sábado, 31 de marzo de 2012

Isabel de Bohemia.



Princesa palatina, también conocida como Isabel de Herford o Isabel de Hervorden, notable filósofa y religiosa calvinista, abadesa de Herford. No quiso casarse, ni ser madre y se entregó con la mayor pasión al estudio de la filosofía y las ciencias, entrando en contacto con Descartes, al que pidió que le diera clases de filosofía y moral. El filósofo le dedicó en 1644 "Les Principes de la philosophie" ("Los principios de la filosofía"), con un elogio que muestra la universalidad de los intereses intelectuales de Isabel. En sus últimos años fundó la abadía de Hervorden, que se convirtió en una especie de Academia cartesiana.





Isabel de Bohemia y del Palatinado, nació en Heidelberg el 26 de diciembre de 1618. Fue hija de Federico V del Palatinado y de Isabel Estuardo, hija a su vez de Jaime I de Inglaterra. Las vicisitudes que esta familia real tuvo que sortear terminaron por conducirlos a perder el reino de Bohemia y a vivir exiliados en Holanda. Así, tras la deposición de su padre (uno de los líderes del bando protestante en la guerra de los Treinta Años) como elector palatino (1623), pasó su infancia en Berlín con su abuela Luisa-Juliana de Orange-Nassau, hija de Guillermo I de Orange-Nassau, que la introdujo en el pietismo. Con nueve o diez años fue enviada con sus hermanos y hermanas a Leiden, en los Países Bajos, donde estudió lenguas y literaturas antiguas y modernas, ganándose la denominación de "la griega" por su dominio de ellas. Mostró un especial interés por la filosofía, y tras sus estudios, se reunió con sus padres en La Haya, donde habían establecido su corte en el exilio. Se planeó su matrimonio con el rey de Polonia Ladislao IV Vasa, pero ella rehusó casarse con un católico. 

Bajo tales circunstancias, la vida de Isabel no parecía fácil; de hecho, no podía serlo para una princesa sin reino ni fortuna y, por si esto fuese poco, marcada por la égida del protestantismo que profesaba. Hija pues de reyes depuestos y exiliados, Isabel recibió una cuidadosa educación que corriendo el tiempo la convirtió en una mujer célebre por su erudición. Se sabe que estudió música, danza, arte, ciencias naturales, matemáticas y lenguas; hablaba inglés, alemán, francés, holandés e italiano y conocía el latín. En general, fue una gran lectora y una entusiasta estudiosa de las ciencias: asistía a experimentos científicos y a disecciones anatómicas, lo que terminó por conducirla hacia uno de los filósofos más importantes de su tiempo: René Descartes, de quien Isabel fue una devota admiradora; conocía su obra y había leído varios de sus textos, entre ellos las Meditaciones, el Discurso y las Reglas.

Isabel Estuardo, madre de Isabel.
Desde 1639 mantuvo correspondencia con Anne Marie de Schurman, una erudita conocida como "la Minerva holandesa", para entrar después en contacto con Descartes, al que pidió que le diera clases de filosofía y moral. El filósofo le dedicó en 1644 Les Principes de la philosophie ("Los principios de la filosofía"), con un elogio que muestra la universalidad de los intereses intelectuales de Isabel:

Dispongo, además, de otra prueba particular, pues ninguna otra persona conocida por mí ha comprendido en general y tan adecuadamente cuanto hay en mis escritos; es más, algunas de las cuestiones tratadas son consideradas como muy oscuras por los espíritus más capacitados y más doctos. Además, me percato que casi todos lo que comprenden las cuestiones propias de la metafísica, y al contrario, quienes cultivan con facilidad éstas, no siguen con facilidad las propias de las matemáticas. Así pues, puedo decir que no he conocido a otra persona que siguiera con igual facilidad las unas y las otras y, por tal tazón estoy asistido de razón para estimar incomparable vuestra capacidad.

Su relación intelectual y personal fue muy estimulante para ambos, y es objeto de interpretación, tanto por la diferencia de rango social como por su condición de hombre y mujer, que ha hecho que algunos autores hayan visto en ella algún tipo de relación más allá de la simple amistad y admiración mutua. Isabel se muestra como una discípula crítica de las concepciones de su maestro.

Durante años Descartes e Isabel de Bohemia mantuvieron uno de los intercambios epistolares más fructíferos de la historia de la ciencia y la filosofía (Correspondance avec Élisabeth -"Correspondencia con Isabel"-). En esa correspondencia Isabel planteó a Descartes la cuestión del dualismo en cuanto a la relación entre alma y cuerpo, que consideraba como dos entidades distintas, y a la que el filósofo no pudo dar respuesta satisfactoria.

¿Cómo el alma humana (ya que no es más que una sustancia pensante) puede llevar a los espíritus del cuerpo a producir acciones voluntarias? Ya que parece que toda determinación de movimiento proviene de un impulso de la cosa movida, acorde con la manera en que es empujada por aquello que la mueve; y si no, depende de la calidad y figura de la superficie del segundo. Se requiere contacto para que se den las primeras dos condiciones y la extensión para el tercero. Usted excluye por completo la extensión de la noción del alma, y el contacto, por lo tanto, me parece incompatible con una cosa inmaterial.
Isabel a Descartes, 16 de mayo de 1643.

Puedo decir con toda honestidad que la pregunta que Su Alteza propone puede ser formulada, con toda justeza, con base en los escritos que he publicado debido a que existen dos cosas en el alma humana de las que depende todo el conocimiento que podemos tener de su naturaleza: la primera, que piensa, y la segunda, que estando unida al cuerpo, actúa y sufre con él. He dicho muy poco refiriéndome a esta última cuestión y he estudiado sólo lo suficiente para entender adecuadamente la primera [en virtud de] que mi objetivo principal era comprobar la diferencia que existe entre cuerpo y alma, por lo que la primera cuestión, por sí misma, era suficiente, mientras que la otra habría sido un obstáculo. Sin embargo, como Su Alteza es tan aguda que uno no puede ocultar cosa alguna de ella, intentaré explicar la forma en la cual concibo la unión entre alma y cuerpo y cómo el alma tiene la fuerza para mover el cuerpo.

Descartes a Isabel, 21 de mayo de 1643.

Algunas referencias, nos hablan de la importancia que tuvieron para las concepciones cartesianas las observaciones de la princesa palatina. Todo ello, ha permitido reconstruir un diálogo que habrá de aproximarnos a reconocer en Isabel un intelecto a la altura de la mente más lúcida de la modernidad, y quien, pese a no contar con una obra propia que dé forma y textura a una concepción filosófica y científica, deja ver claramente que no sólo era una buena lectora de estas disciplinas, sino que también comprendió sus problemas, al grado que pudo criticar y objetar las concepciones fundamentales del gran filósofo, gracias a lo cual podemos asistir a uno de los grandes debates de la edad moderna.

