martes, 13 de marzo de 2012

Susan B. Anthony.


Feminista líder del movimiento estadounidense de los derechos civiles, que dedicó su vida a la búsqueda de igualdad para las mujeres. Antes de que muriera el 13 de marzo de 1906, Anthony consiguió liderar el movimiento del derecho al voto, promover la igualdad de remuneración por trabajo comparable y aprobar más leyes liberales sobre el divorcio. Juntas, Anthony y su amiga Elizabeth Cady Stanton, propugnaron la reforma de las leyes discriminatorias del estado de Nueva York, pronunciando conferencias y organizando una campaña para modificar la legislación existente. Entre 1892 y 1900 presidió la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino.





Nació el 15 de febrero de 1820  y fue la segunda de siete hijos de Daniel Lee Anthony y Lucy Read. Su padre era un fabricante de algodón y abolicionista, un hombre severo pero de mente abierta, que nació en la religión cuáquera. No permitió juguetes o entretenimientos en el hogar, alegando que podían distraer al alma desde el interior. Su madre, Lucy, era estudiante en la escuela de Daniel, los dos se enamoraron y se casaron en 1817. Lucy asistió a la convención de los derechos de las mujeres en Rochester, celebrada en agosto de 1848, dos semanas después de la histórica Convención de Seneca Falls, y firmó la Declaración de la Convención de Rochester

Uno de los hermanos de Susan, Daniel Lee el editor, se convirtió en miembro activo del movimiento anti-esclavitud en Kansas, mientras que una hermana, Mary Stafford Anthony, se convirtió en profesora y activista de los derechos de la mujer.

Susan fue una niña precoz, aprendido a leer y escribir a los tres años, se educó en un ambiente de independencia de criterio y rigor ético que marcaría toda su trayectoria política. Cuando tenía seis años, la familia se trasladó a Battensville (Nueva York) y  acudió a la escuela primaria local y pasó luego al colegio que su padre había fundado y dirigía.

El padre de Susan pensaba que las mujeres deberian obtener tanta educación como ellas quisieran, agregandole un cuarto a su hogar, el construyó una escuela para sus propios niños y otros. En 1837, fue enviada al Seminario Mujer Deborah Moulson, un colegio cuáquero de Filadelfia. Ella no era feliz en Moulson, pero no permaneció allí por mucho tiempo. Se vio obligada a abandonar sus estudios, ya que su familia, como muchos otros, se arruinaron financieramente durante el pánico de 1837. Sus pérdidas fueron tan grandes que trató de vender todo en una subasta, incluso sus bienes más personales, que fueron salvados en el último minuto cuando el tío de Susan, Joshua Lee, se acercó y los adquirió para ellos, con el fin de restaurar a la familia. En 1839, la familia se trasladó a Hardscrabble, Nueva York, a raíz del pánico y la depresión económica que siguió. Ese mismo año, Susan dejó su casa para enseñar y pagar las deudas de su padre. Enseñó por primera vez en el Seminario de Amigos Eunice Kenyon, y luego en la Academia Canajoharie en 1846, donde llegó a ser directora del Departamento de Mujer.

En 1849, a los 29 años, Susan dejó de enseñar y se mudó a la granja familiar en Rochester, Nueva York. Allí comenzó a participar en las convenciones y reuniones relacionadas con el movimiento de la templanza. y empezó a distanciarse de los cuáqueros, en parte debido a que había presenciado con frecuencia casos de conducta hipócrita, como el uso de alcohol entre los predicadores Quaker. A medida que fue creciendo, Susan continuó moviéndose más lejos de la religión organizada, y fue castigada más tarde por varios grupos religiosos cristianos por mostrar preferencias irreligiosas. Por la década de 1880, Susan se había convertido en agnóstica.

