lunes, 29 de agosto de 2011

Teresa Wilms Montt.

Excepcional poeta y narradora chilena, prácticamente desconocida a pesar de su enorme valor. Pagó un alto precio por su libertad, por haberse atrevido a amar, haberse atrevido a escribir y haberse atrevido a ser más de lo que estaba destinado para las mujeres en esa época.


María Teresa de las Mercedes Wilms Montt, fue hija de Federico Guillermo Wilms y Brieba, y Luz Victoria Montt y Montt. Nació el 8 de septiembre de 1893, en Viña del Mar, y fue la segunda hija de 7 mujeres. A pesar de que se la educó para el matrimonio y la vida en la alta sociedad, desde pequeña manifestó su carácter rebelde y apasionado.

Se enamoró de Gustavo Balmaceda, con quien compartía la pasión por la opera. Se casó contra la voluntad de su familia, cuando tenía 17 años de edad, y a raíz de este matrimonio nunca más fue recibida en la casa paterna. El 25 de septiembre de 1911 nació la primera hija, Elisa. Mas tarde, por razones de trabajo, la familia Balmaceda Wilms se trasladó a Iquique, donde residió entre 1912 y 1915. El 2 de noviembre de 1913 nació su segunda hija, Sylvia Luz y mas tarde regresaron a Santiago.

"Conocí lo que es para las mujeres de mi clase un misterio: la verdadera miseria material y moral... Mi alma, salió pura de la prueba, pero asqueada", diría Teresa más tarde. Se relacionó con feministas, sindicalistas y reformistas, que ejercieron influencia en ella. Se adscribió al pensamiento masón y anarquista, consolidándose su espíritu librepensador. Se inició en la política y comenzó a escribir con el seudónimo de Tebal en la prensa de Iquique.

El matrimonio comienza sus desavenencias principalmente debido a la intolerancia de su marido ante la personalidad de Teresa. Gustavo reaccionó refugiandose en el alcohol y el juego; Teresa, por su parte, en su amigo y primo de Gustavo, Vicente Balmaceda Zañartu, El Vicho (al que se referirá más tarde en su diario como Jean). Tras numerosos conflictos conyugales, traslados y cartas de Vicente Balmaceda dirigidas a Teresa, Gustavo Balmaceda convocó a un tribunal familiar, el que decretó su enclaustramiento en el Convento de la Preciosa Sangre, al que ingresó el 18 de octubre de 1915, pasando sus hijas  a la tutela de sus abuelos paternos.

Logra escaparse del convento en junio de 1916, ayudada por Vicente Huidobro y se dirige a Buenos Aires. Durante su estancia en el convento, comenzó a escribir su diario, en el cual consignó sus sentimientos respecto a la pérdida de sus hijas, a su separación de Vicente Balmaceda y las motivaciones de su primer intento de suicidio ocurrido el 29 de marzo de 1916.

Con su llegada a Buenos Aires, se introduce en el círculo intelectual de esa ciudad, convirtiéndose en una de las pocas mujeres que frecuentaban la bohemia bonaerense.

Colabora en la revista Nosotros, en la que también lo hicieron Gabriela Mistral y Ángel Cruchaga Santa María, entre otros. También publicó su primera obra Inquietudes sentimentales, un conjunto de cincuenta poemas con rasgos surrealistas que gozó de un éxito arrollador en los círculos intelectuales de la sociedad bonaerense. Lo mismo ocurrió con Los tres cantos, obra en la que exploró el erotismo y la espiritualidad. Poco después un joven admirador suyo, llamado Horacio, de 19 años, se suicidó debido al desaire de Teresa. Este hecho marcó, incluso su prosa. Se dirigió a Nueva York con el objetivo de alistarse en la Cruz Roja, y tras una dura travesía, llegó el 3 de enero de 1918 a esa ciudad. Allí fue acusada de espía alemana y enviada a prisión, lo que la hizo abandonar su objetivo.

Tras viajes a Barcelona y Nueva York, volvió a Buenos Aires y publicó Cuentos para hombres que todavía son niños. En él, evocó su infancia y algunas experiencias vitales, en narraciones de gran originalidad y fantasía.

Su nuevo destino fue España y en el ambiente bohemio madrileño inició una gran amistad con los escritores Gómez de la Serna, Gómez Carrillo y el chileno Joaquín Edwards Bello, convirtiéndose además en la musa de Ramón Valle-Inclán.




En Madrid publicó "En la Quietud del Mármol", con un prólogo de Gómez-Carrillo, y Anuarí, prologado por Ramón Valle-Inclán. Allí, también, tomó el seudónimo de Teresa de la Cruz y en agosto de 1918 regresó a Buenos Aires, donde publicó la colección Cuentos para los Hombres que son Todavía Niños (24 de febrero de 1919). El 10 de junio de 1919 se embarcó rumbo a Europa, arribando a Londres el 26 de junio. De ahí volvió a España, donde se reunió con sus antiguos amigos e intercambió misivas con Valle-Inclán. Sevilla, Córdoba y Granada fueron sus nuevos destinos. Al salir de Buenos Aires, había señalado en su diario: "He huido de Argentina porque mi destino es errar".

En 1920, Teresa se trasladó a París, donde se enteró de que su suegro había sido nombrado diplomático, y que viajaría hasta allí junto a sus nietas, las hijas de Teresa. Después de 5 años de separación, pudo reencontrarse con ambas niñas. Elisa tenía casi 9 años, y Sylvia 6 años y medio "Con mi hermana y 'mi mamita', íbamos por Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando abismada de su belleza. Tenía unos ojos de una profundidad increíble. No sabía que era mi madre. Se acercó para abrazarme y me dijo: '¡Mi amor, yo soy tu mamá...!'", recordaría Sylvia después. Teresa logró verlas dos días a la semana, gracias a las gestiones de algunos diplomáticos y tras la partida de ellas, enferma gravemente. 

De esta crisis física y espiritual no logra recuperarse y en vísperas de la Navidad de 1921, tomó una alta dosis de somníferos, lo que alargó su agonía desde su ingreso al Hospital Laënnec, el 22 de diciembre, hasta su fallecimiento el día 24, cuando tenía sólo 28 años de edad.

Se fue a su manera: "Nada tengo, nada dejo, nada pido./ Desnuda como nací me voy,/ tan ignorante de lo que en el mundo había./ Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido". 




Poema de Teresa Wilms Montt, 1919.

BELZEBUTH

Mi alma, celeste columna de humo, se eleva hacia

la bóveda azul.

Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta

de alabastro de un templo.

Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas

de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.

Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra

de oro empenachado de llamas alocadas.

Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos

bucles de larga cabellera luminosa.

Es una sombra que mira con un mirar de abismo,

en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.

Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad

de la oreja, produciéndome calor y frío.

Se han helado mis labios.

Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua

me quema el pecho.

Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración

azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.

Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden

su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.

Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos

de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen

ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente

de fuego eterno.

Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma

que se torna a Dios, el alma que había olvidado las fantásticas

bellezas del pecado original.

Belzebuth, mi novio, mi perdición...






Fuentes: Wikipedia, Memoria Chilena.cl.



2 comentarios:

maria candel dijo...

Mariví, que historia tan interesante y triste, me imagino lo difícil que tuvo que ser para ella que la separasen de sus hijos,pagó bien caro su osadía de ser y tener autonomía de pensamiento.
Siempre aprendo en tu blog las historias de estas mujeres admirables.
Te mando un fuerte abrazo

HYPATIA dijo...

Si, historias tristes de mujeres olvidadas. Es un placer descubrirlas y compartirlas con vosotras.
Un beso