“Lo que, no obstante, me produce una mayor admiración es que un conocimiento tan diverso y tan perfecto de las distintas ciencias que no suele poseerlo un anciano doctor que hubiera empleado muchos años en su instrucción, lo posee una Princesa joven, cuyo rostro se asemeja más al que los poetas atribuyen a las Gracias que al que atribuyen a las musas o a la sabia Minerva”.

Revelador y poético resulta este pasaje en el que el filósofo asume la superioridad del intelecto femenino de Isabel, remitiéndonos así a su famoso comienzo del Discurso del método: la razón es la cosa mejor repartida del mundo, y tan bien repartida está que las mujeres también la poseen. Y tanta “razón” posee Isabel que Descartes no duda en contestar sus cartas aun cuando en ellas la princesa lo objete y lo fuerce a dar respuestas más claras y concienzudas.

Descartes en la corte de Cristina de Suecia

El contacto se mantuvo incluso tras la partida de Descartes a Estocolmo, donde residió el último año de su vida por invitación de la reina Cristina de Suecia (1649-1650). Se ha interpretado que el último libro publicado por Descartes, Les Passions de l'âme ("Tratado de las pasiones", 1649), fue el resultado de su esfuerzo científico y filosófico por sistematizar una respuesta plausible a las cuestiones planteadas por Isabel, y, quizá paradójicamente, está también dedicado a otra mujer: la reina Cristina de Suecia. 

Por esa época Isabel volvió a su corte natal de Heidelberg, donde se reencontró con su hermano Carlos Luis I del Palatinado, a quien el Tratado de Westfalia había devuelto el trono de su padre. El prestigio intelectual que le había dado su relación con Descartes hizo que se la requiriera para enseñar filosofía cartesiana en esa prestigiosa Universidad.

Los problemas conyugales de su hermano provocaron su salida de Heidelberg y pasó un tiempo en la corte de su primo, el príncipe elector Federico Guillermo I de Brandeburgo, y luego en Kassel con su prima Hedwig Sophie. Tras visitar a una de sus tías en Krosno, Isabel conoció a Johannes Cocceius, con el que en los años siguientes mantuvo correspondencia. Cocceius le dedicará su comentario al Cantar de los Cantares, y le recomendó el estudio de la Biblia.

En 1667 Isabel se establece en el monasterio imperial o abadía de Herford o Hervorden (Reichsabtei Herford), que regirá como una especie de abadesa protestante, bajo principios pietistas. El cargo de abadesa conllevaba desde la Edad Media la dignidad de príncipe imperial, y desde 1533 era ejercido por nobles protestantes: luteranas entre 1533 y 1649 y calvinistas desde entonces (que no obstante, no alteraron la confesionalidad luterana de su jurisdicción). Sucedía en el cargo de abadesa a su hermana menor, que nueve años antes había dejado Herford y se había trasladado a Francia.



Como abadesa se distinguió por el rigor en el cumplimiento de sus deberes, su modestia y su filantropía, que ejercía especialmente protegiendo a los disidentes religiosos perseguidos que llegaron allí procedentes de toda Europa. En 1670 acogió a Jean de Labadie y su comunidad de labadianos, también de tendencia pietista. La relación entre ambos fue problemática, y en 1672 Labadie dejó Herford, dejando entristecida a Isabel, que mantuvo a un pequeño grupo de labadianos bajo su protección.

En 1677 la protección de Isabel benefició a los cuáqueros de William Penn y Robert Barclay, que pasaron tres días en el monasterio, dejando una fuerte impresión en la princesa. Su amistad con Penn duró hasta su muerte, y éste la recordará en la segunda edición de No Cross, No Crown ("Sin cruz, no hay corona", 1682). Isabel falleció en  Herford, un 11 de febrero de 1680.

El análisis de la correspondencia, puede devolvernos no sólo el diálogo que legaron a la posteridad Isabel y Descartes, dos intelectos ávidos de conocimiento, sino además el nombre y la figura de una pensadora de la temprana modernidad en quien el filósofo más representativo de la época supo ver que las luces más claras del intelecto emanaban de un cuerpo de mujer, aunque dichas luces pusieran de manifiesto las sombras del alma de su propia doctrina. Al final de su dedicatoria, en efecto, escribe el filósofo:

“Tan perfecta Sabiduría me obliga a un respeto tal que no sólo entiendo que debo dedicarle este libro, que trata de Filosofía (pues no es otra cosa que el deseo de la Sabiduría), sino que tampoco poseo más celo por filosofar –es decir, por adquirir la Sabiduría– del que poseo por ser, Señora, el más humilde, obediente y ferviente servidor de Vuestra Alteza”. Nos queda, pues, como legado esta lección de Descartes: la historia no debiera olvidar el nombre de esta sabia mujer.


Isabel de Bohemia, influyó en su maestro Descartes, al igual que su hermana de Isabel, la electora Sofía de Hannover, inspiró a Leibniz. Por todo ello podemos decir que muchas de las relaciones que entablaron las mujeres cultas de la época con filósofos y científicos puede ser de tal importancia intelectual que nos permita develar los pensamientos que han quedado en el margen de las historias. Así, el “otro pensamiento” –en este caso concreto el de las mujeres que compartieron las inquietudes de su tiempo y que en cierta medida participaron también en su constitución– nos puede ayudar a comprender mejor una época, y con ello la serie de transformaciones y problemas que fueron determinando su perfil histórico.


Fuente: wikipedia; Angelica S. jimenez; www.mcnbiografias.com"

miércoles, 28 de marzo de 2012

29 M. Huelga General



A punto de comenzar el día de la Huelga General, las diferentes entidades convocantes difunden y llaman a la participación ciudadana en este día de reivindicación y lucha. De entre todas las iniciativas hay una que llama la atención, es una convocatoria que se está distribuyendo en el distrito de Arganzuela de la capital madrileña, “Delantales a la calle”, en la que se invita a las amas de casa a sumarse a la huelga general en una especie de renovación de las famosas “caceroladas”.








¡Esta casa está en huelga!

Lo que se les pide a estas mujeres que trabajan en las casas es que “como muestra de su indignación” y de que “el 29M, ¡esta casa está en huelga!”, cuelguen los delantales en las ventanas y balcones de las casas “simbolizando el paro en el trabajo doméstico y de cuidados”.


Entre los motivos que argumentan estas organizaciones populares para esta movilización de “delantales” figura, en primer lugar, que el trabajo doméstico y de cuidados de niñxs y personas mayores no está reconocido, no tiene derechos ni garantías.