En su juventud, Susan era muy consciente de su aspecto y habilidades de comunicación. Ella se resistió durante mucho tiempo para hablar en público por miedo a no ser lo suficientemente elocuente, pero, a pesar de estas inseguridades, se convirtió en una presencia pública reconocida.

Su unió al movimiento antialcohólico o "movimiento pro temperancia", duro cinco años. En él tomó conciencia de las limitaciones que el hecho de ser mujer implicaba, incluso en el seno de una organización reformista liberal, y sintió la necesidad de crear un grupo exclusivamente formado por mujeres, la Sociedad Femenina pro Temperancia del Estado de Nueva York.



Pero su paso al feminismo no se produjo de forma definitiva hasta que, en 1851, conoció a Elizabeth Cady Stanton, la feminista que en 1848 había dirigido la Convención de Séneca Falls, primer manifiesto del sufragismo estadounidense. Stanton se convertiría en su compañera inseparable y ambas encabezarían el feminismo norteamericano durante las siguientes cinco décadas.

Protagonizó, junto a Stanton y Amelia Bloomer, diversas campañas en favor de la igualdad de derechos de las mujeres. La lucha feminista se centró en principio en reivindicaciones de carácter general, para ir progresivamente limitándose a la petición del sufragio universal, por considerar que el voto era el instrumento clave para conseguir ulteriores reformas legales.

Sin embargo, las campañas en favor del sufragio fueron acompañadas de muchas otras, encaminadas a transformar la legislación laboral, la mentalidad sexista y las costumbres discriminatorias de la sociedad norteamericana. Así, por ejemplo, Anthony y Stanton dirigieron una campaña contra las restricciones físicas que la moda femenina decimonónica imponía a las mujeres, promoviendo el uso de pantalones bombachos y faldas amplias.

Desde 1854, Anthony compaginó su activismo feminista con la lucha contra la esclavitud en el seno de la Sociedad Americana Antiesclavista hasta que el estallido de la Guerra de Secesión en 1861 apartó temporalmente a las mujeres de la primera línea de batalla, ocupada desde entonces por los ejércitos. En 1863 fundó la Liga de Mujeres Leales, que promovía la liberación de esclavos en los estados secesionistas del sur.

Al finalizar la guerra, siguió pronunciándose públicamente contra la violencia ejercida sobre la población negra, a la que instó a unirse al movimiento sufragista. Paralelamente, la ya inseparable pareja Anthoy-Stanton dirigió diversas campañas contra las leyes del estado de Nueva York discriminatorias de las mujeres y pronunció numerosas conferencias por todo el estado.

Tras la guerra, las mujeres que habían participado en el movimiento abolicionista comprendieron que la consecución de sus fines propios -la igualdad de derechos para las mujeres- era una lucha que debían emprender por separado, sin contar con el apoyo de sus compañeros antiesclavistas, muchos de los cuales no aprobaban el activismo político femenino. La lucha feminista se centró desde entonces en la obtención del derecho al voto.

El 8 de enero de 1868, Susan publicaba por primera vez la revista semanal de derechos de las mujeres “La Revolución” impreso en Nueva York, su lema fue: "La verdadera república, los hombres, sus derechos y nada más, las mujeres, sus derechos y nada menos." El semanario feminista saldría a la calle durante los dos años siguientes con importantes contribuciones de Susan y de Elizabeth Cady Stanton. Anthony se volcó sobre todo en la exigencia de igualdad salarial para las mujeres y en la mejora de las condiciones laborales de las obreras neoyorkinas, para lo cual participó en la creación de la Asociación de Mujeres Trabajadoras de Nueva York. En 1869 fundó con Stanton la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino, que comenzó a reclamar la aprobación de una enmienda constitucional que concediera el voto a las mujeres.


Susan y  Elizabeth Cady

A partir de 1872, la Asociación exigió para las mujeres de Estados Unidos los mismos derechos civiles y políticos que acababan de ser concedidos a los varones negros mediante las enmiendas constitucionales decimocuarta y decimoquinta. En las elecciones de ese año, Anthony encabezó una manifestación de mujeres que se presentó ante las urnas en Rochester para ejercer el derecho al voto.

