domingo, 8 de abril de 2012

María Gracia Cortés Campos, La Golondrina.


María Gracia Cortés Campos, La Golondrina (Granada, 1843). Bailaora, figura mítica de la zambra. A los once años ya bailaba en las zambras que organizaba Antonio Torcuato Martín "El Cujón".



María Gracia Cortés Campos era hija de un herrero y fue fundadora en el arte de una importante dinastía del flamenco granadino. Casó con Miguel Amaya Cortés, un tratante de ganados con el que tuvo tres hijos: Miguel Amaya Cortés, que fue cantaor; la segunda Golondrina, Carmen Amaya Cortés, bailaora desde los once años y especialista como la madre en soleares y siguiriyas, que estuvo bailando en el Pueblo Español durante la Exposición Internacional de Barcelona; y Dolores Amaya Cortés, La Colina, excelente bailaora de farruca y garrotín. La tercera y la cuarta generaciones abundan igualmente en artistas flamencos. La tercera Golondrina, María Fajardo Amaya, debió ser la que el pintor André Villeboeuf vio bailar en un cuadro en el hotel Alhambra Palace, causándole tal impresión que dejó el emocionante relato en un libro de memorias. "La Golondrina se levanta y se ilumina todo...".

Zambra de La Capitana

En las cuevas del Sacromonte surgió un estilo que rezumaba carácter por los cuatro costados y que todavía perdura: la zambra. Granada es sin duda una de las principales referencias del flamenco en España y, en concreto, el Sacromonte una de sus cunas. Este barrio gitano es epicentro de lo que los expertos llaman la “jondura” y “el duende”, y en él se origina la zambra, una fiesta de cante y baile flamenco que se remonta al siglo XVI y, en concreto, a los rituales nupciales de los moriscos de la ciudad.

Las zambras se extendieron a lo largo del camino del Sacromonte, entre chumberas, cactus y plantas de aloe vera. De constitución familiar, las zambras, como espectáculo, las formaban bailaores, músicos, jaleo y palmas. Antonio Torcuato Martín "El Cujón", fue el creador de la primera zambra. Según Eduardo Molina Fajardo, El Cujón tenía gran facilidad para tocar la guitarra, y cantaba jondo "con el desgarre de su raza".

Después de la zambra de Torcuato "El Cujón" la que le siguió en antigüedad y ya establecida en el lugar que se convertiría en el auténtico santuario de la zambra granadina, en el camino del Sacromonte, fue la de la Golondrina. Hay documentos fechados en 1870, que nos muestra la zambra de esta genial capitana, pues es así como se les llama a quienes capitanean estas formaciones artísticas y que mayoritariamente,  han sido mujeres.




La Golondrina actuó con su zambra en la Exposición Internacional de Londres. Por siguiriyas y por soleares brillaba singularmente. José Carlos de Luna dejó un relato estremecedor en que uno de los protagonistas fue esta Golondrina, anciana de setenta y nueve años de edad. Era 1922, durante la celebración del famoso Concurso de Cante Jondo, y los hechos ocurrieron en el curso de una fiesta privada que tuvo lugar en un carmen de la Alhambra. Cantaba Chacón y le acompañaba Montoya.

"Frente a nosotros, agazapada en el suelo como un montoncillo de picón, lloraba mansamente una viejecita, prendida en las soleares de Enrique el Mellizo que Chacón decía como los ángeles (...) Levantóse la viejecilla gitana y dirigiéndose a Montoya le dijo sin preámbulos: '¡Niño! Sigue por el mismo toque que voy a bailarlas!. Extraña, aquella ruina que para honrar la fiesta lucía sus galas de señora; vestido casi pingajoso de seda negra y encajes crema, un pañolito de talle de crespón celeste bordado de rosas pajizas, unos deformados zapatos de lona blanca y chato tacón de cachurrilla... ¡Era como un espantapájaros!, y... sin embargo, ¡tenía un no sé qué de garboso empaque! (...) Comenzó Montoya por el toque de el Jerezano, y solo tres o cuatro cañís, entre los 30 ó 40 que se desojaban mudos de respeto, se lanzaron a componerle el son. La vieja, derecha como un álamo, levantó los brazos y echó atrás la cabeza con majestad impresionante; sus ojos de color violeta no pestañeaban, y en el encopetado moño de su pelo, casi negro, apenas temblaba un ramito de blancas azaleas al cobijo de la peineta de pasta rosa. Principió a bailar y todos sentimos ese soplo de raro viento que eriza el vello y da escalofríos. Apareció en Montoya la sonrisita de estupor, y Chacón, que nunca cantaba para bailaores, temblándole el labio -su tic de emocionado- se arrancó por las soleares de Ramón el de Triana, que se pegan al baile como un volante más del vestido a las piernas que lo mandan y airean. ¿Qué era aquello? Esbelta, garbosa, señoril... ¡bellísima! Con su cara de imagen nuevecita, enderredor de la que como palomas zarcas revolotean sus manos; casi sin rozar el suelo, escobilleó con el repulgo que piñonea la perdiz y el mimoso respeto con que se besa el recuerdo de una madre." 


La zambra de La Golondrina desapareció con ella cuando se marchó de la ciudad, pero sus descendientes la rehicieron en 1932 y fue de las últimas que desapareció cuando el Sacromonte dejó de ser centro universal del arte gitano.
Granada










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