ella, siendo la primera mujer occidental que es recibida por él.

Aquí, en Sikkin, (en 1914) conoce a un muchacho tibetano, Yongden, de 14 años y de espíritu aventurero como ella, al que contrata y además adopta como a un hijo. Yongden enseguida ve en ella a su maestra y quiere acompañarla en sus expediciones. Ya nunca más se separará de ella, siendo su porteador, cocinero, secretario y, finalmente, colaborador en las traducciones de los libros sagrados tibetanos.


  
Tras unos meses en India, deciden viajar a Japón. Allí conoció al erudito Zen Suzuki, y al filósofo Ekai Kawaguchi quien le contó cómo había llegado a Lhasa, la capital del Tíbet, la ciudad prohibida, disfrazado de Monje Tibetano. Esto le despertó una obsesiva idea y abandonando Japón, salieron para Corea, donde pasaron unos meses, dirigiéndose después a Pekín. Luego decidieron cruzar toda china de Este a Oeste y visitaron el desierto de Gobi y Mongolia. Permaneció tres años en el monasterio chino de KumBum, cerca de Mongolia, estudiando los manuscritos budistas. Los monjes la consideran una hermana y la llaman "lámpara de sabiduría".

Continúa su peregrinación mística en Katmandú  y visita Benarés. A sus 57 años, Alexandra se siente preparada para llevar adelante su gran proyecto: intentar llegar a Lhasa por una ruta nueva que nadie antes ha utilizado. Se prepara a fondo caminando a diario 40 kilómetros. Entrar en la ciudad prohibida es un desafío, y siente curiosidad por pisar regiones que los mapas definen como «tierras desconocidas». Para ello, se disfraza de peregrina tibetana: se ennegrece el pelo con tinta china, se hace una peluca con la cola de un yak y se oscurece la cara y las manos (que eran las únicas partes de su cuerpo que dejaba ver su atuendo) con hollín. Lo que se suponía que iba a ser una difícil ruta de tres meses acabó convirtiéndose en una odisea de más de tres años, en los que se tendrá que enfrentar a tigres, osos y lobos, bandidos y funcionarios chinos, sin olvidar el frío, las tormentas, el hambre y los estrechos pasos a cinco mil metros de altitud.

Por fin, en 1925 divisa los techos rojos del palacio de Potala: han conseguido llegar a la ciudad santa de Lhasa. Escribe a su marido reconociendo la dureza del viaje: «Ni aunque me ofrecieran un millón repetiría esta aventura». De su discreta expedición junto a su hijo adoptivo, un criado, dos monjas y siete mulas, sólo llegan ella y su fiel Yongden.

Sus intereses ideológicos atrajeron a la joven desde el principio, por medio de sus viajes famosos y largas estancias en el Tíbet fue adquiriendo gran conocimiento de los lamas budistas. Alexandra llegó a pasar largos años de enseñanza y, su nervio curioso, la motivaba a querer siempre más, elevar su conocimiento. En especial, una práctica, un juego peligroso, algo que no debió conocer nunca fue el inicio de su particular infierno. Alexandra se mostró muy interesada por una practica budista denominada creación de un tulpa. Los lamas budistas le advirtieron que era una enseñanza nada recomendable, pues consiste en la creación de un fantasma generado a través de nuestra mente. Alexandra fue advertida de que estas creaciones podían volverse peligrosas o incontrolables. Demasiado tarde, Alexandra estaba fascinada con la idea e ignoró la advertencia de sus educadores. Los tulpas son entidades creadas por la mente de los lamas y son generalmente utilizados como esclavos. Son figuras visibles, tangibles, creadas por la imaginación de los iniciados. Alexandra se alejó del resto de sus compañeros y, una vez aislada de todo, comenzó a concentrarse en dicha práctica. Ella visualizó en su interior lo que quería crear, imaginando un monje de baja estatura y gordo. Quería que fuese alegre y de inocente actitud. Tras una dura sesión, aquella entidad apareció frente a ella.

Aquella entidad era algo así como un robot, sólo realizaba y respondía a los mandatos de su creadora. Con una sonrisa fija en su rostro, el monje accedía sin rechistar a lo que ella le ordenaba. Lamentablemente, no siempre fue así y aquel tulpa comenzó a realizar actividades que no les había sido encomendadas. Tal era la independencia de aquel fantasma de apariencia corpórea que los demás monjes lo confundían con uno más. Su creadora comenzó a sentir miedo, aquella entidad comenzaba a ser un ser con voluntad propia. A medida que iba siendo más independiente, los rasgos físicos que aquel bonachón monje fantasma fueron cambiando. Su afable sonrisa fue cambiada por otra más pícara, su mirada pasó a ser malévola y nada afable para todos los que convivían con aquel extraño ser. La propia Alexandra comenzó a sentir miedo.



En su libro publicado, Magic and Mysteri in Tibet, Alexandra David-Néel narra los seis duros meses que duró el invertir aquel proceso, conseguir que su creación se desvaneciera. Aquel monje se había hecho insoportable y Alexandra tardó lo suyo antes de conseguir invertir aquel proceso. “No hay nada extraño en el hecho que pueda haber creado mi propia alucinación. Lo interesante es que en estos casos de materialización, otras personas ven las formas de pensamientos creadas.”- declaró la antropóloga cuando posteriormente se le galardonaba con una medalla de oro por La Sociedad Geográfica de Paris y nombrada Caballero de la Legión de Honor.

El 27 de julio de 1945, finalmente llega en avión a la India y de allí a Europa. Por fin, se instala junto a Yongden en su finca de Francia. Durante un cuarto de siglo, Alexandra David-Néel no cesará de hablar del País de las Nieves. Como gran luchadora, emprendió un último viaje a sus 100 años para conocer el Himalaya, donde Alexandra buscaba la iluminación rodeada de muchos peregrinos. Sin duda, fue una vida enteramente dedicada al descubrimiento. El budismo tibetano se convierte en su "fondo de comercio", exigiéndole una producción literaria abundante para sobrevivir. Los americanos la bautizaron como "la mujer sobre el techo del mundo". La cubren de distinciones honoríficas. Le piden artículos, libros, conferencias. Y en todas partes triunfa. A su lado siempre va acompañada por Aphur Yongden quien, para algunos, es una curiosidad local. Alexandra escribe libros que son éxitos totales en la época: "Viajes", "Místicos y magos del Tíbet", "Iniciaciones lamas", "El Lama de las cinco sabidurías", etc.

Se establece en Digne, en los Alpes franceses, donde sigue escribiendo una abundante producción literaria, siempre alrededor de sus viajes y lo que en ellos descubrió. En 1955 muere Yongden. En 1969, la víspera de su 101 cumpleaños y poco antes de su muerte, Alexandra acude a las oficinas municipales a renovar su pasaporte “porque nunca se sabe”.

Yongden muere en 1955. Alexandra le seguirá en 1969. En 1973 las cenizas de Alexandra y Yongden fueron arrojadas a las aguas del Ganges.





Fuentes: Nuria Millet Gallego; Ruth Middleton (Circe, 1990).Wikipedia

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