Feminización de la pobreza

La feminización de la pobreza es un hecho, que se refleja en que las mujeres pagan las consecuencias de la crisis y que no se las tiene en cuenta a la hora de aportar. La tasa de actividad de las mujeres en España es mucho menor que la de los hombres. También lo son los salarios y pensiones de las mujeres. El porcentaje de empleos a tiempo parcial es mucho mayor entre las mujeres. Las mujeres se jubilan, en término medio, con menos años cotizados que los hombres.

Las mujeres cargan con la mayor parte de las tareas sociales no retribuidas, en una sociedad como la española en la que aún queda muy lejos la corresponsabilidad entre hombres y mujeres y en la que se detectan serias carencias en servicios públicos de atención y cuidado, escuelas infantiles asequibles, etc y en la que aún en torno al  97% de las excedencias para cuidado de hijas/hijos son solicitadas y ejercidas por las  mujeres.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Emilia Pardo Bazán.



Aunque se conoce más su producción novelística y crítica literaria, muchos de sus ensayos son dedicados a la cuestión feminista y su continua lucha por los derechos de la mujer en la sociedad española. Ella denunciaba en la España Moderna (1890) que los avances culturales y políticos logrados a lo largo del siglo XIX (las libertades políticas, la libertad de cultos, el mismo sistema parlamentario) sólo habían servido para incrementar las distancias entre sexos, sin promover la emancipación femenina.





Nació Emilia en La Coruña, en el año 1851. Hija de los condes de Pardo Bazán, título que heredó en 1890, pasó los inviernos de su niñez en Madrid en un colegio francés. Ya en su adolescencia escribió versos a escondidas y leía novelas románticas francesas. En 1869 la familia se trasladó a Madrid, donde Emilia se inició en la vida social de la capital. A los dieciséis años se casó con don José Quiroga, en el año mismo de la Revolución de Septiembre, de la cual comentó años después que en aquel momento se contrastaban "una vieja España impotente para triunfar" con "una nueva España incapaz del triunfo."

Al cabo de unos años, empezó a aburrirse de la vida monótona de la capital. En 1871 se trasladó a Francia con su familia y allí volvió a su interés en la literatura. Aprendió inglés e italiano (ya sabía francés) y leía extensamente la literatura europea. En 1873 regresó a España, donde reemprendió su intensa actividad social sin dejar de desarrollar sus intereses literarios. Entró en contacto con el krausismo, filosofía alemana que insistía en el perfeccionamiento del individuo y de la sociedad a través de la educación. Conoció a don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza.

Nació su primer hijo, Jaime, en 1876 y en el mismo año Emilia ganó los juegos florales en Orense por sus versos y prosa. Nació su segunda hija, Blanca, en 1878. En pleno auge de la novela realista, Pardo Bazán comenzó a interesarse por las obras de sus contemporáneos Valera, Galdós y Pereda y empezó a leer a Zola. Publicó la que hasta ahora se ha considerado su primera novela Pascual López en 1879, autobiografía de un estudiante de medicina. Su interés por los autores franceses continuó y durante su estancia en el balneario de Vichy escribió su segunda novela Un viaje de novios (1880), ambientada en el mismo. Antes de volver a España, Pardo Bazán pasó por París, donde conoció a Víctor Hugo, el gran maestro de la novela decimonónica.

En 1882 comenzó, en la revista La Época, la publicación de una serie de artículos sobre Zola y la novela experimental, reunidos posteriormente en el volumen “La cuestión palpitante” (1883), que la acreditaron como uno de los principales impulsores del naturalismo en España. 

Frente a los principios ideológicos y literarios de Zola, Pardo Bazán acentuaba la conexión de la escuela francesa con la tradición realista europea, lo que le permitía acercarse a un ideario más conservador, católico y bienpensante. De su obra ensayística cabe citar, además, La revolución y la novela en Rusia (1887), Polémicas y estudios literarios (1892) y La literatura francesa moderna (1910), en las que se mantiene atenta a las novedades de fines de siglo en Europa.

El método naturalista culmina en Los Pazos de Ulloa (1886-1887), su obra maestra, pintura de la decadencia del mundo rural gallego y de la aristocracia, y su continuación La madre naturaleza (1887). Asimismo, Insolación (1889) y Morriña (1889) siguen insertos en la ideología y en la estética naturalista. Con posterioridad, evolucionó hacia un mayor simbolismo y espiritualismo, patente en Una cristiana (1890), La prueba (1890), La piedra angular (1891), La quimera (1905) y Dulce sueño (1911). Esta misma evolución se observa en sus cuentos y relatos, recogidos en Cuentos de mi tierra (1888), Cuentos escogidos (1891), Cuentos de Marineda (1892), Cuentos sacroprofanos (1899), entre otros. También es autora de libros de viajes (Por Francia y por Alemania, 1889; Por la España pintoresca, 1895) y de biografías (San Francisco de Asís, 1882; Hernán Cortés, 1914).

Sus escritores contemporáneos opinaban tanto a favor como en contra de la producción literaria de Pardo Bazán. Algunos la envidiaban pues su fama se extendía por Europa. Una de las polémicas literarias que se iniciaron en España fue a causa de su obra “La cuestión palpitante” en donde explica el naturalismo. Clarín, tras haberle escrito el prólogo a dicha obra escribe luego que se arrepiente de haberlo hecho. Pardo Bazán tiene polémicas con Luis Alfonso, Pereda, y  Valera, que pensaba que las mujeres no debían ser académicas.  Nunca cede su posición y continúa luchando por los derechos de la mujer, y en su caso personal, la mujer académica. Objeto de críticas, su marido intentó que abandonara la literatura, lo cual produjo la separación del matrimonio. Ella se fue a Madrid para dedicarse de lleno a su vocación literaria y de allí viajó a París donde permaneció un año. Cuando apareció su novela Insolación (1888) se creó una nueva polémica por la obvia sexualidad de la heroína. En esta novela se defiende la igualdad de hombres y mujeres en cuestiones de moral sexual.

En 1890 Pardo Bazán fundó Nuevo Teatro Crítico, una revista que ella sola escribió y editó por tres años. A los cuarenta años ya era una escritora famosa, tanto en España como fuera del país. En la década de los noventa se prestó más atención a su obra crítica que a su producción novelística pero continuaba siendo una figura polémica. En los “Cuentos de la Patria” Emilia muestra su preocupación por los problemas de España ante la crisis del 98. Es obvio el pesimismo ideológico en estos cuentos; sin embargo, existe un contraste con su optimismo vital. La autora continuaba publicando y participando activamente en la vida intelectual y social del país.


Gonzalo Bilbao: Las cigarreras (detalle). E. Pardo Bazán pasó una temporada en una fábrica de tabacos para hacer investigaciones para su novela La Tribuna.

