sábado, 28 de abril de 2012

Flora Alejandra Pizarnik .

Una de las poetas más importantes de Argentina y de las más representativas de la generación del '60. Su poesía, lírica, que roza el surrealismo fue una de las que marcó a las posteriores generaciones poéticas de ése país. Su poesía se encargó de poner en escena lo desgarrador del silencio creativo, abriendo una puerta para las nuevas mujeres poetas, para trabajar sobre ese material.



Nace en Buenos Aires el 29 de abril de 1936. Su raigambre es ruso-judía, y ésa es la identidad que defienden sus padres, llegados a la Argentina tras haber permanecido algún tiempo en París, donde vive un hermano de su padre. Tenía veintisiete años, y no hablaba una palabra de castellano, lo que era el caso asimismo de su esposa, un año menor, Rejzla Bromiker, cuyo nombre pasó a ser Rosa. Con los Pizarnik instalados en la capital argentina, llegan dos niñas: Myriam y Flora, más tarde llamada Alejandra. La familia reside en una vivienda en Avellaneda, mantenida gracias al negocio de venta de joyería al que se dedica Elías. El destierro, por doloroso que parezca, es en este caso providencial, pues el resto de la familia de origen , «con excepción del hermano del padre en París, y la hermana de la madre en Avellaneda, pereció en el Holocausto.

La experiencia infantil de Alejandra es bastante liberal, de acuerdo con el criterio de su progenitor. Hay quien ha descrito la infancia de Alejandra Pizarnik como triste. Recreada en sus poemas y en sus cuentos, surge como una época solitaria, con la imagen de una niña introvertida, y llena ya de fantasías y terrores.

            Recuerdo mi niñez
            Cuando yo era una anciana
            Las flores morían en mis manos
            recuerdo las negras mañanas de sol
            cuando era niña. AP



En 1954 concluye los estudios secundarios y comienza un periodo de titubeo académico. A medio camino entre las aulas de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y las de la Escuela de Periodismo, la joven procura descubrir una vocación literaria que le anima a seguir el catedrático de Literatura Moderna, Juan Jacobo Bajarlía. Un año más tarde publica su primer libro de poesías, “La tierra más ajena”. Abandona la carrera de Letras y comienza a estudiar pintura, con Juan Battle Planas, quien contribuyó a la evolución de sus conceptos sobre poesía, y a su modo de tratar la distribución del texto sobre la página en blanco, como una forma, un dibujo.

En esos años se relaciona con las revistas de vanguardia y con los grupos universitarios reformistas. Cursando Filosofía y Letras conoce a escritores de su generación, a sus coetáneos, como Susana Thénon, Eduardo Romano, y Horacio Salas. También a otros escritores que serán luego reconocidos como generación del sesenta. Y a escritores del grupo SUR, como José Bianco, Alberto Girri, y H. A. Murena.



En 1956, publica La última inocencia, dedicado a León Ostrov, su analista de muchos años y de quién, según testimonios, estuvo enamorada. La temática de desesperación del libro está constantemente presente. Por entonces ya está muy relacionada con poetas contemporáneos  como Rubén Vela, a quien dedica el poema “Siempre” y Clara Silva, a la que dedica, “A la espera de la oscuridad”. En 1958 publica Las aventuras perdidas. El poema “La jaula” aparece dedicado nuevamente a Rubén Vela y lleva un epígrafe de Georg Trakl, poeta alemán que será uno de sus predilectos, que dice así:

            Sobre negros peñascos se precipita,
            embriagada de muerte,
            la ardiente enamorada del viento.

Por esta época inicia su amistad con Olga Orozco, una relación que durará hasta su muerte  y que excedió la literatura. Para su amiga, su pesimismo de esos años tiene que ver con sus fracasos amorosos, y la muerte del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, por quien sintió un enamoramiento profundo. Su mundo es generalmente amargo. Una vida definida como un dolor vehemente, una absoluta desesperación. 

Diarios

Cuando yo era una niña decía siempre sí. Sí al juego, al canto, a las exigencias familiares. Cuando tenía tres años era bellísima y sonreía. (...) Me ponían sobre una silla y me hacían cantar. Yo cantaba. Me ordenaban silencio. Me callaba. Me mandaban a un rincón con los juguetes rotos y polvorientos y allí me quedaba. Hoy pienso en esa niñita y me asombra comprobar cómo trabajaron para arruinarme. Labor perfecta. Quedó lo que tenía que quedar: un poco de ceniza.

Alejandra Pizarnik
9 de noviembre, viernes. 1962
(Fragmento)


Entre 1960 y 1964, Pizarnik vivió en París donde trabajó para la revista "Cuadernos" y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy, y estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Su etapa de París la lanza a un escenario internacional, a nuevas perspectivas y a una maduración personal, que hará que pertenezcan a esta época la mayor parte de sus poemas antológicos. Es en París donde conoce a Octavio Paz y a Julio Cortázar, amistades que continúa hasta su muerte. Su pasión por París durará hasta su muerte. En carta a Juan Liscano reconoce que escribe y trabaja mejor en París:

            Estoy haciendo lo posible —es decir, lo imposible— por volver a París. Allí, a pesar del desamparo externo, soy más feliz. Quiero decir: puedo escribir con más libertad. (Esto es tan complejo y tan indecible).

Irse a París representó una liberación de su ambiente; de su propia patria. Octavio Paz escribirá por entonces el prólogo a un nuevo libro suyo, Árbol de Diana.  Lee ávidamente y comenta el proyecto de Maurice Nadeau de preparar un número de Les lettres nouvelles, dedicado a la literatura fantástica en América Latina. Es una época también de gran pobreza económica: apenas si sobrevive con lo que gana. En esta misma carta a Ana María Barrenechea, cuenta de su temor constante a quedar sin empleo o sin dinero, pero siempre con humor:

            me fui del horrible empleo. Ahora busco otro. Se ruega considerar que enviar esta carta me privará de un almuerzo. Mentalmente me siento libre y contenta pero digestivamente vacía y melancólica. No hablemos más del asunto: no es de pobres tratar de la pobreza.

Otra carta, ya del año 63, reitera el tema de la pobreza, pero se muestra siempre entusiasta intelectualmente. La poesía forma parte de su estilo tan íntimamente, que aparece en todas sus cartas en frases como éstas:

            aquí se nos viene la primavera, los paseos en el parque, por los barrios lejanos y miserables en donde se leen como notas las persianas de las casas viejísimas, como si la calle cantara.

La última carta tiene un tono casi eufórico, aún cuando hace referencia a sus problemas económicos: “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, —y— lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.


No sólo está en constante contacto con la intelectualidad francesa; también publica en SUR varios poemas durante 1963. Y colabora en otras revistas durante esta década: Nouvelle Revue Française, Tiempo presente, Mito, Zona franca, Mundo nuevo, Papeles de Son Armandans.

