domingo, 22 de abril de 2012

Anne-Louise Germaine Necker. Madame de Staël


Madame de Staël, fue una de las mujeres más influyentes de su tiempo, genio literario cuya obra queda eclipsada por su grandiosa peripecia biográfica. Saint-Beuve la retrata como una gran oradora cuyo brillante discurso contagiaba el fluir de su pluma: “escribiendo, ella sigue conversando”. Heredera de los enciclopedistas, divulgadora del romanticismo alemán en Francia, es autora de novelas cosmopolitas, turísticas y sentimentales que hicieron época y precursora feminista. Contribuye a la acepción moderna del término “literatura” con “ De la littérature considérée dans ses rapports avec les institutions sociales”, obra un tanto difusa, pero que aclimata en Francia el nuevo sentido de la literatura universal, al admitir la validez de sus diversos orígenes, lenguas y sociedades, con la consiguiente pluralidad de formas y géneros. Sus obras completas ocupan diecisiete tomos incluyendo su abultada correspondencia.




Anne-Louise Germaine Necker, nació en París el 22 abril de 1766, hija del financiero Jacques Necker, nacido en Ginebra, y de Suzanne Curchod, suiza del cantón de Vaud. Su padre era ministro de Luis XVI, puesto del que fue destituido en una primera ocasión por haberse atrevido a denunciar el despilfarro de la Corte; más tarde volverá a ser llamado por el monarca para intentar recuperar el estado de la enfermiza economía francesa, pero ya era demasiado tarde. Educada en latín, griego, retórica y literatura, se movia a sus anchas entre políticos, filósofos y escritores de toda Europa y desde niña participó en el salón literario de su madre, midiendo su talento con Diderot, D’Alembert, Buffon o Madame du Deffand. Gran oradora que destacaba con su inteligencia, autores como Schiller decía de ella que “la agilidad tan fuera de lo común de su lengua” le había obligado a él a ser un puro órgano auditivo.

En el salón de su madre se puso en contacto con los principales representantes de las nuevas ideas liberales en política, en literatura y en la vida social. A los trece años escribió un resumen del Espíritu de las leyes de Montesquieu.

En 1786 contrajo matrimonio con el barón de Staël-Holstein embajador suizo en Francia, con quien tuvo tres hijos. Sabedora de que el barón de Staël suponía un impedimento para la consecución de su felicidad –además de que el matrimonio fue casi una imposición de los padres de esta–  mantuvo numerosas relaciones extra conyugales en las que el propio barón nunca se inmiscuyó. Con estas palabras se refería Madame de Staël al que fuera su primer marido: «perfectamente honesto, incapaz de decir o hacer tonterías, mas estéril y sin nervio: si no me hace infeliz, es porque no osa inmiscuirse en mi felicidad».


                                El hombre celoso no es el amante que ama; es el propietario que se enfada (Madame Staël),



La joven que a los 20 años había escrito Sofía o los sentimientos secretos y las Cartas sobre las obras de Jean-Jacques Rousseau, apoyó la primera fase de la Revolución Francesa. Convirtió su salón de la rue du Bac en uno de los principales centros literarios y políticos de la capital y participó con entusiasmo en los primeros tramos de la Revolución antes de la época del terror, abogando por una monarquía constitucional y una legislatura bicameral. Con la protección de la embajada ayudó a sus amigos durante el Terror y salvó a muchos de la guillotina. Talleyrand decía que era capaz de arrojar a sus amigos al mar para poder salvarlos.

Fue partidaria de la Declaración de los Derechos del Hombre, de la Asamblea Constituyente y de limitar el despotismo monárquico, pero en 1793, previendo el camino del terror que tomaban los acontecimientos, se instala en Inglaterra, en compañía de Narbonne, Talleyrand y Montmorency. A este desencanto se sumó otro aún si cabe mayor: su lucha por mejorar los derechos de la mujer, por cuya promoción velaba en apariencia la revolución, no hizo sino invertir el proceso: a excepción de la reina (a quien incluso intentó librar de la guillotina mediante la publicación de un breve escrito), los hombres continuaban ocupando los puestos de importancia en el poder y la mujer seguía quedando relegada a cumplir con las tareas propias del hogar.

Publica sus Reflexiones sobre el proceso de la Reina, denunciando las injusticias cometidas contra Maria Antonieta. Viaja a Suiza (1794), donde conoció a Benjamin Constant, escritor y político con quien, hasta 1808, sostuvo relaciones sentimentales.