En la segunda mitad del siglo se establecen congresos y asociaciones dedicados a mejorar la educación femenina con el apoyo de la filosofía  krausista, que representaba el inició del feminismo español, siendo Pardo Bazán una de las catalizadoras. Ella atribuye la carencia de feminismo en España durante esta época, en comparación con otros países europeos, a la falta de educación de la mujer española. Las mujeres intelectuales conscientes de este problema combatían por la necesidad de reformas educativas para las mujeres de todas las clases sociales, y mientras que en Europa surgían movimientos feministas, España ni siquiera se enteraba del tema.  Pardo Bazán, sin embargo, se emerge en ello y una manera en que expresa sus sentimientos sobre el tema es a través de artículos y ensayos, algunos de los cuales se publicaron en inglés en la revista londinense Fortnightly Review y en España en la revista Nuevo Teatro Crítico.  En este último escribió que era un error afirmar que el papel que le corresponde a la mujer en las funciones reproductivas determina las restantes funciones de su vida. Su mayor crítica consiste en que la sociedad ha proclamado los derechos del hombre pero no los de la mujer.

Para Emilia Pardo Bazán el medio para elevar la posición de la mujer en la sociedad española era a través de la educación. En sus ensayos describe la educación de la mujer aristócrata, la burguesa, la monja, y la del pueblo, y aunque ella reconoce que la condición social determina la educación, en realidad ninguna de estas mujeres tenía acceso a una educación semejante al que se ofrecía a los varones. En el Congreso Hispano-Luso-Americano, leyó un trabajo titulado “La educación del hombre y de la mujer”, y califica el papel que cumple la educación femenina de “doma”.

“ No puede, en rigor, la educación actual de la mujer llamarse educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión”. Y afirmaría respecto a este tema que: los sacerdotes inculcan la docilidad conyugal, la fe sin examen y la rutina a la mujer. Para Emilia Pardo Bazán las consecuencias de la educación diferencial no solamente afectaban al campo de su instrucción, sino también al campo de su conformación física, moral e intelectual.

“ Mientras la educación masculina se inspira en el postulado optimista, o sea la fe en la perfectibilidad de la naturaleza humana, que asciende en suave y armónica evolución hasta realizar la plenitud de su esencia racional, la educación femenina derívase de postulado pesimista, o sea del supuesto de que exista una antinomia o contradicción palmaria entre la ley moral y la ley intelectual de la mujer, cediendo en daño y perjuicio de la moral cuanto redunda en beneficio de la intelectual, y que –para hablar en lenguaje liso y llano- la mujer es tanto más apta para su provincial destino cuanto más ignorante y estacionaria, y la intensidad de educación que constituye para el varón honra y gloria, para la hembra es pesimismo y deshonor y casi monstruosidad”.



Todo ello proviene según la autora, de un craso error, el de afirmar que “[...] el papel que a la mujer corresponde en las funciones reproductivas de la especie, determina y limita las restantes funciones de su actividad humana, quitando a su destino toda significación individual, y no dejándole sino la que pueda tener relativamente al destino del varón”. Una de las paradojas existentes en España era la existencia de leyes que permitían a la mujer conseguir una carrera pero luego ésta no podía ejercerla en dicha sociedad.

Uno de los obstáculos que tenía que vencer Pardo Bazán era el de la discriminación de la mujer dentro del campo académico. Dedica un ensayo, “La cuestión académica” a este problema señalando, "que la posición de la mujer literata a veces puede ser superior a la del hombre".  Su exclusión de la Academia Real de la Lengua lo atribuye no por una falta de mérito sino por ser mujer.  Pardo Bazán expone en sus artículos lo que hoy llamaríamos un doble estándar, en cuanto a las expectativas para ambos sexos. Por ejemplo, describe si un hombre no se confiesa ni va a misa la sociedad no le condena, pero si lo hace una mujer es intolerable.

En cuanto al matrimonio Pardo Bazán expresa sus ideas en el prólogo de la obra traducida al español de John Stuart Mill, “La esclavitud femenina”. Para ella resulta importante la compenetración del hombre y la mujer en el matrimonio y pide que la relación sea no sólo sexual sino intelectual. Opina como Concepción Arenal que la mujer española se casa prematuramente, muchas veces sólo por encontrar un apoyo.  Las dos también coinciden en pensar que la mujer ha progresado muy poco en el orden civil.

La preocupación de Pardo Bazán por la mejora de la instrucción de las mujeres le incitó a crear la Biblioteca de la mujer (1891), que englobaría todo lo tocante al conocimiento científico, histórico y filosófico de la mujer en todos los tiempos. A pesar de la dificultades encontradas, llegó a ser la primera mujer en presidir la sección de literatura del Ateneo de Madrid y la primera en ocupar una cátedra de literatura en la Universidad Central de Madrid.




Su relación con Concepción Arenal fue ocasional y de respeto, aunque en ocasiones no especialmente cordial. Concepción era más de treinta años mayor que ella y su modo de ser eran muy distintos. Mientras Concepción Arenal era una mujer, introvertida, sumamente discreta, más idealista, sensible y comprensiva, Emilia era más racionalista, pragmática, extrovertida, polémica y poco discreta. Sin embargo, la defensa del feminismo las unía y con motivo del fallecimiento de Concepción Arenal, Emilia pone en valor el prestigio y la labor de Concepción Arenal. Critica a los organizadores de unas conferencias por no tocar el tema del feminismo en dicha autora al no ser del agrado de la opinión popular y le tributa un cálido y encendido homenaje, diciendo: "Si el espíritu de doña Concepción Arenal lo hubiera encerrado la naturaleza en un cuerpo varonil, a los cuarenta años, sería doña Concepción catedrático, diputado varias veces, director general por lo menos, académico de varias academias y personaje muy influyente y renombrado, en premio de sus merecimientos y extensión de su cultura en ciertos ramos de la ciencia política y moral".






Murió en Madrid el 12 de mayo de 1921, a los setenta años, de una gripe que se complicó con su diabetes crónica. La casa de Pardo Bazán en La Coruña hoy es la sede de la Real Academia Gallega y la Casa Museo de la escritora.

El 22 de marzo de 2012, la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid, presenta la novela “Aficiones peligrosas”, escrita por Emilia Pardo Bazán con tan sólo 13 años y que ahora coeditan la Fundación, la Casa-Museo Emilia Pardo Bazán y Analecta editorial. Esta novela, en la que la escritora reivindica el papel moral de la literatura y el derecho de la mujer a formarse y a crear, se publica a partir del manuscrito autógrafo de Pardo Bazán, que se encontraba disperso en la biblioteca de la Fundación. Gracias a este hallazgo, que tuvo lugar en el año 2004, la novela, ahora reconstruida y ordenada, se publica por primera vez completa.