En el año 1965 regresa a Buenos Aires y aparece un nuevo libro, Los trabajos y las noches. Con esta obra obtiene el Primer Premio Municipal. Corresponde a su época de plenitud, y son poemas escritos, en su mayoría, en París. Cuando se publica La condesa sangrienta (1965) en la revista Testigo su interés por el sadismo y la fascinación que ejercía sobre ella, ya eran evidentes.

En “Cuarto solo” aparece nuevamente el tema de las fisuras, las desgarraduras, formando rostros, manos, clepsidras. Es el inicio de sus obsesiones y delirios, pero no se harán evidentes hasta la última etapa de su obra. El exilio, la alienación que comienza a sentir cada vez con mayor frecuencia, aparece en un poema de este volumen:

            Los que llegan no me encuentran,
            los que espero no existen.

Sus tendencias obsesivas se agudizan hacia el final de su vida. Sobreviene una etapa de marcada melancolía, y la sombra de la locura desquició sus últimos años. Aparecen entonces sus libros: Extracción de la piedra de locura (1968), y El infierno musical (1971). Ya todas, o casi todas las imágenes de estos libros son de desgarramiento y de alienación. Es un período de intensa depresión. En el poema “En la otra Madrugada” dice “Escucho grises, densas voces en el antiguo lugar del corazón”.

Es en el año 1970 cuando sufre su primera gran depresión y casi no publica. El tono de El infierno musical —infierno de la palabra— es de profundo pesimismo y sumamente inquietante. Se hace evidente la disociación de la personalidad de Pizarnik, las múltiples personalidades y las diferentes voces que la atormentan:

“Ya no puedo hablar con mi voz, sino con mis voces”. Este volumen termina en un tono de desesperanza, en una serie de preguntas ansiosas y desesperadas, “Cuándo dejaremos de huir? Cuándo ocurrirá todo esto? Dónde? Cómo? Cuánto? Por qué? Para quién?”

 Sabemos por testimonios privados que solía escuchar música de rock durante horas enteras, y que se apasionó por Janis Joplin, a quien dedica un poema, que se publica en Zona franca, y que luego incorpora a su libro. La obsesión central de Pizarnik fue el problema del lenguaje. “Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra”. Pero más adelante llega a pensar que sólo puede trabajar con alusiones, con aproximaciones, pero no con palabras. Se puede expresar sólo lo obvio, nunca lo esencial, que es, para ella, indecible.

 En 1969 recibió una beca Guggenheim, y en 1971 una Fullbright. Quiso lograr una poesía sin estridencias, donde cada palabra estuviera medida exactamente a lo que trataba de expresar y se ajustara —también como un guante— a su deseo.

También aflora veladamente su lesbianismo. Por esta época sus cartas comienzan a ser incoherentes. Sabemos, por documentos de varios amigos, que termina sus días viviendo en un mundo de tinieblas: Rechazaba la luz, y vivía de noche. Sale del hospital, luego de una estancia de cinco meses en Enero de 1972, y en una carta a Juan Liscano se advierte su desequilibrio: “En Buenos Aires no aceptan que una poeta tan pura tenga necesidades. Oh, que se vayan a la mierda”. En otra carta a Liscano fechada el 12 de Febrero de 1972 dice:

            “estoy mejor, pero sigo con fiebre. No es feo pero te ruego perdonarme algunos delirios inextricables que se me deslicen (o no). Ando algo animal de tanto yacer en el hospital (me hacían besar la cruz), esa imposición me daba rabia; ergo, la chupaba y la lamía curioso: a pocos pasos de la muerte, la muerte es viva, vívida y vibrante y todos los Paul Claudel y Henri Troyat (por citar a dos gordos) parecen un chiste”.

Al final de su vida, la coherencia de su obra queda interrumpida y se reduce a un casi caos sintáctico, donde se rompen las secuencias lógicas y las estructuras del lenguaje. La pérdida de la palabra, de su paraíso particular, implica la desfunción de Pizarnik que se libera, en su poesía y su vida, cuando elige el suicidio como salida de elección.  Pizarnik declara que su ideal sería hacer poesía con cada minuto de su diario vivir:

            Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

Ella misma había afirmado en un ensayo sobre Antonin Artaud, al citar a Hölderlin, que la poesía era un juego peligroso y que contaba ya con sus víctimas: el suicidio del mismo Artaud, el silencio de Rimbaud, el sufrimiento de Baudelaire. Para Pizarnik poesía y vida se identificaban. Como aseguraba de estos poetas, todos tenían en común el haber querido anular la distancia que la sociedad obliga a establecer entre vida y poesía.

Su vida termina en un abandonarse inerte y regresivo. El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica siquiátrica donde estaba internada, Pizarnik murió de una sobredosis intencional de seconal.




La poesía era para ella “un destino, no una carrera”. Es la misma idea de Octavio Paz. Cortázar y Orozco no fueron los únicos poetas que sintieron hondamente la muerte de Pizarnik. Una prueba más de la admiración que provocaba su obra es la serie de homenajes a su muerte. Desde Juan Gelman y Raúl Gustavo Aguirre hasta poetas de las nuevas promociones como Federico Moreyra y Alicia Bello dejaron testimonio de su pena en poemas publicados en diarios y revistas.

En todo caso, según detalla Ana Nuño, la mitificación de su propio fallecimiento «ha acabado produciendo una especie de «relato de la pasión que la recubre con el velo de un Cristo femenino». Abundan los retratos del poeta suicida y Alejandra ingresa en esa galería de espectros añadiendo una etiqueta más a su obra.  Como señala Nuño, resultan graves las consecuencias de esa patología consistente en vincular vida y obra.

La lectura de todo ello nos conduce a la cuestión del género: «La melancolía, la soledad y el aislamiento, cuando se ponen de manifiesto en la vida de una mujer, son rasgos que admiten ser interpretados como la prueba de un desequilibrio psíquico de tal naturaleza, que puede conducir a su autora al suicidio o la locura. Si es varón el escritor, en cambio, y su obra o vida o ambas manifiestan parecida contextura —la lista es larga, de Hölderlin y Rimbaud a Kafka y Beckett—, ésta suele recibirse como una confirmación del talante visionario del hacedor» (Ana Nuño, op. cit., p. 7).

A vueltas con esa conexión entre la obra literaria y la realidad de su autora, Frank Graziano cree que «la obra suicida de Pizarnik sólo puede nombrar una muerte literaria y nunca una real». Es más, el debate sobre si la escritora cometió un suicidio o simplemente erró la dosis, resulta académico en lo concerniente a su creación literaria, pues dicha obra «sólo nombra la muerte que sufrió Pizarnik como autora, como personaje de su propia ficción, cualesquiera que fuesen las intenciones específicas de Pizarnik como persona» («Una muerte en que vivir», Alejandra Pizarnik. Semblanza, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1992, pp. 12-13).