Fue detenida dos semanas después y acusada de violar las leyes federales. Mientras esperaba el inicio del juicio contra ella, recorrió el país dando conferencias, aprovechando el interés público que había despertado su acción. En marzo del año siguiente volvió a presentarse en un colegio electoral de Rochester para votar. Fue juzgada finalmente y condenada a pagar una multa por violación de la ley electoral, a lo que se negó rotundamente.

El siguiente discurso fue pronunciado ante la Corte, tras su acusación y condena al pago de la multa. Ha sido criticado por algunos contemporáneos como ridículo y estridente, aunque se trata de una prolija y moderada argumentación. La base de su construcción está en la apelación constante al sentido común y a la lectura dirigida de la ley. Las citas de la Constitución -texto de carácter sagrado para los americanos- intentan desenmascarar el incumplimiento y la traición a los valores ya no de las minorías, sino de toda la nación. El recurso estrella es la pregunta retórica que no admite más que una respuesta de un público que se precie, como el americano, del culto a la libertad. Alude a lexicógrafos respetados para fundamentar sus aseveraciones y utiliza estructuras paralelas que reproducen en lo formal, la discusión sobre la igualdad.

“¿Son personas las mujeres?”

“Amigos y conciudadanos: me presento aquí esta noche acusada del supuesto delito de haber votado en la reciente elección presidencial sin tener el legítimo derecho para hacerlo. Será mi tarea de esta noche probarles que con ese voto, no sólo no cometí una ofensa sino que simplemente ejercité mis derechos de ciudadana, que se me garantizan a mí y a todos los ciudadanos de los Estados Unidos en la Constitución Nacional y que ningún estado tiene el poder de negarlos.

El preámbulo de la Constitución Federal dice:

“Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad doméstica, proveer la defensa común, promover el bienestar general y proteger los beneficios que otorga la libertad para nosotros y para nuestra posteridad, ordenamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América”.

Era nosotros, el pueblo; no nosotros, los ciudadanos blancos de sexo masculino; tampoco, los ciudadanos de sexo masculino; sino nosotros, todo el pueblo que forma esta Unión. Y la formamos, no para entregar los beneficios de la libertad sino para proteger los beneficios de la libertad; no para la mitad de nosotros y para la mitad de nuestra prosperidad sino para todas las personas -tanto mujeres como hombres-. Y es una burla descarada hablarle a las mujeres del placer de los beneficios de esa libertad cuando se les niega ejercer el único recurso que los garantiza y que este gobierno democrático ofrece: el voto.

Para cualquier estado el convertir el sexo en un requisito que siempre debe resultar en privar de derecho al voto a la mitad de la población, es como promulgar una ley ex post facto y, por lo tanto, es una violación de la ley suprema de la tierra. De esta forma los beneficios de la libertad son retirados para siempre de las mujeres y de la posteridad femenina.

Para ellas este gobierno no tiene ningún poder legal que deriva del consentimiento de los gobernados. Para ellas este gobierno no es una democracia. No es una república .Es una aborrecible aristocracia: una odiosa oligarquía de sexo; la más aborrecible aristocracia alguna vez establecida en la faz de la tierra; una oligarquía de riqueza, en donde los ricos gobiernan a los pobres. Una oligarquía de conocimientos, en donde los educados gobiernan a los ignorantes, o, incluso, una oligarquía de raza, en donde los Sajones gobiernan a los Africanos, podría durar. Pero esta oligarquía basada en el sexo, la cual convierte a los padres, a los hermanos, a los maridos, a los hijos varones en oligarcas sobre las madres, las hermanas, las esposas y las hijas en cada uno de los hogares -que establece que todos los hombres son soberanos y todas las mujeres súbditos- acarrea disensión, discordia y rebeldía en cada uno de los hogares de la nación.

