domingo, 15 de enero de 2012

Susan Sontag. La voz critica


La voz más crítica del Imperio. Ni las amenazas de la derecha más reaccionaria la hicieron callar, y demostró con palabras y hechos su hondo compromiso por buscar un mundo menos cruel. Escritora, ensayista, directora de cine y polémica intelectual que abordó en sus ensayos temáticas relativas al arte, la cultura, la economía y la política. Causó polémica cuando corresponsabilizó a los líderes norteamericanos de la devastadora tragedia del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, y la condena a la decisión de enviar tropas norteamericanas a Oriente Medio y la invasión a Irak. Fue acusada por influyentes columnistas de traidora y se esparció un rumor que la apodaba Osama Bin Sontag. 






"No está mal ser bella; lo que está mal es la obligación de serlo"

Nacida el 16 de enero de 1933 en Nueva York, recibió el nombre de Susan Rosenblatt. Fue hija de Jack Rosenblatt y Mildred Jacobsen, ambos judíos estadounidenses. Su padre se dedicaba al negocio de comercio de pieles en China, donde falleció a causa de la tuberculosis cuando Susan contaba con cinco años de edad. Siete años después su madre contrajo matrimonio con Nathan Sontag, y desde ese momento Susan y su hermana Judith adoptaron el apellido de su padrastro. 

Sontag se crio en Tucson (Arizona) y en Los Ángeles, donde se graduó en la North Hollywood High School, a la edad de 15 años. Lo más asombroso es que a esta edad, era también consciente de tener un don especial. Entonces se llamaba Rosenblatt, y hacia listas interminables (un hábito que mantendría toda su vida) en las que apuntaba qué leer, en qué pensar, qué hacer. La primera, cuando le faltan tres meses para cumplir 15 años, empieza así: “Creo: a) que no hay un dios personal o vida después de la muerte; b) que lo más deseable es la libertad de ser fiel a uno mismo, c) que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia; d) que el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad de una persona, e) que está mal privar a cualquiera de la vida (…)”.

Prosiguió estudios en universidades de Berkeley, Chicago, París y Harvard. Con 16 años llega a la Universidad de California y hace por primera vez el amor con una mujer (Harriet, la misma con la que a lo largo de muchos años, intermitentemente, mantendría una relación). Por entonces, confiesa: “Dios, vivir es enorme” y poco después, “todo comienza a partir de ahora, he renacido”. A los 19 años, acepta casarse con un joven profesor (“me caso con Philip con plena conciencia-temor a mi voluntad de autodestrucción”) tras un noviazgo de diez días, con quien tendrá su único hijo, David Rieff, que se convertiría en el editor de su madre en la editorial Farrar Straus and Giroux. 

Entre 1955 y 1957 cursó el doctorado en filosofía y trabajó junto con su marido en el estudio Freud, la mente de un moralista, que de alguna manera puede considerarse su primera publicación; al mismo tiempo, sin embargo, su matrimonio comenzó a fallar. Sontag y Rieff se divorciaron a fines de los años cincuenta, y en 1957 ella viajó a París para continuar sus estudios en la Sorbona. Tenía veinticuatro años y había vivido en cinco ciudades. Desde entonces sostuvo relaciones homosexuales con Harriet Sohmers Zwerling (con la que convivió tras una intensa relación en París en 1957), con la dramaturga cubana María Irene Fornés, y con la fotógrafa Annie Leibovitz.

Cuando regresó a Nueva York, Sontag comenzó una carrera académica que parecía acorde con su preparación, pero no tanto con sus intereses: tras iniciarse como conferenciante de filosofía en el City College y en el Sarah Lawrence College, pasó a la Universidad de Columbia, donde fue profesora en el Departamento de Religión durante cuatro años. Fue una época definitiva, había comenzado a escribir con intenciones serias, y en 1963 apareció su primera novela, “El benefactor”. El libro le abrió las puertas de varias publicaciones neoyorquinas y durante los años sesenta, escribió con frecuencia para Harper’s y The New York Review of Books, entre otras, pero sobre todo fue una especie de colaboradora de The Partisan Review.