Pese a algún exceso romántico y a más de un fraude piadoso, las biografías que han ido reconstruyendo el pasado de Alejandra Pizarnik reúnen hechos ciertos, aunque guiados por una relación mudable, de sabor barroco. En rigor, no son juegos imaginativos sino manifestaciones vibrantes.




Fuentes: wikipedia;sololiteratura.com; centro virtual Cervantes

jueves, 26 de abril de 2012

Christine Granville. Una mujer sin miedo



Christine Granville, nombre de guerra de la condesa polaca Krystyna Skarbek, fue para muchos la mejor agente de los servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra Mundial, cuya probada sangre fría y sus conocimientos de diez idiomas la convirtieron en una de las piezas más valiosas de los Servicios Especiales. Una mujer excepcional que sobrevivió a los mayores peligros de la guerra para morir, paradójicamente, en 1952 acuchillada por un hombre que la acosaba.



Nació el 1 de mayo de 1908 en Piotrkow junto a la frontera ruso-polaca, en una familia acomodada. El padre, Jerzy Skarbek, era un conde dedicado a criar caballos de carreras que pertenecía a una de las más antiguas familias nobles de Polonia, y su madre  Stefania Goldfeder, era hija de un rico banquero judío. Su abuelo fue el padrino de Chopin.

Impulsiva en el amor, con un espíritu libre y sonrisa traviesa (un colega agente trató de suicidarse por ella lanzándose al Danubio, que por suerte estaba helado), Christine se caso a los dieciocho años con un empresario, Karol Getlich, pero la relación termino pronto y se caso nuevamente a los veintitrés años con el escritor, aventurero y ex cowboy Jerzy Gizycki, al que consideraba su Svengali y con el que marchó a vivir a África para, mas tarde, acabar divorciados. 
 
En 1939, cuando Alemania invade Polonia, la pareja decide de regresar en Londres, donde Krystyna busca ofrecer sus servicios en la lucha contra el enemigo común, siendo reclutada por el célebre Special Operations Executive (SOE), la agencia creada en 1940 por Churchill para organizar acciones de subversión y sabotaje contra los nazis.

Christine convenció en Hungría a un esquiador olímpico polaco para que la escoltará a través de los montes Tatra hasta Polonia, por donde pasó de contrabando un arma secreta, el único rifle antitanque polaco que nunca se emplearía en la guerra. Una vez en Varsovia, intenta convencer sin éxito a su madre judía para que abandone Polonia; Stefania será asesinada finalmente en la prisión de Pawiak. 
 
Al invadir Polonia los nazis, Christine se puso al servicio del SOE en Gran Bretaña. De misión en Budapest conoció al héroe polaco Andrew Kowerski, que fue el gran amor de su vida. Con Koweski, alias Kennedy, se dedicó a organizar vías de escape de Polonia.

Capturada en 1941 por la Gestapo, la resuelta Christine logró que la dejaran libre tras provocarse una hemorragia mordiéndose la lengua para hacer creer a sus captores que padecía tuberculosis. Después de viajar en un desvencijado Opel hasta El Cairo vía Turquia y Siria.

En 1944 fue enviada a Francia para sustituir a otra mujer agente del SOE que habia sido capturada por la Gestapo. El 13 de agosto de ese año, en Digne, en el sur de Francia, Fielding, alias Catedral, y Francis Cammaerts, alias Roger, uno de los grandes jefes operativos del SOE, fueron detenidos en un control cuando viajaban camuflados en un vehículo de la Cruz Roja conducido por Claude Renoir, el sobrino del pintor impresionista. Se les condenó a morir fusilados. Ante la imposibilidad de montar un ataque de la Resistencia para liberarlos, Christine logró una cita con Harlam, oficial de la Gestapo, haciéndose pasar por sobrina del general Montgomery, que había derrotado a Rommel en El Alamein (Egipto).

Ante la estupefacción de Harlan, a quien aquella situación había provocado la risa, la joven, muy seria, le exigió la inmediata entrega de los tres prisioneros británicos citando sus respectivos nombres. Si aceptaba, su vida sería respetada cuando las tropas aliadas llegasen, afirmando que no tardarían demasiado en hacerlo. ¡Aquello era demasiado! Como única respuesta, el comandante le dijo que estaba loca, pero ella, fría como el hielo, siguió insistiendo y se atrevió incluso a amenazarle: "Si los tres mencionados prisioneros o yo sufrimos el menor daño, todos los alemanes de esta prisión, con usted al frente, serán irremisiblemente ahorcados tan pronto sea ocupado este país".

Su interlocutor no aguantó más la incertidumbre y le preguntó quién era: "Soy una espía inglesa", fue la escueta contestación. Él entonces empezó a encolerizarse pero ella continuaba hablando en el mismo tono severo, con una seguridad pasmosa. Para convencerle de que no mentía, le dio detalles sobre la situación en que se hallaba la guerra en los distintos frentes y que Montgomery estaba ya muy cerca de donde ellos se encontraban. Para acabar, repitió una vez más su ultimátum. Harlan empezó a mostrarse preocupado, incluso algo asustado. Alemania no estaba en aquellos momentos en una situación fácil y Hitler ya no hablaba de triunfo, sino, simplemente, de resistir. Finalmente, tras once horas reunidos, decidió acompañar a la muchacha a la celda donde se hallaban los tres prisioneros que fueron liberados enseguida.

Con los maquis luchó en la feroz batalla de Vercors contra regimientos alpinos y de las SS, estableció contactos entre la Resistencia y los partisanos italianos de Marcellini y se le atribuye la rendición de la guarnición alemana de Col de Larche. Además de actuar en Francia, Christine también estuvo destinada en Italia, donde un buen día se topó con una patrulla alemana. Cuando le ordenaron levantar las manos, obedeció, pero lo hizo sosteniendo en una de ellas una granada: "¡No se muevan o saltamos todos hechos pedazos!". Gracias a su capacidad de improvisación, ella y su compañero pudieron escapar. 


Tras la guerra, Gran Bretaña fue ingrata con su agente que, sin empleo, se vio impelida a sobrevivir como camarera ocasional en bares, hoteles e incluso en un barco. Allí conoció a su asesino, Dennis George Muldowney, camarero y marinero, que no aceptó que Christine quisiera alejarse y terminar su relación con el y empezó por acosarla, para acabar asesinándola brutalmente a cuchilladas en la escalera del hotel en el que vivía en Kensington, un 15 de junio de 1952.

Fue enterrada en el cementerio católico de St Mary a Kensal Green, al noroeste de Londres. En 1988 se entierra cerca de ella a su amigo y camarada de combate Andrzej Kowerski.