Webster, Worcester y Bouvier, todos definen al ciudadano como una persona que en los Estados Unidos tiene derecho a votar y a ocupar un cargo público.

La única pregunta que queda ahora por formular es: ¿son personas las mujeres? Y yo no puedo creer que algunos de nuestros oponentes tenga la audacia de decir que no.

Siendo personas, entonces, las mujeres son ciudadanas, Y ningún estado tiene el derecho de hacer una ley o imponer alguna antigua regulación que recorte estos privilegios o inmunidades. Por lo tanto, cualquier discriminación contra las mujeres en las constituciones y leyes de los estados es hoy en día nula y carece de validez, del mismo modo lo es aquélla en contra de los Negros.”


En 1883 realizó un viaje por Europa, donde entró en contacto con las organizaciones feministas de Inglaterra y Francia y surgió el proyecto de crear una organización sufragista internacional. Cinco años después, durante los actos de conmemoración en Washington del aniversario de la Declaración de Seneca Falls, se estableció el Consejo Internacional de Mujeres, al que se unirían grupos feministas de 48 países.



Durante sus primeros años de existencia del Consejo, Anthony desempeñó un papel muy destacado. En 1890 fue elegida presidenta de la Asociación Nacional Americana pro Sufragio Femenino, cargo que ocupó hasta los ochenta años. Mientras tanto, no dejó de extender el mensaje del sufragismo y la igualdad de derechos, pronunciando conferencias a lo largo y ancho del país. En 1899 se propuso la creación dentro del Consejo Internacional de una organización separada que luchara de forma específica por el sufragio y presionara más directamente a los distintos gobiernos. Tras muchas conversaciones, Anthony participó en la creación de la Alianza Internacional pro Sufragio Femenino durante el congreso del Consejo celebrado en Berlín en 1904.

Su labor dentro del movimiento sufragista fue esencialmente de organización y administración, mientras Stanton se encargaba de escribir la mayor parte de las proclamas y propuestas de la Asociación Nacional pro Sufragio. Junto a Stanton y Mathilda J. Gage compiló y publicó la Historia del Sufragio Femenino, que apareció en cuatro volúmenes entre 1881 y 1902. Asimismo, junto a un grupo numeroso de sufragistas cristianas que buscaban los fundamentos religiosos de la subordinación femenina, trabajó en la edición de la llamada Biblia de las Mujeres, una recopilación comentada de los pasajes bíblicos en que aparecen mujeres.



Viajó varios miles de kilómetros a través de los Estados Unidos y Europa dando de 75 a 100 discursos por año sobre el sufragio y el derecho de la mujer al mismo durante 45 años aproximadamente. Viajó en carruajes, vagones, trenes, mulas, bicicletas, diligencias, transbordadores y, en ocasiones, en trineos.

Susan Anthony murió en Rochester (Nueva York) el 13 de marzo de 1906, a la avanzada edad de 86 años, sin llegar a ver la aprobación del sufragio femenino en 1920.  Fue enterrada en el cementerio Mount Hope. Tras su muerte, el Senado de Nueva York aprobó una resolución recordando su "trabajo constante, coraje impávido y entrega desinteresada a muchos fines filantrópicos y la causa de la igualdad de derechos políticos para las mujeres."

Catorce años después de la muerte de Susan, tras una larga campaña, las mujeres consiguieron el derecho al voto, el 26 de agosto de 1920, por la decimonovena Enmienda a la Constitución. 















 Bibliografía: Wikipedia. Susan B. Anthony, Pionera de los Derechos de las Mujeres, por Helen Stone Peterson, 1971. Susan B. Anthony, Mujer Suffragista, por Barbara Weisberg, 1988. La historia de Susan B. Anthony, por Susan Clinton, 1986.Nosotros la Gente, Susan B. Anthony, por Cindy Klingel, 1987.






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