Sontag fue una de las voces más autorizadas, pues exploraba la distancia que hay entre la realidad humana, cultural, artística y nuestra interpretación de esa realidad. En 1968 apareció el libro que reunió esos ensayos, “Contra la interpretación”, que se convirtió inmediatamente en una de las banderas de su generación. El eje del libro es una oposición radical a la búsqueda de significados en la obra de arte, y la defensa de la intuición como medio para acercarse a la experiencia del fenómeno artístico. Con él, Sontag adquirió una reputación de intelectual independiente y al mismo tiempo se reveló como una mujer capaz de reinterpretar la vida americana a la luz de las culturas clásicas europeas.

Susan en 1960
La mezcla no era, ni es aún, usual; y desde ella, desde su nuevo estatus como comentarista de la cultura estadounidense contemporánea, Sontag renovó el ensayo sofisticado y cosmopolita y lo transformó en un instrumento capaz de indagar en las drogas y en la pornografía, en la política y en la literatura occidental. Estos temas forman parte de su segundo libro de ensayos, “Estilos radicales”, publicado en 1969. 

En ese momento, muchos la veían como la intelectual reina de Estados Unidos. No era para menos: como artista y como pensadora, Sontag seguía extendiendo su campo de influencia. En uno de sus ensayos había escrito con admiración acerca de Ingmar Bergman, y el cambio de década la vio estrenándose como guionista y directora de cine. Sus películas Duelo de caníbales (1969) y Hermano Carl (1971) fueron realizadas en Suecia, país del que llegaría a ser algo así como una ciudadana adoptiva.

En 1968 fue enviada como periodista a la guerra de Vietnam, una experiencia que marcó su vida. Después visitó Israel, donde rodó Tierras prometidas (1973), un documental sobre las tropas israelíes en los Altos del Golán. Ninguna de sus  producciones recibió la atención prevista, aunque su realización dio lugar a uno de los ensayos-clave de la época: “Sobre la fotografía” (1977). El libro, una nueva reinterpretación sontaguiana del mundo, no venía ilustrado con fotografías; en él, la escritora reivindicaba la potencia y la autoridad de la palabra escrita.

Por esas fechas, la autora tenía otras preocupaciones perentorias, pues llevaba varios meses enfrentándose a un cáncer. Al tiempo que soportaba el arduo tratamiento contra la enfermedad, Sontag ponía la experiencia por escrito. El resultado fue “La enfermedad y sus metáforas”. Diez años más tarde, el ensayo fue ampliado con “El sida y sus metáforas”. Ambos textos examinan la forma en que los mitos de ciertas enfermedades crean actitudes sociales que pueden resultar más dañinas para el paciente que las enfermedades mismas.


A fines de los años setenta Sontag fue nombrada miembro de la Academia Americana de las Letras. Su papel como activista de los derechos humanos empezaba a ganar en intensidad; a partir de entonces, su presencia pública se hizo más frecuente, y más frecuente fue también su implicación en organizaciones, tanto literarias como políticas.

Entre 1987 y 1989 presidió el Pen American Center. La labor que llevó a cabo desde allí, a favor, sobre todo, de escritores encarcelados, anticipó su papel de figura pública, que se hizo palpable durante la década siguiente, y quedó condensado, sobre todo, en su viaje a Sarajevo, una de las demostraciones más célebres y mediatizadas de compromiso de un escritor con el mundo.

La autora, que sostenía que los intelectuales debían comprometerse, cuestionó duramente a los escritores que se negaron a viajar a Bosnia, viaje que ella realizó en plena guerra, para impartir clases en la Academia Dramática de Sarajevo. Allí montó, en colaboración con el director bosnio Haris Pasovic y actores de diferentes etnias, Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Regresó varias veces para dar clases de cine y desarrollar proyectos de enseñanza. Decía, después de las imágenes más espeluznantes que le tocó presenciar, que para imaginar Sarajevo había que multiplicar a Bagdad por 500. "No había vida normal. No había agua, electricidad, teléfonos, las escuelas estaban cerradas. Se estaba bajo un continuo bombardeo", recordó la escritora, que en 1993 participó de la fundación del Parlamento Internacional de Escritores, creado para defender la libertad de expresión y proteger a los autores perseguidos.