Regresa a París y reabrirá su salón parisino en 1795, unida ya sentimentalmente a Constant. Poco faltaba para que comenzase la vorágine de un enfrentamiento continuo con el poderoso Napoleón Bonaparte, coronado en 1799 como Primer Cónsul de la República Francesa. Se dice que, inicialmente, el entusiasmo de Madame por Napoleón fue tan intenso, como más tarde sería su odio. Lo cierto es que Napoleón, quien sólo soportaba a las mujeres calladas, la detestaba, y quiso alejar de París a esta mujer inteligente, cultivada y muy rica, con mucha influencia en los círculos intelectuales, e involucrada en la alta política.

El emperador, cuando todavía no lo era, le dijo en una tertulia que no le gustaba que las mujeres hablaran de política y le contestó ella: "Bien; pero comprenderá que si a las mujeres también se les corta la cabeza, parece justo que se pregunten por qué."

La intensidad de este desprecio mutuo es el entramado de Diez años de destierro. La lectura de la primera parte ofrece una idea coherente de cómo se fraguaron las relaciones entre aquellos dos seres en los vaivenes de la ascensión de Bonaparte, y de qué modo inevitable se produjo la caída en desgracia de Staël y la censura de sus libros. Madame utilizará su estilete descriptivo para realizar un retrato más que siniestro de Bonaparte: “desde siempre su talla ha sido innoble, su alegría vulgar, su cortesía -cuando la tenía- torpe, su modo de ser grosero y rudo, sobre todo con las mujeres”. Traza el perfil de un manipulador sin escrúpulos, arribista, inculto, acomplejado, cruel y cínico. “Se servía de palabras pomposas en lugar de aquellas que hubiera deseado usar: sois unos miserables y os haré fusilar si no me obedecéis”.

Apoyó a Constant cuando éste se opuso al autócrata (1803) y de nuevo tuvo que volver al destierro. Tras enviudar en 1802 se casaría en segundas nupcias con Albert-Jean-Michel Rocca, un aristócrata ginebrino que hizo la guerra de la independencia en España sirviendo como oficial del IIº Regimiento de Húsares del Ejército Imperial de Napoleón. Se instaló en Coppet, aunque efectuará numerosos viajes, por Alemania y Austria, se encontró con Goethe y Schiller en Weimar, y visitó Berlín y Viena. Trasladado a Coppet su salón, donde son habituales algunas de las figuras más importantes de su época: Madame Recamier, Benjamin Constant, Mathieu de Montmorency, entre otras. Tras la caída de Napoleón, regresó a París, donde abrió de nuevo su salón.

En  “De la littérature” (1800) estudia la relación entre sociedad y literatura, para concluir que el progreso de ésta depende de la mayor o menor libertad de aquélla. Esta actitud, que contradecía, en última instancia, la idea de autoridad, la hizo aborrecible a Bonaparte, quien la desterró a 40 leguas de París, cuando publicó su novela Delphine (1803), empapada de feminismo y de retórica sentimental, pero, sobre todo, de rebeldía frente a las ideas recibidas, a la opinión pública y a las conveniencias sociales. 

Esta decisión fue el origen de la prolongada enemistad entre ella y Napoleón, a quien había pretendido acercarse en un principio. 

Viaja a Italia, donde escribe la novela “Corinne “(1807) de ambientación cosmopolita, con intento de análisis de las psicologías nacionales y con un sentido feminista. La protagonista es una mujer excepcional, de superior inteligencia, que sufre por la incomprensión de su época y de la sociedad; es fácil ver que muchos de los rasgos de la novela tienen carácter autobiográfico o de introspección. 

Estudia alemán y viaja a esa tierra donde, tras un segundo viaje en 1807, con el propósito de estudiar el ambiente social y cultural, escribió “De l'Allemagne”, que mandó imprimir en 1810 y que fue intervenido por Napoleón, haciendo triturar los diez mil ejemplares que se iban a lanzar al mercado. Lo cual no impidió que tres años más tarde fuera publicada en Londres, siendo un gran éxito en ventas y crítica. El propio Goethe escribió sobre De l’Allemagne que «debe considerarse como un arma poderosa que inmediatamente abrió amplia brecha en la muralla de China de anticuados perjuicios que nos separaba de Francia, haciendo que, por fin, allende el Rin y luego allende el canal, estuviesen más al tanto de nosotros, con lo que salimos ganando nada menos que en poder ejercer un vivo influjo sobre nuestro entorno del occidente europeo».