Fuentes: Wikipedia; J.C. Planells; Jose Barros Guede: MJ Sanchez Rodríguez (situación de la educación de la mujer en los textos legales).

domingo, 18 de marzo de 2012

Matilda Electa Joslyn Gage. El efecto Matilda



Activista norteamericana, luchadora del sufragio femenino, abolicionista, libre  pensadora y autora prolífica. A lo largo de toda su vida estuvo condicionada por problemas financieros y físicos (cardíacos), que no influyeron en su trabajo en pos de los derechos de las mujeres con los que siempre estuvo comprometida. Matilda formuló esta tarea para la teología feminista:

“La lucha más importante a la lo largo de la historia de la iglesia es la que libran las mujeres por la libertad y por su pensamiento, y por el derecho a comunicar ese pensamiento al mundo”




Nació el 18 de marzo de 1826  en Cicero, Nueva York. Pasó su niñez en una casa que era a la vez parte de la red clandestina de apoyo a esclavos (conocida como ferrocarril subterráneo). Hija de un médico, recibió de él lecciones de anatomía y fisiología y la idea de que debía pensar por sí misma y no aceptar la palabra de otra persona o de la sociedad. De estas vivencias nació su lucha abolicionista  y su idea de libertad e igualdad.

Se casó en 1845 con el comerciante Enrique H. Gage y se trasladó a Fayetteville, Nueva York. En 1850 El Congreso aprobó la Ley de Esclavos Fugitivos, que ayudaba a los sureños a recapturar esclavos que hubieran huido a los estados libres. Matilda unida a los abolicionistas, seguía por entonces ayudando a los negros que escapaban y siendo madre de cuatro hijos pequeños estuvo en prisión por sus acciones de acuerdo con la Fugitive Slave Law of 1850 que tipificaba como acto criminal el brindar asistencia a esclavos fugitivos.

En 1852 dio su primer discurso público en la Convención Nacional de Derechos de las Mujeres, en Siracusa, Nueva York. Fue presidenta de la Asociación Nacional del Sufragio Femenino desde 1875 hasta 1876  y por más de veinte años ejerció como Presidenta del Comité Ejecutivo o Vice Presidenta. Durante la convención de 1876, discutió en forma exitosa con un grupo de policías que alegaban que la asociación estaba realizando una asamblea ilegal y la policía finalmente se fue sin levantar cargos.

Activa y tenaz luchadora contra la esclavitud (en 1863 Lincoln liberó a los esclavos) y los derechos de la mujer, también defendió los derechos indígenas: escribió polémicos artículos donde condenaba el injusto y brutal tratamiento que se daba a los indios de América. Matilda se convirtió en miembro de los Iroqueses - tribu nativa americana - fue admitida en el Consejo de Matronas iroquesas y adoptada por el Clan del Lobo, donde "el poder entre los sexos es casi igual”.

Esta considerada como más radical que Susan B. Anthony o Elizabeth Cady Stanton, siendo las tres las autoras de “Historia del Sufragio de la Mujer”, un total de seis volúmenes que empezaron en 1875 y se completó en 1922, que es la historia de innumerables mujeres que lucharon por sus derechos.

Junto con Cady Stanton, fue crítica de la Christian Church, lo cual la colocó en posiciones encontradas con sufragistas conservadoras tales como Frances Willard y la Woman's Christian Temperance Union. En lugar de argumentar que las mujeres merecían votar porque su moralidad femenina permitiría entonces influir sobre la legislación (como hacia el WCTU), ella opinaba que las mujeres merecían el sufragio en virtud de un 'derecho natural'.




A pesar de su oposición a la Iglesia, Gage era a su manera profundamente religiosa, y colaboró (en forma anónima) con Stanton en la escritura de La Biblia de la Mujer. Ella se convirtió en una teosofista y alentó a sus hijos y a sus esposas a que ellos también lo fueran. Una de sus hijas, Maud Gage, se casó son Lyman Frank Baum, narrador norteamericano de una serie de libros sobre la fantástica tierra de Oz, entre ellos “El mago de Oz”. Durante algún tiempo Matilda vivió en la casa de su hija y su marido, el cual opinaba que su suegra era la mujer más talentosa y educada de su época, mientras ella escribía para numerosos periódicos, preparando notas sobre los progresos en el movimiento por el sufragio femenino.

A consecuencia de la intensa campaña que Gage desarrolló desde la Asociación Sufragista Femenina del estado de Nueva York, se le otorgó el derecho al sufragio femenino para elegir miembros a los consejos de las escuelas. Gage garantizó que cada mujer en su zona (Fayetteville, NY) tuviera la oportunidad de votar, para ello les escribió cartas notificándolas de sus derechos, y se sentó en los sitios de votación para asegurarse que ninguna mujer fuera rechazada.

En 1871, Gage formó parte del grupo de 10 mujeres que intentaron votar. Ella se encarócon el personal de los puestos de votación y discutió con ellos en representación de cada una de las mujeres. Apoyó a Victoria Woodhull y posteriormente a Ulysses S. Grant en la elección presidencial de 1872. En 1873 defendió a Susan B. Anthony cuando fue llevada a juicio por haber votado en dicha elección, utilizando en su defensa poderosos argumentos legales y morales.

Matilda trató sin éxito de prevenir que el movimiento sufragista femenino fuera tomado por el ala conservadora. Susan B. Anthony que había ayudado a fundar el National Woman Suffrage Association (NWSA), estaba muy orientada hacia la obtención del derecho a votar, una visión que Gage veía como demasiado estrecha. Sufragistas conservadoras fueron ganando fuerza en la organización, estas mujeres tendían a no apoyar reformas sociales de caracter general, o ataques a la iglesia.

En 1878 compró la Ballot Box, una publicación mensual de la asociación sufragista de Toledo, Ohio, cuando su editora, Sarah R.L. Williams, se retiró. Matilda la renombró como The National Citizen and Ballot Box, y explicó que sus intenciones para el periódico eran:

Su principal objetivo será asegurar protección nacional a los ciudadanos mujeres en el ejercicio de sus derechos para votar... se opondrá a toda forma de Legislación de Clases... las mujeres de toda clase, condición, rango y nombre encontraran en este periódico a su amigo….


Durante los próximos tres años, Matilda fue su editora principal, produciendo y publicando ensayos sobre un amplio rango de temas. Cada edición portaba la frase “La pluma es más poderosa que la espada”, e incluía columnas destacadas sobre mujeres prominentes a lo largo de la historia e inventoras mujeres. Tenía un estilo claro, lógico, y una cuidada dosis de ironía. En una ocasión al escribir sobre las leyes que le permitían a un hombre al fallecer dejar el cuidado de sus hijos a una persona que no tenía relación con la madre de los niños, Gage decía:

              A veces es preferible ser un hombre muerto que una mujer viva.