Para cuando llegó a los escenarios de la guerra, además, Sontag ya había publicado El amante del volcán (1992), una novela que se convirtió en best-séller. Tras pasar allí varias temporadas, Sontag fue nombrada ciudadana honoraria de Sarajevo.

Fotografiada por Annie Leibovitz


En 2000 Sontag publicó su cuarta novela, En América, la historia de una inmigrante polaca del siglo XIX. La novela recibió el National Book Award, y al año siguiente mereció el siempre polémico Premio Jerusalén. En 2003 la autora compartió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras con la marroquí Fátima Mernissi, y fue galardonada con el Premio de la Paz que otorgan los libreros alemanes. El año anterior había aparecido Ante el dolor de los demás, un breve ensayo que une dos de sus obsesiones: las imágenes y la guerra. El libro defiende el derecho de los hombres a cerrar los ojos ante las imágenes de violencia que los asedian todos los días. Todos saben, sin embargo, que Sontag ha dedicado su vida a practicar exactamente lo contrario.

Los últimos años de su vida mantuvo una relación sentimental con la fotógrafa Annie Leibovitz. Se conocieron en 1988 en el registro fotográfico que le hacía Leibovitz a Sontag para la contraportada del libro El Sida y sus metáforas, en el cual Sontag se ocupó de desocultar nuestras más naturalizadas creencias sobre la enfermedad en nuestro cuerpo, explorando en el lenguaje y la literatura de una forma sencilla –con un estilo directo y diáfano– referencias e imágenes de nuestra cultura esparcidas en la cotidianidad. Sontag convivió hasta su muerte con diferentes formas de cáncer a partir de la mitad de los años setenta. Consideró el cáncer y el sida de especial interés como enfermedades atravesadas por la falsa idea de una muerte inevitable –enfermedades mortales– y cargadas de metáforas negativas de derrota y de vergüenza sobre las que no se podía hablar, las cuales había que evitar por feas y decadentes, desprovistas de romanticismo y espiritualidad.

Fotografiada por Annie Leibovitz

Siempre intentó hacer pensar desde otro punto de vista. Sus ideas en algún momento aparecieron como radicalizadas. En el siglo XXI criticó las invasiones de EE.UU. en medio Oriente, y se preguntó si el atentado a las Torres Gemelas de 11-S no tendría que ver con la política exterior de su país. Por ello, fue blanco de campañas en su contra, que incluyeron el pedido a que las empresas no auspiciaran en medios que publicaran sus artículos

Sontag falleció el 28 de diciembre de 2004, en el hospital Memorial Sloan Kettering de Nueva York, a la edad de 71 años, debido a complicaciones de un síndrome mielodisplásico que desembocó en una leucemia aguda. El origen de la leucemia fue probablemente la radioterapia recibida casi tres décadas antes, empleada para la curación del cáncer de mama que sufrió. Fue sepultada en el cementerio parisino de Montparnasse. 



Años después, su hijo publicó sus diarios, un hecho que para muchos seguidores de Susan Sontag, es una falta completa a la privacidad que su madre le pidió a David, en relación a sus íntimos diarios. Pero sin duda, estos diarios abren nuevamente las puertas para conocer y en otros casos reafirmar a la increíble escritora, ensayista y cineasta que fue Susan Sontag. Ella ha motivado debates de altura y diatribas descarnadas acerca de su obra, por supuesto, pero sobre todo acerca de su persona. 

En Estados Unidos, el hecho de que un novelista intervenga en política, interior o internacional, no es bien recibido. Sontag ha ido mucho más allá: ha visitado países en guerra; ha fustigado a los gobiernos estadounidenses con tanta dedicación como ferocidad; ha asumido, en definitiva, el papel de portavoz del intelectual comprometido y su trayectoria ensayística comprende momentos claves en la reflexión del pensamiento moderno .

"Creo que lo más importante a la hora de escribir es pensar que algún lector necesitado espera con ansias ese texto. Comencé a escribir pensando en lo que quería leer. Si mantienes esa premisa, quieras o no, serás honesto".


Fuentes: Wikipedia; biografiasyvidas.com.




 

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