Creó una red clandestina que llevaría informes de inteligencia de Varsovia a Budapest y organizó grupos de resistencia por toda Francia. Combatió codo con codo con los maquis; no dudó en sobornar a militares, lideró equipos de sabotaje y de fugas, y burló varias veces a la temida Gestapo, arrebatando de la muerte a algunos de sus camaradas. Durante un tiempo se hizo pasar por corresponsal de un periódico del partido nazi.

Christine Granville es sólo una de la constelación de mujeres valientes de la Segunda Guerra Mundial. Están junto a ella sus propias compañeras agentes del SOE, como Paola del Din, hábil esgrimista; la dulce Noor Inayat Khan o la gran Violette Szabo. Sin olvidar a Neus Català, resistente pillada también por la Gestapo y superviviente de Ravensbrück. Entre las numerosas heroínas rusas, desde la tanquista Oktyabrskaya a la francotiradora Pavlichenko ( 178 dianas con su rifle Tokarev), destacan las aviadoras. Entre ellas, Lydia Litvyak, la Rosa Blanca de Stalingrado, la mayor as de caza femenina de la historia con 12 victorias. La derribaron en 1943. En 1969, unos niños jugando encontraron los restos de su avión y a la piloto aún en su interior. Un viejo conocido as alemán Johannes Steinhoff, que las combatió, escribió este elogio de las aviadoras rusas:
"Esas mujeres no temían a nada".






Fuentes:http://www.elpais.com/articulo/reportajes/Heroinas/guerra/elpepusocdmg/20080106elpdmgrep_6/Tes; http://www.belt.es/noticias/2005/septiembre/01/agente.asp


domingo, 22 de abril de 2012

Anne-Louise Germaine Necker. Madame de Staël


Madame de Staël, fue una de las mujeres más influyentes de su tiempo, genio literario cuya obra queda eclipsada por su grandiosa peripecia biográfica. Saint-Beuve la retrata como una gran oradora cuyo brillante discurso contagiaba el fluir de su pluma: “escribiendo, ella sigue conversando”. Heredera de los enciclopedistas, divulgadora del romanticismo alemán en Francia, es autora de novelas cosmopolitas, turísticas y sentimentales que hicieron época y precursora feminista. Contribuye a la acepción moderna del término “literatura” con “ De la littérature considérée dans ses rapports avec les institutions sociales”, obra un tanto difusa, pero que aclimata en Francia el nuevo sentido de la literatura universal, al admitir la validez de sus diversos orígenes, lenguas y sociedades, con la consiguiente pluralidad de formas y géneros. Sus obras completas ocupan diecisiete tomos incluyendo su abultada correspondencia.




Anne-Louise Germaine Necker, nació en París el 22 abril de 1766, hija del financiero Jacques Necker, nacido en Ginebra, y de Suzanne Curchod, suiza del cantón de Vaud. Su padre era ministro de Luis XVI, puesto del que fue destituido en una primera ocasión por haberse atrevido a denunciar el despilfarro de la Corte; más tarde volverá a ser llamado por el monarca para intentar recuperar el estado de la enfermiza economía francesa, pero ya era demasiado tarde. Educada en latín, griego, retórica y literatura, se movia a sus anchas entre políticos, filósofos y escritores de toda Europa y desde niña participó en el salón literario de su madre, midiendo su talento con Diderot, D’Alembert, Buffon o Madame du Deffand. Gran oradora que destacaba con su inteligencia, autores como Schiller decía de ella que “la agilidad tan fuera de lo común de su lengua” le había obligado a él a ser un puro órgano auditivo.

En el salón de su madre se puso en contacto con los principales representantes de las nuevas ideas liberales en política, en literatura y en la vida social. A los trece años escribió un resumen del Espíritu de las leyes de Montesquieu.

En 1786 contrajo matrimonio con el barón de Staël-Holstein embajador suizo en Francia, con quien tuvo tres hijos. Sabedora de que el barón de Staël suponía un impedimento para la consecución de su felicidad –además de que el matrimonio fue casi una imposición de los padres de esta–  mantuvo numerosas relaciones extra conyugales en las que el propio barón nunca se inmiscuyó. Con estas palabras se refería Madame de Staël al que fuera su primer marido: «perfectamente honesto, incapaz de decir o hacer tonterías, mas estéril y sin nervio: si no me hace infeliz, es porque no osa inmiscuirse en mi felicidad».


                                El hombre celoso no es el amante que ama; es el propietario que se enfada (Madame Staël),



La joven que a los 20 años había escrito Sofía o los sentimientos secretos y las Cartas sobre las obras de Jean-Jacques Rousseau, apoyó la primera fase de la Revolución Francesa. Convirtió su salón de la rue du Bac en uno de los principales centros literarios y políticos de la capital y participó con entusiasmo en los primeros tramos de la Revolución antes de la época del terror, abogando por una monarquía constitucional y una legislatura bicameral. Con la protección de la embajada ayudó a sus amigos durante el Terror y salvó a muchos de la guillotina. Talleyrand decía que era capaz de arrojar a sus amigos al mar para poder salvarlos.

Fue partidaria de la Declaración de los Derechos del Hombre, de la Asamblea Constituyente y de limitar el despotismo monárquico, pero en 1793, previendo el camino del terror que tomaban los acontecimientos, se instala en Inglaterra, en compañía de Narbonne, Talleyrand y Montmorency. A este desencanto se sumó otro aún si cabe mayor: su lucha por mejorar los derechos de la mujer, por cuya promoción velaba en apariencia la revolución, no hizo sino invertir el proceso: a excepción de la reina (a quien incluso intentó librar de la guillotina mediante la publicación de un breve escrito), los hombres continuaban ocupando los puestos de importancia en el poder y la mujer seguía quedando relegada a cumplir con las tareas propias del hogar.

Publica sus Reflexiones sobre el proceso de la Reina, denunciando las injusticias cometidas contra Maria Antonieta. Viaja a Suiza (1794), donde conoció a Benjamin Constant, escritor y político con quien, hasta 1808, sostuvo relaciones sentimentales.

Regresa a París y reabrirá su salón parisino en 1795, unida ya sentimentalmente a Constant. Poco faltaba para que comenzase la vorágine de un enfrentamiento continuo con el poderoso Napoleón Bonaparte, coronado en 1799 como Primer Cónsul de la República Francesa. Se dice que, inicialmente, el entusiasmo de Madame por Napoleón fue tan intenso, como más tarde sería su odio. Lo cierto es que Napoleón, quien sólo soportaba a las mujeres calladas, la detestaba, y quiso alejar de París a esta mujer inteligente, cultivada y muy rica, con mucha influencia en los círculos intelectuales, e involucrada en la alta política.

El emperador, cuando todavía no lo era, le dijo en una tertulia que no le gustaba que las mujeres hablaran de política y le contestó ella: "Bien; pero comprenderá que si a las mujeres también se les corta la cabeza, parece justo que se pregunten por qué."