Tuvo enorme resonancia francesa y europea, porque, en un momento de absoluta supremacía del pensamiento francés nacido del s. XVIII y de la Revolución, llamaba la atención sobre las características originales de una gran nación y sentaba el derecho a pensar de maneras muy distintas, en el mismo plano de igualdad. Se trataba menos de una novedad que de una oportuna defensa del liberalismo y de la comprensión, en un momento en que había falta de estos criterios. Había sido ayudada por A. W. von Schlegel para la parte literaria; y para la filosofía, por Ch. de Villers, introductor de Kant en Francia. De las cuatro partes del libro (costumbres, arte y literatura, filosofía, religión), la segunda es la de mayor interés. Su juicio sobre autores como Lessing, Klopstock, Goethe, Schiller es doblemente meritorio, por la novedad del tema y por sus escasos conocimientos lingüísticos. Los contemporáneos, sobre todo Napoleón, vieron en el libro un manifiesto en favor del derecho contra la fuerza y de las naciones contra la opresión; para la generación siguiente, ha sido ante todo una apertura de horizontes y un contacto con obras diversas, que han ayudado mucho a la expansión del Romanticismo. 



En 1812-13 viajó por Austria, Rusia e Inglaterra. Su actividad literaria se caracteriza en su conjunto por un aspecto innovador, que hace de ella, una de las iniciadoras del Romanticismo. Sus arraigados principios liberales, su carácter firme pero afable, sus cuidados modales, su sentido del humor y su don de gente la hacían especialmente propicia para el manejo de los encuentros intelectuales, todos ordenados con temas generalmente prefijados y tratados en profundidad en los que se hacía uso de la palabra por riguroso turno.

Mostró una muy especial reverencia por las libertades de las personas: “No hay valor mayor que el respeto por la libertad individual, lo cual constituye el principio moral supremo”. Consideraba que la tolerancia religiosa formaba parte de la columna vertebral de la sociedad civilizada: “La intolerancia religiosa es lo más peligroso que pueda concebirse para la convivencia pacifica”.

En prácticamente todas sus biografías que fueron muchas (por ejemplo, Albert Sorel, Vivian Folkenflik, John Isbell, Maurice Levaillant, David L. Larg, P. Gautier, Wayne Andrews y Madeleyen Gutwirth) se destaca un dicho que recorría los distintos medios de la época: “Hay tres grandes poderes en Europa: Inglaterra, Rusia y Madame de Staël”.

Deslumbraba a sus contertulios y sus muchos amigos por su inteligencia, su coraje y su refinamiento (por otro lado, en una carta que le dirigió a Madame Récamier se lee que “Daría la mitad de la inteligencia que me atribuyen por la mitad de la belleza que usted posee”). En su análisis sobre la literatura estampa la tesis luego tan desarrollada en cuanto a que lo escrito sobre cualquier tema es siempre material autobiográfico: “Cuando uno escribe para dar curso a la inspiración interior que embarga el alma, uno revela en sus escritos, aun sin quererlo, hasta los menores matices de la propia manera de ser y de pensar:”

Conviene ilustrar el aspecto medular de sus pensamientos con sus propias palabras a través de las siguientes cuatro citas:

  • “Esta libertad [la de los antiguos] se componía más bien de la participación activa en el poder colectivo que del disfrute pacífico de la independencia individual; e incluso para asegurarse esa participación, era necesario que los ciudadanos sacrificasen la mayor parte de este disfrute.”
  • “Cuando no se imponen límites a la autoridad representativa, los representantes del pueblo no son en absoluto defensores de la libertad, sino candidatos a la tiranía; y cuando la tiranía se constituye es, posiblemente, tanto más dura cuanto los tiranos son más numerosos.”
  • “La soberanía del pueblo no es ilimitada; está circunscrita a los límites que le señalan la justicia y los derechos de los individuos. La voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto [...] El asentimiento popular no podrá legitimar lo que es ilegítimo, puesto que un pueblo no puede delegar una autoridad de la que carece.”
  • “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política, y toda autoridad que viola esos derechos se hace ilegítima. Los derechos de los ciudadanos son la libertad individual, la libertad religiosa, la libertad de opinión en la cual interviene y está comprendida la publicidad, el disfrute de la propiedad, la garantía contra todo lo arbitrario. Ninguna autoridad puede atentar contra esos principios sin desgarrar su propio título.”
Madame de Staël pasa a la historia como la persona de más destacadas aptitudes para reunir mentes esclarecidas y debatir cuestiones que hacen a los fundamentos de la sociedad abierta. Sus contribuciones y su fortaleza de ánimo aún resuenan en imaginarios salones en los que las discusiones y los intercambios de opiniones reflejan el ansia por contener las siempre desbocadas avalanchas del poder. Como buena liberal, Germanie Necker sostenía que las fronteras cumplían el solo propósito de delimitar países a los efectos de evitar la monumental concentración de poder que surgiría de un gobierno universal.