Se convirtió en miembro de la Sociedad Teosófica, cuando vivía en Fayetteville, Nueva York. Su solicitud de entrada y admisión a la Sociedad Teosófica de Rochester datan del 26 de Marzo de 1885. En vista de su preocupación por la igualdad y los derechos humanos, no fue sorprendente que Matilda Gage fuera atraída por la Teosofía. Ella la apreciaba no solo porque proporcionaba una base filosófica para la igualdad y la acción social, sino también por algunas de sus otras enseñanzas, como la de la reencarnación.
Escribió sobre la existencia de un auténtico Derecho de Pernada, y diría en 1893:

«Las mentes del pueblo habían sido corrompidas a lo largo de los siglos con estas doctrinas [...] la mujer, siempre oprimida, debía proporcionar solaz a unos hombres acostumbrados a la violencia y a obtener placer en el sufrimiento ajeno».

Editora del The Liberal Thinker, a partir de 1890, año en que abandonó el movimiento sufragista y formó la Unión Liberal de la Mujer, compuesta por anarquistas, líderes sindicales y feministas, considerada la organización más radical del país y Matilda la portavoz ideal para sus ataques a la religión. Apoyó firmemente la separación de iglesia y estado. En 1893 publicó “La mujer, Iglesia y Estado”, donde describía cómo el cristianismo oprimió a la mujer y reforzó los sistemas patriarcales: la subordinación de la mujer no es ni natural ni ordenado por Dios.

Matilda Joslyn Gage murió en Chicago en 1898. Sus restos descansan en el cementerio de Fayetteville.



 

El efecto Matilda.

En 1993, la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter acuñó el término "efecto Matilda," en honor de Matilda J. Gage, para identificar aquella situación social donde las mujeres científicas reciben menos crédito y reconocimiento por su trabajo científico que el que les correspondería de un examen objetivo de su trabajo. El efecto Matilda es un corolario del "efecto Mateo" postulado por el sociólogo Robert K. Merton.


Fotografia tomada de un desfile de sufragio en 1914 (el original es propiedad del Museo Rochester y Centro de Ciencias). Las mujeres de la foto llevan "dominó", una túnica con capucha y las máscaras para que el público le preste atención a su mensaje, no a ellas. Las pancartas que llevan anunciado una próxima conferencia por el reverendo Anna Howard Shaw y otros.
Actualmente, el Centro Matilda Joslyn Gage, situado en Fayetteville, Nueva York, trabaja para defender el legado de la sufragista y la defensora de la justicia social Matilda Joslyn Gage. El Centro Gage utiliza la antigua casa de Gage para relatar la historia de los numerosos movimientos sociales en los que estuvo involucrada, incluyendo el movimiento de derechos de las mujeres, la abolición de la esclavitud y la libertad de religión. Interesados ​​en aumentar su capacidad de diálogo, el Centro Gage buscó el apoyo del Fondo de la Coalición de Apoyo a Proyectos con el fin de ayudar a capacitar facilitadores del diálogo y para crear un modelo de diálogo en torno a la cuestión de los derechos reproductivos.

 

La siguiente es una lista parcial de sus obras:

·       "Is Woman Her Own?", publicado en The Revolution, April 9th 1868, ed. Elizabeth Cady Stanton, Parker Pillsbury. pp 215-216.
·       "Prospectus", publicado en The National Citizen and Ballot Box, ed. Matilda E. J. Gage. May 1878 p 1.
·       "Indian Citizenship", publicado en The National Citizen and Ballot Box, ed. Matilda E. J. Gage. May 1878 p 2.
·       "All The Rights I Want", publicado en The National Citizen and Ballot Box, ed. Matilda E. J. Gage. January 1879 p 2.
·       "A Sermon Against Woman", publicado en The National Citizen and Ballot Box, ed. Matilda E. J. Gage. September 1881 p 2.
·       "God in the Constitution", publicado en The National Citizen and Ballot Box, ed. Matilda E. J. Gage. October 1881 p 2.
·       Woman As Inventor, 1870, Fayetteville, NY: F.A. Darling
·       History of Woman Suffrage, 1881, Capítulos por Cady Stanton, E., Anthony, S.B., Gage, M. E. J., Harper, I.H. (publicado nuevamente en 1985 by Salem NH: Ayer Company)
·       The Aberdeen Saturday Pioneer, 14 y 21 marzo de 1891, editora y editoriales. Es posible que ella haya escrito previamente varios editoriales sin firmarlos, en lugar de L. Frank Baum, for whom she completed the paper's run.
·       Woman, Church and State, 1893 (1980 by Watertowne MA: Persephone Press)


 

 




Fuentes: Wikipedia; Wikimedia foundation. 2010.



martes, 13 de marzo de 2012

Susan B. Anthony.


Feminista líder del movimiento estadounidense de los derechos civiles, que dedicó su vida a la búsqueda de igualdad para las mujeres. Antes de que muriera el 13 de marzo de 1906, Anthony consiguió liderar el movimiento del derecho al voto, promover la igualdad de remuneración por trabajo comparable y aprobar más leyes liberales sobre el divorcio. Juntas, Anthony y su amiga Elizabeth Cady Stanton, propugnaron la reforma de las leyes discriminatorias del estado de Nueva York, pronunciando conferencias y organizando una campaña para modificar la legislación existente. Entre 1892 y 1900 presidió la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino.





Nació el 15 de febrero de 1820  y fue la segunda de siete hijos de Daniel Lee Anthony y Lucy Read. Su padre era un fabricante de algodón y abolicionista, un hombre severo pero de mente abierta, que nació en la religión cuáquera. No permitió juguetes o entretenimientos en el hogar, alegando que podían distraer al alma desde el interior. Su madre, Lucy, era estudiante en la escuela de Daniel, los dos se enamoraron y se casaron en 1817. Lucy asistió a la convención de los derechos de las mujeres en Rochester, celebrada en agosto de 1848, dos semanas después de la histórica Convención de Seneca Falls, y firmó la Declaración de la Convención de Rochester

Uno de los hermanos de Susan, Daniel Lee el editor, se convirtió en miembro activo del movimiento anti-esclavitud en Kansas, mientras que una hermana, Mary Stafford Anthony, se convirtió en profesora y activista de los derechos de la mujer.

Susan fue una niña precoz, aprendido a leer y escribir a los tres años, se educó en un ambiente de independencia de criterio y rigor ético que marcaría toda su trayectoria política. Cuando tenía seis años, la familia se trasladó a Battensville (Nueva York) y  acudió a la escuela primaria local y pasó luego al colegio que su padre había fundado y dirigía.