La intensidad de este desprecio mutuo es el entramado de Diez años de destierro. La lectura de la primera parte ofrece una idea coherente de cómo se fraguaron las relaciones entre aquellos dos seres en los vaivenes de la ascensión de Bonaparte, y de qué modo inevitable se produjo la caída en desgracia de Staël y la censura de sus libros. Madame utilizará su estilete descriptivo para realizar un retrato más que siniestro de Bonaparte: “desde siempre su talla ha sido innoble, su alegría vulgar, su cortesía -cuando la tenía- torpe, su modo de ser grosero y rudo, sobre todo con las mujeres”. Traza el perfil de un manipulador sin escrúpulos, arribista, inculto, acomplejado, cruel y cínico. “Se servía de palabras pomposas en lugar de aquellas que hubiera deseado usar: sois unos miserables y os haré fusilar si no me obedecéis”.

Apoyó a Constant cuando éste se opuso al autócrata (1803) y de nuevo tuvo que volver al destierro. Tras enviudar en 1802 se casaría en segundas nupcias con Albert-Jean-Michel Rocca, un aristócrata ginebrino que hizo la guerra de la independencia en España sirviendo como oficial del IIº Regimiento de Húsares del Ejército Imperial de Napoleón. Se instaló en Coppet, aunque efectuará numerosos viajes, por Alemania y Austria, se encontró con Goethe y Schiller en Weimar, y visitó Berlín y Viena. Trasladado a Coppet su salón, donde son habituales algunas de las figuras más importantes de su época: Madame Recamier, Benjamin Constant, Mathieu de Montmorency, entre otras. Tras la caída de Napoleón, regresó a París, donde abrió de nuevo su salón.

En  “De la littérature” (1800) estudia la relación entre sociedad y literatura, para concluir que el progreso de ésta depende de la mayor o menor libertad de aquélla. Esta actitud, que contradecía, en última instancia, la idea de autoridad, la hizo aborrecible a Bonaparte, quien la desterró a 40 leguas de París, cuando publicó su novela Delphine (1803), empapada de feminismo y de retórica sentimental, pero, sobre todo, de rebeldía frente a las ideas recibidas, a la opinión pública y a las conveniencias sociales. 

Esta decisión fue el origen de la prolongada enemistad entre ella y Napoleón, a quien había pretendido acercarse en un principio. 

Viaja a Italia, donde escribe la novela “Corinne “(1807) de ambientación cosmopolita, con intento de análisis de las psicologías nacionales y con un sentido feminista. La protagonista es una mujer excepcional, de superior inteligencia, que sufre por la incomprensión de su época y de la sociedad; es fácil ver que muchos de los rasgos de la novela tienen carácter autobiográfico o de introspección. 

Estudia alemán y viaja a esa tierra donde, tras un segundo viaje en 1807, con el propósito de estudiar el ambiente social y cultural, escribió “De l'Allemagne”, que mandó imprimir en 1810 y que fue intervenido por Napoleón, haciendo triturar los diez mil ejemplares que se iban a lanzar al mercado. Lo cual no impidió que tres años más tarde fuera publicada en Londres, siendo un gran éxito en ventas y crítica. El propio Goethe escribió sobre De l’Allemagne que «debe considerarse como un arma poderosa que inmediatamente abrió amplia brecha en la muralla de China de anticuados perjuicios que nos separaba de Francia, haciendo que, por fin, allende el Rin y luego allende el canal, estuviesen más al tanto de nosotros, con lo que salimos ganando nada menos que en poder ejercer un vivo influjo sobre nuestro entorno del occidente europeo».

Tuvo enorme resonancia francesa y europea, porque, en un momento de absoluta supremacía del pensamiento francés nacido del s. XVIII y de la Revolución, llamaba la atención sobre las características originales de una gran nación y sentaba el derecho a pensar de maneras muy distintas, en el mismo plano de igualdad. Se trataba menos de una novedad que de una oportuna defensa del liberalismo y de la comprensión, en un momento en que había falta de estos criterios. Había sido ayudada por A. W. von Schlegel para la parte literaria; y para la filosofía, por Ch. de Villers, introductor de Kant en Francia. De las cuatro partes del libro (costumbres, arte y literatura, filosofía, religión), la segunda es la de mayor interés. Su juicio sobre autores como Lessing, Klopstock, Goethe, Schiller es doblemente meritorio, por la novedad del tema y por sus escasos conocimientos lingüísticos. Los contemporáneos, sobre todo Napoleón, vieron en el libro un manifiesto en favor del derecho contra la fuerza y de las naciones contra la opresión; para la generación siguiente, ha sido ante todo una apertura de horizontes y un contacto con obras diversas, que han ayudado mucho a la expansión del Romanticismo. 



En 1812-13 viajó por Austria, Rusia e Inglaterra. Su actividad literaria se caracteriza en su conjunto por un aspecto innovador, que hace de ella, una de las iniciadoras del Romanticismo. Sus arraigados principios liberales, su carácter firme pero afable, sus cuidados modales, su sentido del humor y su don de gente la hacían especialmente propicia para el manejo de los encuentros intelectuales, todos ordenados con temas generalmente prefijados y tratados en profundidad en los que se hacía uso de la palabra por riguroso turno.

Mostró una muy especial reverencia por las libertades de las personas: “No hay valor mayor que el respeto por la libertad individual, lo cual constituye el principio moral supremo”. Consideraba que la tolerancia religiosa formaba parte de la columna vertebral de la sociedad civilizada: “La intolerancia religiosa es lo más peligroso que pueda concebirse para la convivencia pacifica”.

En prácticamente todas sus biografías que fueron muchas (por ejemplo, Albert Sorel, Vivian Folkenflik, John Isbell, Maurice Levaillant, David L. Larg, P. Gautier, Wayne Andrews y Madeleyen Gutwirth) se destaca un dicho que recorría los distintos medios de la época: “Hay tres grandes poderes en Europa: Inglaterra, Rusia y Madame de Staël”.