Luego de muchas y muy variadas experiencias europeas, Madame de Staël concluyó que las acciones bélicas siempre resultaban en graves prejuicios para todas las partes involucradas. Se inclinaba a la postura al principio civilizado de actuar como “ciudadanos del mundo” cuyos únicos enemigos declarados eran los que rechazaban la libertad, en cuanto al resto, le resultaba irrelevante la nacionalidad, el color de la piel o la religión siempre que el interlocutor se basara en los valores universales del respeto recíproco. 

En la biografía que le dedicó el marqués de Villa-Urrutia en 1930, se narra su muerte en París en 1817, a los 51 años, con delicados tonos: "La antevíspera de su muerte se hizo llevar en un sillón al jardín, y repartió, como recuerdo entre los suyos, su puñado de rosas. En la mañana del domingo 13 de julio sintió una crisis de opresión, a pesar de lo cual recibió varias visitas, entre ellas las del Duque de Orleans y la de Mathieu de Montmorency, que se retiró a las once de la noche más tranquilo. Adormitóse la enferma un par de horas, y pidió a Miss Randall, la mujer inglesa que hacía años formaba parte de la familia y no se separaba de su lado, que le diera opio, porque quería dormir pesadamente y profundamente. Dióle Miss Randall la dosis acostumbrada, y el sueño se apoderó de la enferma y de la enfermera. Despertóse ésta a las cinco, y sintió que la mano de Mme. de Stael, que tenía ella en la suya, estaba helada y rígida."


En agosto, pocos días después de que la reina fuera trasladada a la Conciergerie, en una imprenta suiza apareció un breve escrito titulado: Réflexions sur le procès de la Reine par une femme. Las reflexiones son estremecedoras. Aunque eran dos mujeres muy distintas con destinos muy diferentes, Madame de Staël podía comprender muy bien el ansia de libertad y de felicidad de la Reina y se compadeció de ella al verla caída en desgracia. Su escrito fue un intento desesperado de una mujer por defender a otra. En medio de la polémica que siempre rodea la figura de María Antonieta, esta voz femenina representa la voz de la razón, la sensatez y la cordura y ofrece una muestra conmovedora de piedad y de solidaridad femenina.

Madame de Staël: Reflexiones sobre el proceso de la Reina:

    “Mi intención no es en absoluto defender a la reina como lo haría un jurisconsulto (…) Así que me voy a limitar a dirigirme a la opinión, a analizar la política, a contar lo que he visto, lo que sé de la reina, y a exponer las horribles consecuencias que tendría su condena. ¡Oh, vosotras, mujeres de todos los países, de todas las clases sociales, escuchadme con la emoción que yo siento! El destino de María Antonieta reúne todo lo que puede conmover vuestro corazón: si sois felices, ella también lo ha sido; si sufrís, desde hace un año, desde hace más todavía, todas las penas de la vida vienen desgarrando su corazón; si sois sensibles, si sois madres, ella ha amado con toda la fuerza del alma, y la existencia tiene para ella todavía el precio que aún conserva mientras nos quedan seres queridos. No quiero atacar ni justificar a ningún partido político, pues temo distraer así aunque sólo sea el interés de uno de mis lectores, alejarlo de la augusta persona que voy a defender. Republicanos, constitucionalistas, aristócratas, si habéis conocido la desdicha, si alguna vez habéis apelado a la piedad ajena, si el futuro viene a vuestro pensamiento cargado de temor, uníos todos para salvarla. ¿Terminará la muerte con tan larga agonía? ¿Tan lejos puede llegar el infortunio de una criatura humana? ¡Ah! ¡Rechacemos todos el don de la vida, dejemos de existir en un mundo donde tales posibilidades se ciernen sobre el destino! Pero debo contener la profunda tristeza que me abruma; sólo querría llorar, pero hay que razonar, discutir un tema que a cada instante subleva el alma.”



Hoy, quien aspire a destacar tendrá que enfrentarse al amor propio de los demás, y le amenazarán con pasarle el rasero cada vez que suba un peldaño por encima de los demás. [...] Los acontecimientos son solo la superficie de la vida: su verdadera fuente se encuentra por entero en los sentimientos. Madame de Staël, De la influencia de las pasiones





Fuentes: wikipedia; C. Dominguez Michael; Gabriel Gasave; A. Cioranescu


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