El padre de Susan pensaba que las mujeres deberian obtener tanta educación como ellas quisieran, agregandole un cuarto a su hogar, el construyó una escuela para sus propios niños y otros. En 1837, fue enviada al Seminario Mujer Deborah Moulson, un colegio cuáquero de Filadelfia. Ella no era feliz en Moulson, pero no permaneció allí por mucho tiempo. Se vio obligada a abandonar sus estudios, ya que su familia, como muchos otros, se arruinaron financieramente durante el pánico de 1837. Sus pérdidas fueron tan grandes que trató de vender todo en una subasta, incluso sus bienes más personales, que fueron salvados en el último minuto cuando el tío de Susan, Joshua Lee, se acercó y los adquirió para ellos, con el fin de restaurar a la familia. En 1839, la familia se trasladó a Hardscrabble, Nueva York, a raíz del pánico y la depresión económica que siguió. Ese mismo año, Susan dejó su casa para enseñar y pagar las deudas de su padre. Enseñó por primera vez en el Seminario de Amigos Eunice Kenyon, y luego en la Academia Canajoharie en 1846, donde llegó a ser directora del Departamento de Mujer.

En 1849, a los 29 años, Susan dejó de enseñar y se mudó a la granja familiar en Rochester, Nueva York. Allí comenzó a participar en las convenciones y reuniones relacionadas con el movimiento de la templanza. y empezó a distanciarse de los cuáqueros, en parte debido a que había presenciado con frecuencia casos de conducta hipócrita, como el uso de alcohol entre los predicadores Quaker. A medida que fue creciendo, Susan continuó moviéndose más lejos de la religión organizada, y fue castigada más tarde por varios grupos religiosos cristianos por mostrar preferencias irreligiosas. Por la década de 1880, Susan se había convertido en agnóstica.

En su juventud, Susan era muy consciente de su aspecto y habilidades de comunicación. Ella se resistió durante mucho tiempo para hablar en público por miedo a no ser lo suficientemente elocuente, pero, a pesar de estas inseguridades, se convirtió en una presencia pública reconocida.

Su unió al movimiento antialcohólico o "movimiento pro temperancia", duro cinco años. En él tomó conciencia de las limitaciones que el hecho de ser mujer implicaba, incluso en el seno de una organización reformista liberal, y sintió la necesidad de crear un grupo exclusivamente formado por mujeres, la Sociedad Femenina pro Temperancia del Estado de Nueva York.



Pero su paso al feminismo no se produjo de forma definitiva hasta que, en 1851, conoció a Elizabeth Cady Stanton, la feminista que en 1848 había dirigido la Convención de Séneca Falls, primer manifiesto del sufragismo estadounidense. Stanton se convertiría en su compañera inseparable y ambas encabezarían el feminismo norteamericano durante las siguientes cinco décadas.

Protagonizó, junto a Stanton y Amelia Bloomer, diversas campañas en favor de la igualdad de derechos de las mujeres. La lucha feminista se centró en principio en reivindicaciones de carácter general, para ir progresivamente limitándose a la petición del sufragio universal, por considerar que el voto era el instrumento clave para conseguir ulteriores reformas legales.

Sin embargo, las campañas en favor del sufragio fueron acompañadas de muchas otras, encaminadas a transformar la legislación laboral, la mentalidad sexista y las costumbres discriminatorias de la sociedad norteamericana. Así, por ejemplo, Anthony y Stanton dirigieron una campaña contra las restricciones físicas que la moda femenina decimonónica imponía a las mujeres, promoviendo el uso de pantalones bombachos y faldas amplias.

Desde 1854, Anthony compaginó su activismo feminista con la lucha contra la esclavitud en el seno de la Sociedad Americana Antiesclavista hasta que el estallido de la Guerra de Secesión en 1861 apartó temporalmente a las mujeres de la primera línea de batalla, ocupada desde entonces por los ejércitos. En 1863 fundó la Liga de Mujeres Leales, que promovía la liberación de esclavos en los estados secesionistas del sur.

Al finalizar la guerra, siguió pronunciándose públicamente contra la violencia ejercida sobre la población negra, a la que instó a unirse al movimiento sufragista. Paralelamente, la ya inseparable pareja Anthoy-Stanton dirigió diversas campañas contra las leyes del estado de Nueva York discriminatorias de las mujeres y pronunció numerosas conferencias por todo el estado.

Tras la guerra, las mujeres que habían participado en el movimiento abolicionista comprendieron que la consecución de sus fines propios -la igualdad de derechos para las mujeres- era una lucha que debían emprender por separado, sin contar con el apoyo de sus compañeros antiesclavistas, muchos de los cuales no aprobaban el activismo político femenino. La lucha feminista se centró desde entonces en la obtención del derecho al voto.

El 8 de enero de 1868, Susan publicaba por primera vez la revista semanal de derechos de las mujeres “La Revolución” impreso en Nueva York, su lema fue: "La verdadera república, los hombres, sus derechos y nada más, las mujeres, sus derechos y nada menos." El semanario feminista saldría a la calle durante los dos años siguientes con importantes contribuciones de Susan y de Elizabeth Cady Stanton. Anthony se volcó sobre todo en la exigencia de igualdad salarial para las mujeres y en la mejora de las condiciones laborales de las obreras neoyorkinas, para lo cual participó en la creación de la Asociación de Mujeres Trabajadoras de Nueva York. En 1869 fundó con Stanton la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino, que comenzó a reclamar la aprobación de una enmienda constitucional que concediera el voto a las mujeres.


Susan y  Elizabeth Cady

A partir de 1872, la Asociación exigió para las mujeres de Estados Unidos los mismos derechos civiles y políticos que acababan de ser concedidos a los varones negros mediante las enmiendas constitucionales decimocuarta y decimoquinta. En las elecciones de ese año, Anthony encabezó una manifestación de mujeres que se presentó ante las urnas en Rochester para ejercer el derecho al voto.

Fue detenida dos semanas después y acusada de violar las leyes federales. Mientras esperaba el inicio del juicio contra ella, recorrió el país dando conferencias, aprovechando el interés público que había despertado su acción. En marzo del año siguiente volvió a presentarse en un colegio electoral de Rochester para votar. Fue juzgada finalmente y condenada a pagar una multa por violación de la ley electoral, a lo que se negó rotundamente.

El siguiente discurso fue pronunciado ante la Corte, tras su acusación y condena al pago de la multa. Ha sido criticado por algunos contemporáneos como ridículo y estridente, aunque se trata de una prolija y moderada argumentación. La base de su construcción está en la apelación constante al sentido común y a la lectura dirigida de la ley. Las citas de la Constitución -texto de carácter sagrado para los americanos- intentan desenmascarar el incumplimiento y la traición a los valores ya no de las minorías, sino de toda la nación. El recurso estrella es la pregunta retórica que no admite más que una respuesta de un público que se precie, como el americano, del culto a la libertad. Alude a lexicógrafos respetados para fundamentar sus aseveraciones y utiliza estructuras paralelas que reproducen en lo formal, la discusión sobre la igualdad.