Deslumbraba a sus contertulios y sus muchos amigos por su inteligencia, su coraje y su refinamiento (por otro lado, en una carta que le dirigió a Madame Récamier se lee que “Daría la mitad de la inteligencia que me atribuyen por la mitad de la belleza que usted posee”). En su análisis sobre la literatura estampa la tesis luego tan desarrollada en cuanto a que lo escrito sobre cualquier tema es siempre material autobiográfico: “Cuando uno escribe para dar curso a la inspiración interior que embarga el alma, uno revela en sus escritos, aun sin quererlo, hasta los menores matices de la propia manera de ser y de pensar:”

Conviene ilustrar el aspecto medular de sus pensamientos con sus propias palabras a través de las siguientes cuatro citas:

  • “Esta libertad [la de los antiguos] se componía más bien de la participación activa en el poder colectivo que del disfrute pacífico de la independencia individual; e incluso para asegurarse esa participación, era necesario que los ciudadanos sacrificasen la mayor parte de este disfrute.”
  • “Cuando no se imponen límites a la autoridad representativa, los representantes del pueblo no son en absoluto defensores de la libertad, sino candidatos a la tiranía; y cuando la tiranía se constituye es, posiblemente, tanto más dura cuanto los tiranos son más numerosos.”
  • “La soberanía del pueblo no es ilimitada; está circunscrita a los límites que le señalan la justicia y los derechos de los individuos. La voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto [...] El asentimiento popular no podrá legitimar lo que es ilegítimo, puesto que un pueblo no puede delegar una autoridad de la que carece.”
  • “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política, y toda autoridad que viola esos derechos se hace ilegítima. Los derechos de los ciudadanos son la libertad individual, la libertad religiosa, la libertad de opinión en la cual interviene y está comprendida la publicidad, el disfrute de la propiedad, la garantía contra todo lo arbitrario. Ninguna autoridad puede atentar contra esos principios sin desgarrar su propio título.”
Madame de Staël pasa a la historia como la persona de más destacadas aptitudes para reunir mentes esclarecidas y debatir cuestiones que hacen a los fundamentos de la sociedad abierta. Sus contribuciones y su fortaleza de ánimo aún resuenan en imaginarios salones en los que las discusiones y los intercambios de opiniones reflejan el ansia por contener las siempre desbocadas avalanchas del poder. Como buena liberal, Germanie Necker sostenía que las fronteras cumplían el solo propósito de delimitar países a los efectos de evitar la monumental concentración de poder que surgiría de un gobierno universal.



Luego de muchas y muy variadas experiencias europeas, Madame de Staël concluyó que las acciones bélicas siempre resultaban en graves prejuicios para todas las partes involucradas. Se inclinaba a la postura al principio civilizado de actuar como “ciudadanos del mundo” cuyos únicos enemigos declarados eran los que rechazaban la libertad, en cuanto al resto, le resultaba irrelevante la nacionalidad, el color de la piel o la religión siempre que el interlocutor se basara en los valores universales del respeto recíproco. 

En la biografía que le dedicó el marqués de Villa-Urrutia en 1930, se narra su muerte en París en 1817, a los 51 años, con delicados tonos: "La antevíspera de su muerte se hizo llevar en un sillón al jardín, y repartió, como recuerdo entre los suyos, su puñado de rosas. En la mañana del domingo 13 de julio sintió una crisis de opresión, a pesar de lo cual recibió varias visitas, entre ellas las del Duque de Orleans y la de Mathieu de Montmorency, que se retiró a las once de la noche más tranquilo. Adormitóse la enferma un par de horas, y pidió a Miss Randall, la mujer inglesa que hacía años formaba parte de la familia y no se separaba de su lado, que le diera opio, porque quería dormir pesadamente y profundamente. Dióle Miss Randall la dosis acostumbrada, y el sueño se apoderó de la enferma y de la enfermera. Despertóse ésta a las cinco, y sintió que la mano de Mme. de Stael, que tenía ella en la suya, estaba helada y rígida."


En agosto, pocos días después de que la reina fuera trasladada a la Conciergerie, en una imprenta suiza apareció un breve escrito titulado: Réflexions sur le procès de la Reine par une femme. Las reflexiones son estremecedoras. Aunque eran dos mujeres muy distintas con destinos muy diferentes, Madame de Staël podía comprender muy bien el ansia de libertad y de felicidad de la Reina y se compadeció de ella al verla caída en desgracia. Su escrito fue un intento desesperado de una mujer por defender a otra. En medio de la polémica que siempre rodea la figura de María Antonieta, esta voz femenina representa la voz de la razón, la sensatez y la cordura y ofrece una muestra conmovedora de piedad y de solidaridad femenina.

Madame de Staël: Reflexiones sobre el proceso de la Reina:

    “Mi intención no es en absoluto defender a la reina como lo haría un jurisconsulto (…) Así que me voy a limitar a dirigirme a la opinión, a analizar la política, a contar lo que he visto, lo que sé de la reina, y a exponer las horribles consecuencias que tendría su condena. ¡Oh, vosotras, mujeres de todos los países, de todas las clases sociales, escuchadme con la emoción que yo siento! El destino de María Antonieta reúne todo lo que puede conmover vuestro corazón: si sois felices, ella también lo ha sido; si sufrís, desde hace un año, desde hace más todavía, todas las penas de la vida vienen desgarrando su corazón; si sois sensibles, si sois madres, ella ha amado con toda la fuerza del alma, y la existencia tiene para ella todavía el precio que aún conserva mientras nos quedan seres queridos. No quiero atacar ni justificar a ningún partido político, pues temo distraer así aunque sólo sea el interés de uno de mis lectores, alejarlo de la augusta persona que voy a defender. Republicanos, constitucionalistas, aristócratas, si habéis conocido la desdicha, si alguna vez habéis apelado a la piedad ajena, si el futuro viene a vuestro pensamiento cargado de temor, uníos todos para salvarla. ¿Terminará la muerte con tan larga agonía? ¿Tan lejos puede llegar el infortunio de una criatura humana? ¡Ah! ¡Rechacemos todos el don de la vida, dejemos de existir en un mundo donde tales posibilidades se ciernen sobre el destino! Pero debo contener la profunda tristeza que me abruma; sólo querría llorar, pero hay que razonar, discutir un tema que a cada instante subleva el alma.”



Hoy, quien aspire a destacar tendrá que enfrentarse al amor propio de los demás, y le amenazarán con pasarle el rasero cada vez que suba un peldaño por encima de los demás. [...] Los acontecimientos son solo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos. Madame de Staël, De la influencia de las pasiones





Fuentes: wikipedia; C. Dominguez Michael; Gabriel Gasave; A. Cioranescu


domingo, 15 de abril de 2012

Rosalind Elsie Franklin. La dama del ADN


Biofísica y cristalógrafa autora de importantes contribuciones a la comprensión de las estructuras del ADN, los virus, el carbón y el grafito. Pese a obtener algunos de los datos que permitieron definir que el ADN tiene estructura de doble hélice, el premio Nobel por este descubrimiento le fue concedido a las personas que habían usado sus datos a hurtadillas, le mostraron su desdén como científica y le impidieron disfrutar de los dos años de su carrera en el King’s College de Londres. Más tarde, lideró varios trabajos pioneros relacionados con el virus del mosaico de tabaco y el poliovirus.



Rosalind Elsie Franklin nació el 25 de julio de 1920 en Londres. Fue la segunda de cinco hermanos de una familia anglojudía adinerada cuyos parientes acogieron, durante el régimen y la ocupación nazi, a muchos judíos refugiados. Desde pequeña destacó en matemáticas y otras ciencias, además de tener facilidad para aprender idiomas. 

Probablemente, la decisión de dedicarse a la ciencia se inicia a los 15 años de edad. Pero el primer paso tal vez lo constituyó su educación a los 9 años de edad, en la escuela “Lindores” para mujeres jóvenes en Bexhill en la costa inglesa de Sussex. La infancia de Rosalind también se vio marcada por una salud débil. Por ello, su madre consideró pertinente enviarla a esta escuela. Un evento familiar detona su regreso a casa, el nacimiento de su hermana menor coincidiendo con su ingreso al Colegio secular para niñas de San Pablo en Londres a la edad de 11 años, y una estancia realizada en París, Francia. La residencia en el Colegio será crucial para ella, al permitirle el entendimiento de la ciencia gracias a la enseñanza obtenida en sus clases de física y química. Esta etapa en su formación académica también le brindó sus primeros pasos en la costura, los deportes como el cricket, tenis, y hokey, y de manera simultánea su incursión en el equipo de debates. 

Rosalind con su hermana Jenifer. 1930.
A su vuelta del país Galo aprobaría el examen de ingreso al Newnham College de Cambridge en 1938, provocando con esta decisión una especie de crisis familiar. Porque su familia era reconocida socialmente por haber desempeñado una tradición de servicio público y de filantropía, su padre no veía con buenos ojos la educación universitaria para una mujer. Siempre pensó en Rosalind, como una persona benevolente desempeñando obras de beneficencia. En consecuencia, su padre  se rehusó a pagar los gastos escolares correspondientes. Pero una tía cubrió los gastos y su madre Muriel Waley, siempre estuvo de su lado hasta lograr vencer la resistencia de su progenitor Ellis Franklin.

Ella escribiría a su padre, en el verano de 1940: "la ciencia y la vida diaria no pueden ni deben ser separadas. La ciencia, para mí, provee una explicación parcial de la vida. Hasta donde puedo observar, está basada en los hechos, la experiencia y el experimento".

Ella siempre se caracterizó por ser lógica, precisa, determinada, enérgica e impaciente. La segunda de cinco hermanos (tres de ellos varones), cuya relación la preparará para la futura lucha competitiva con sus compañeros científicos, ya que ella siempre se empeñaba en participar en las mismas actividades realizadas por sus hermanos como la carpintería y la elaboración de  piezas con un Mecano.

Se graduó en física, química y matemáticas, en el Newnham College, el colegio mayor femenino de la Universidad, obteniendo el grado de doctor en 1946, en una época en que a las mujeres, Cambridge no les otorgaba el grado de Licenciado, no las consideraba parte del claustro y limitaba el número de doctorandas a un 10% como mucho.

En plena Segunda Guerra Mundial, tuvo que elegir entre dedicar sus conocimientos científicos al beneficio inmediato de la población sometida al conflicto armado o a investigaciones con resultados a más largo plazo. Optó por esto último y comenzó a trabajar en la casi recién fundada British Coal Utilisation Research Association (BCURA). Centró sus investigaciones a la dilucidación de las microestructuras del carbón para conocer los motivos por los que variaban sus propiedades físicas, como la permeabilidad.

Antes de cumplir 26 años ya había publicado cinco experimentos sobre la composición molecular del carbón y la mejor forma de usarlo durante la guerra. Este proceso intelectual fue impulsado por la metalurgista Adrienne Weill, una refugiada francesa en Cambridge. Adrienne se transformó en una especie de mentora para Rosalind, a lo largo de su formación profesional. En 1947, Rosalind Franklin ingresa al Laboratorio Central de Servicios Químicos del Estado, en Francia (quizá ayudada por la relación con Weill), en este sitio se integra rápidamente en un grupo activo, muy abierto a la actividad científica de las mujeres. Ella se instruyó en el manejo de las técnicas de difracción  y cristalografía empleando los Rayos “X”, bajo la supervisión de Jacques Méring. También le permitió cultivar su gusto por los “bistros”, las comidas en el campo, escalar montañas, esquiar y acampar.

En La Toscana. 1950


En 1950 le fue concedida la beca “Turner y Newall” para trabajar por tres años en la Unidad de Biofísica de Randall en el King’s College de Londres. En un principio Randall dispuso que Franklin iniciase una sección de cristalografía y trabajase en el análisis de proteínas. Sin embargo por indicación del adjunto jefe del laboratorio, Maurice Wilkins,  Randall pidió a Franklin que en vez de ello investigase el ADN. Wilkins había comenzado a trabajar en la difracción de rayos X con unas muestras de ADN de excepcional calidad. Esperaba que Franklin y él trabajarían juntos, pero lo que le dijo Randall a Franklin no era así; le comunicó que el doctorando Raymond Gosling y ella harían el trabajo del ADN. Su relación posterior con Wilkins se resintió de este malentendido. Además, su misoginia y la competencia, desleal hasta niveles incomprensibles, la llevó a un conflicto permanente con el. Su principal desventaja es que era mujer, y en aquella época no estaba bien visto que una mujer fuese investigadora, llegando incluso Wilkins a conseguir que no la dejaran ingresar a la cafetería para la comunidad de los profesores, por el hecho de ser mujer. 

Los meses siguientes serían fundamentales para Rosalind. Después de haber construido y mejorado un aparato de Rayos “X”, obtuvo imágenes de excelente calidad sobre la forma B del ADN, mediante la simple hidratación de la muestra. Después ella presentó sus primeros resultados en un Seminario realizado en noviembre de 1951. A este evento asistieron Watson y Crick, ambos adscritos al Laboratorio Cavendish, quienes tenían el mismo objeto de estudio: el ADN. 

Rosalind obtuvo una fotografía de difracción de rayos X que reveló, de manera inconfundible, la estructura helicoidal de la molécula del ADN. Esa imagen, conocida hoy como la famosa fotografía 51, fue un respaldo experimental crucial para que el investigador estadounidense James Watson y el británico Francis Crick establecieran, en 1953, la célebre hipótesis de la "doble hélice" que es característica de la estructura molecular del ADN (ácido desoxirribonucleico). El derrotero de los acontecimientos es muy controversial. Wilkins enviará a Watson en febrero de 1953, tres bellas fotografías obtenidas por Rosalind. a principios de 1953 Wilkins mostró a Watson esta fotografía cristalográfica de molécula de ADN, sin la autorización de Rosalind. Wilkins, Watson y Crick también conocían un informe que ella había enviado para una evaluación, algo que debiera ser confidencial, pero que el evaluador (Max Perutz) debió filtrar sin muchos miramientos.  Estas fotos indiscutiblemente fueron elementos generadores de inferencias en las mentes de Crick y Watson, conduciéndolos a la publicación de la estructura del ADN en abril de ese año en la revista “Nature”. También por ese tiempo Franklin había descifrado el mismo enigma.