“¿Son personas las mujeres?”

“Amigos y conciudadanos: me presento aquí esta noche acusada del supuesto delito de haber votado en la reciente elección presidencial sin tener el legítimo derecho para hacerlo. Será mi tarea de esta noche probarles que con ese voto, no sólo no cometí una ofensa sino que simplemente ejercité mis derechos de ciudadana, que se me garantizan a mí y a todos los ciudadanos de los Estados Unidos en la Constitución Nacional y que ningún estado tiene el poder de negarlos.

El preámbulo de la Constitución Federal dice:

“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad doméstica, proveer la defensa común, promover el bienestar general y proteger los beneficios que otorga la libertad para nosotros y para nuestra posteridad, ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América”.

Era nosotros, el pueblo; no nosotros, los ciudadanos blancos de sexo masculino; tampoco, los ciudadanos de sexo masculino; sino nosotros, todo el pueblo que forma esta Unión. Y la formamos, no para entregar los beneficios de la libertad sino para proteger los beneficios de la libertad; no para la mitad de nosotros y para la mitad de nuestra prosperidad sino para todas las personas -tanto mujeres como hombres-. Y es una burla descarada hablarle a las mujeres del placer de los beneficios de esa libertad cuando se les niega ejercer el único recurso que los garantiza y que este gobierno democrático ofrece: el voto.

Para cualquier estado el convertir el sexo en un requisito que siempre debe resultar en privar de derecho al voto a la mitad de la población, es como promulgar una ley ex post facto y, por lo tanto, es una violación de la ley suprema de la tierra. De esta forma los beneficios de la libertad son retirados para siempre de las mujeres y de la posteridad femenina.

Para ellas este gobierno no tiene ningún poder legal que deriva del consentimiento de los gobernados. Para ellas este gobierno no es una democracia. No es una república .Es una aborrecible aristocracia: una odiosa oligarquía de sexo; la más aborrecible aristocracia alguna vez establecida en la faz de la tierra; una oligarquía de riqueza, en donde los ricos gobiernan a los pobres. Una oligarquía de conocimientos, en donde los educados gobiernan a los ignorantes, o, incluso, una oligarquía de raza, en donde los Sajones gobiernan a los Africanos, podría durar. Pero esta oligarquía basada en el sexo, la cual convierte a los padres, a los hermanos, a los maridos, a los hijos varones en oligarcas sobre las madres, las hermanas, las esposas y las hijas en cada uno de los hogares -que establece que todos los hombres son soberanos y todas las mujeres súbditos- acarrea disensión, discordia y rebeldía en cada uno de los hogares de la nación.

Webster, Worcester y Bouvier, todos definen al ciudadano como una persona que en los Estados Unidos tiene derecho a votar y a ocupar un cargo público.

La única pregunta que queda ahora por formular es: ¿son personas las mujeres? Y yo no puedo creer que algunos de nuestros oponentes tenga la audacia de decir que no.

Siendo personas, entonces, las mujeres son ciudadanas, Y ningún estado tiene el derecho de hacer una ley o imponer alguna antigua regulación que recorte estos privilegios o inmunidades. Por lo tanto, cualquier discriminación contra las mujeres en las constituciones y leyes de los estados es hoy en día nula y carece de validez, del mismo modo lo es aquélla en contra de los Negros.”


En 1883 realizó un viaje por Europa, donde entró en contacto con las organizaciones feministas de Inglaterra y Francia y surgió el proyecto de crear una organización sufragista internacional. Cinco años después, durante los actos de conmemoración en Washington del aniversario de la Declaración de Seneca Falls, se estableció el Consejo Internacional de Mujeres, al que se unirían grupos feministas de 48 países.



Durante sus primeros años de existencia del Consejo, Anthony desempeñó un papel muy destacado. En 1890 fue elegida presidenta de la Asociación Nacional Americana pro Sufragio Femenino, cargo que ocupó hasta los ochenta años. Mientras tanto, no dejó de extender el mensaje del sufragismo y la igualdad de derechos, pronunciando conferencias a lo largo y ancho del país. En 1899 se propuso la creación dentro del Consejo Internacional de una organización separada que luchara de forma específica por el sufragio y presionara más directamente a los distintos gobiernos. Tras muchas conversaciones, Anthony participó en la creación de la Alianza Internacional pro Sufragio Femenino durante el congreso del Consejo celebrado en Berlín en 1904.

Su labor dentro del movimiento sufragista fue esencialmente de organización y administración, mientras Stanton se encargaba de escribir la mayor parte de las proclamas y propuestas de la Asociación Nacional pro Sufragio. Junto a Stanton y Mathilda J. Gage compiló y publicó la Historia del Sufragio Femenino, que apareció en cuatro volúmenes entre 1881 y 1902. Asimismo, junto a un grupo numeroso de sufragistas cristianas que buscaban los fundamentos religiosos de la subordinación femenina, trabajó en la edición de la llamada Biblia de las Mujeres, una recopilación comentada de los pasajes bíblicos en que aparecen mujeres.



Viajó varios miles de kilómetros a través de los Estados Unidos y Europa dando de 75 a 100 discursos por año sobre el sufragio y el derecho de la mujer al mismo durante 45 años aproximadamente. Viajó en carruajes, vagones, trenes, mulas, bicicletas, diligencias, transbordadores y, en ocasiones, en trineos.

Susan Anthony murió en Rochester (Nueva York) el 13 de marzo de 1906, a la avanzada edad de 86 años, sin llegar a ver la aprobación del sufragio femenino en 1920.  Fue enterrada en el cementerio Mount Hope. Tras su muerte, el Senado de Nueva York aprobó una resolución recordando su "trabajo constante, coraje impávido y entrega desinteresada a muchos fines filantrópicos y la causa de la igualdad de derechos políticos para las mujeres."

Catorce años después de la muerte de Susan, tras una larga campaña, las mujeres consiguieron el derecho al voto, el 26 de agosto de 1920, por la decimonovena Enmienda a la Constitución. 















 Bibliografía: Wikipedia. Susan B. Anthony, Pionera de los Derechos de las Mujeres, por Helen Stone Peterson, 1971. Susan B. Anthony, Mujer Suffragista, por Barbara Weisberg, 1988. La historia de Susan B. Anthony, por Susan Clinton, 1986.Nosotros la Gente, Susan B. Anthony, por Cindy Klingel, 1987.