Foto 51

Recientemente, por medio del científico de origen sudafricano y ayudante de Rosalind Franklin, el Nóbel Aaron Klug se ha descubierto un manuscrito de la investigadora, fechado el 17 de marzo de 1953 que describe una estructura casi idéntica a la que un día después, el 18 de marzo, Watson y Crick hacían llegar desde Cambridge al King ́s Collage londinense y por la que fueron premiados con el Nobel. En su informe se concluía que en la estructura del ADN las bases se sitúan hacia el interior, un dato crucial para resolverla, y en su foto 51 quedaba claro que la estructura era una doble hélice. 

Las condiciones que como mujer tuvo que soportar en Cambridge y ciertas palabras despectivas de James Watson, hacen aparecer como un agravio la concesión de este premio sólo a Watson, Crick y Wilkins, cuando ella ya había fallecido. Ni Watson ni Crick la nombraron en sus discursos de aceptación del Nobel, pero, en cualquier caso, Rosalind Franklin merece el lugar que ha llegado a ocupar como icono del avance de las mujeres en la ciencia. James Watson se refiere a Franklin como "Rosy" y se pregunta "cómo sería si se quitase las gafas e hiciese algo distinto con su cabello". En el epílogo de su libro admite que sus impresiones iniciales de ella "frecuentemente eran erróneas".

Franklin no estaba cómoda en King. Se llevaba mal con Wilkins y se sentía aislada por ser judía en una universidad predominantemente católica. Parte de la población en King estaba compuesta por estudiantes seminaristas de la iglesia. Además, sólo ocho mujeres más estudiaban ciencias en todo el lugar y ninguna de ellas era judía. Como resultado del desencantamiento provocado por la publicación adelantada de sus colegas del laboratorio Cavendish y del citado ambiente circundante en el King’s College, ella decide renunciar. La nueva institución anfitriona fue el Birkberk College, en el laboratorio J. D. Bernal, donde ella pasaría el resto de su vida, incursionando como incansable pionera en una nueva área: la cristalografía de los virus, siendo prácticamente obligada a abandonar el trabajo sobre el ADN.


17 de abril de 1953

Señorita R.E. Franklin
Laboratorio de Investigación del Colegio Birkbeck
Plaza Torrington 21
Londres W.C. 1

Querida señorita Franklin

Sin duda recordará que, cuando hablamos sobre su marcha de mi laboratorio, usted aceptó que sería lo mejor para usted dejar de trabajar en el tema del ácido nucleico y hacerlo en otra cosa. Entiendo que es difícil dejar de pensar de repente en un tema en el que usted ha estado tan profundamente involucrada, pero le agradeceré si en estos momentos pudiera recoger, o escribir, el trabajo de manera adecuada. Un asunto muy concreto sobre el que estoy algo preocupado es que obviamente no es bueno que Gosling sea dirigido por alguien que no esté específicamente en este laboratorio. Se dará usted cuenta de que la reorganización imprescindible para ello, que surge de su marcha, no puede efectuarse mientras permanezca usted, de forma intelectual, como miembro del laboratorio.
Atentamente

JTRandall



Ella comenzó a trabajar sobre la estructura de los virus. En este tema publicó importantes resultados. Encontró datos importantes sobre el material genético del virus mosaico del tabaco, un ARN sobre el que James Watson disertó en su discurso de aceptación del Nobel, sin mencionarla ni una sola vez.

Curiosamente, Franklin, Watson y Crick comenzaron a colaborar luego de que se publicaran los estudios sobre el ADN en la revista científica Nature. Más tarde viajarían juntos por Europa y Rosalind se refugiaría en la casa de Crick en los peores momentos de su enfermedad. Pero ellos nunca le agradecieron directamente su trabajo ni mencionaron haberlo visto antes de publicar los suyos. Sólo años después de su muerte, Watson y Crick confesarían, durante entrevistas y biografías, que sin el trabajo de Rosalind Franklin les hubiese sido imposible publicar sus experimentos tan rápidamente. Irónicamente, la Universidad de King, el lugar donde Rosalind pasó sus peores momentos, le ha dedicado un edificio, llamado Franklin-Wilkins, en honor a la "pareja-dispareja".

Los homenajes al trabajo de Rosalind llegaron muy tarde.  En 1956, a Rosalind se le diagnostica un cáncer en los ovarios. Esto ocurre en una visita profesional a los Estados Unidos de Norteamérica, donde sufrió fuertes episodios de dolor. Continuará trabajando los siguientes dos años, gracias a tres operaciones, quimioterapia experimental y 10 meses de disminución en la agresividad de la enfermedad. Este padecimiento la llevaría a la muerte el 16 de Abril de  1958 a la edad de 37 años.

En 1968 Watson publicó su libro en el que casi no habla bien de nadie salvo de sí mismo, pero la parcialidad de lo que cuenta de Rosalind  Franklin removió la historia del descubrimiento clave de la Biología del pasado siglo. En 1975 Ann Sayre le refutó en su volumen “Rosalind Franklin and DNA”. Por otro lado el comportamiento de los colegas de Rosalind con respecto a la comunicación indebida de sus resultados y a la anómala asignación de prioridad científica en las publicaciones han ido tomando mayor importancia, en especial al publicarse en 2002 el libro de Brenda Maddox “Rosalind Franklin; The dark lady of DNA”.

También Maurice Wilkins, quizás el principal obstáculo que tuvo Rosalind en Kings College, acabó por escribir en 2003 un libro autoexculpatorio, “The third Man of the Double Helix”.  Lynn Osman Elkin ha escrito: Hubo suficiente gloria en el trabajo de los cuatro como para que pudiera ser compartida. Pero como ha señalado M.Vicente, lo que hubo en el descubrimiento de la doble hélice fue suficiente para que la estructura del ADN no solo sea una lección de intuición y trabajo científico, sino una excelente fuente para evaluar el comportamiento de los científicos a la luz de la ética.

Para Rosalind el estudio de la estructura del ADN nunca se trató de una carrera. No sabía que otros luchaban por llegar primero a una meta que ella había decidido guardar en una maleta y posponer su búsqueda hasta conseguir sentirse más cómoda con su vida, para lo cual, finalmente no tuvo tiempo.

 

Quedará para siempre una duda: ¿ podría haber sido considerada como una candidata natural para otorgársele el Premio Nobel? La pregunta se sustenta en la presunción de una deliberada negativa por parte del comité del Nobel para darle el Premio a la científica. Quizá el argumento proferido por los miembros del comité en su defensa sería: el Nobel se entrega a científicos vivos, “no es post-mortem”. Si ella hubiese estado viva en 1962, ¿le habrían investido con el galardón como lo hicieron con Watson, Crick y Wilkins?




Fuentes: Wikipedia; Miguel Vicente; C. Medina Salgado; Glenys Alvarez; Brenda Maddox, de su artículo, "The double helix and the wronged heroine", escrito para Nature por la celebración de los cincuenta años del descubrimiento del ADN. Rosalind Franklyn, la dama oscura del ADN.