viernes, 4 de mayo de 2012

Rosario de Acuña Villanueva.

La librepensadora por excelencia, inteligente, culta y comprometida en su tiempo en la defensa de la cultura, ocio y trabajo digno para todos y todas, sin ningún género de distinción, que le valieron la incomprensión de la sociedad bien pensante que la circundaba. Cultivó todos los géneros literarios, reflejando sus ideas comprometidas con la emancipación de la mujer y el anticlericalismo, junto con sus convicciones republicanas y su apasionada defensa de la libertad y el humanismo. Una mujer que, renunciando a los privilegios de su confortable cuna, emprendió una larga y desigual batalla en defensa de la verdad y de la libertad  en la  España del Concordato, siendo calificada de "harpía laica", "hiena de putrefacciones" o "trapera de inmundicias".



Rosario de Acuña Villanueva de la Iglesia nació en Madrid en 1851. Era hija de Dolores Villanueva y Felipe de Acuña, dos jóvenes que habían contraído matrimonio en diciembre de 1847, cuando ambos contaban diecinueve años de edad. Su nacimiento en el seno de una familia acomodada le permite recibir una educación amplia, muy cuidada y esmerada, siendo la suya una formación familiar y autodidacta, tutelada por su padre. Su abuelo materno, el doctor Juan Villanueva Juanes, médico y naturalista que estudió medicina en Alemania, recibió distinciones y premios por su trabajo como horticultor en diversos países   y  fue uno de los primeros en introducir en España las teorías evolucionistas de Darwin. Confortable situación que, por ejemplo, le brindaba la posibilidad de ser recibida en audiencia privada por el mismísimo Pío IX, al tiempo que le permitía disfrutar de una posición económica desahogada, como correspondía a la heredera única de un alto funcionario del Estado, descendiente de una familia de terratenientes andaluces, y de la hija de un reputado médico.

Cuando Rosario tiene cuatro años de edad, comenzó a padecer los primeros síntomas de una enfermedad ocular que la habría de someter a grandes padecimientos durante buena parte de su vida. Tras consultar a los mejores especialistas, llego el diagnóstico: conjuntivitis escrofulosa, esto es, una afección de la córnea caracterizada por la aparición de dolorosas vesículas, que por entonces estaba asociaba a procesos tuberculosos. Ya en la madurez, cuando la cirugía había eliminado el problema, la propia paciente nos inocula con sus palabras el dolor del mal durante tanto tiempo padecido y, más aún, el de la terapia con ella practicada:

        «Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color.»  (Los enfermos, 1902).

La enfermedad ocular de Rosario va a impedir, por tanto, que su educación estuviera regida por lo preceptuado en la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano. Una vez superados los aprendizajes de la lectura y la escritura, su padre se ocupó de que se adentrara en el estudio razonado de la Historia al que, según ella misma cuenta,  dedicaba largo tiempo leyendo y comentando fragmentos con la esperanza de que, poco a poco, aquellas enseñanzas fueran sedimentándose de manera adecuada: «Mi padre me las leía con método y mesura, yo las oía atenta, y en mis largas horas de oscuridad y dolor, las grababa en mi inteligencia.» (Carta a un soldado español...). Junto a la Historia, las Ciencias Naturales ocuparon lugar preeminente en su educación para lo que contaba con los conocimientos de su abuelo, experto naturalista.



Hubo quien llegó a afirmar que «el quedar ciega fue lo que le dio vista, lo que hizo que recobrara la facultad de pensar» , refiriéndose, sin duda, al hecho de que la educación recibida como consecuencia de sus problemas de visión favoreció el desarrollo de aquella mentalidad abierta, inquisitiva y positivista de que hizo gala en su madurez. Lo que parece fuera de toda duda es que su formación trascendió con mucho el papel que por entonces la sociedad reservaba a las mujeres, al haber podido desarrollar las capacidades de la observación sistemática, el análisis y la crítica que por entonces los programas educativos vedaban a muchos españoles y a casi la totalidad de las españolas. 

No se trata, por tanto, de que Rosario se hubiera quedado al margen de la tendencia, generalizada por entonces, de que las niñas fueran adecuadamente formadas en todo lo necesario para atender como Dios manda el hogar familiar y para que asumieran de buen grado el rol de esposa y madre perfecta; no. En algunos de sus escritos de madurez, y aún de la vejez, ha hecho gala, orgullosa, de sus habilidades domésticas,  que parecen no tener límite, pues lo mismo elabora mantequilla, mermeladas y todo tipo de conservas, que diserta sobre cuál es la mejor manera de fregar las maderas del entarimado o sobre la forma de elaborar unas sardinas rellenas. Parece que la niña contó con una madre que había desarrollado destacadas habilidades en el terreno de las labores domésticas.  Doña Dolores Villanueva era, entre otras cosas y según nos cuenta su hija, una virtuosa de la aguja, capaz de bordar, con aguja y sedas de colores, réplicas de famosas pinturas del momento:

    Apasionada, mi madre, por los bordados, y no satisfecha con las filigranas en blanco que se aguja ha trazado durante muchísimos años, en todas las prendas de ropa interior, acometió la empresa de copiar con sedas de colores algunos cuadros de los más notables del arte contemporáneo, y en sillones de roble del siglo XVII bordó, en respaldos y asientos, verdaderas preciosidades, elogiadas por ilustres pintores españoles y extranjeros; esta colección de sillones legada por ella, y con mi voluntad, a un Museo de antigüedades, confío en que será un timbre de honor para la mano y la inteligencia que trazó esta obra de arte tan primorosa, testificadora del caudal de paciencia, habilidad y delicadeza femeninas (Pequeñas industrias rurales, 1902).

Muchos fueron los momentos de su niñez y juventud pasados en las posesiones rurales de su familia paterna: cualquier ocasión era buena para trocar las penalidades oculares madrileñas por el terapéutico disfrute y la provechosa lección que casi siempre proporcionaba la campiña andaluza. Con todo, no fueron esas tierras las únicas que enseñaron a Rosario las lecciones básicas del funcionamiento de la Naturaleza, pues los beneficios terapéuticos de las aguas yodadas del mar llevaron también, en alguna que otra ocasión, a que  padre e  hija emprendieran viaje hacia las proximidades del Cantábrico. Sabemos de sus estancias en la villa de Gijón donde, quizás por primera vez, sus ojos, calmados por la brisa marina, se posaran extasiados ante la inmensidad del océano.

El gusto por los viajes, como privilegiada forma de conocimiento de los lugares y sus gentes, del funcionamiento del planeta y de los seres que lo habitan, será una constante en su vida que, por lo que conocemos, también se cimentó en estos primeros años de formación. Además de las periódicas visitas a las serranías de Jaén y a otros lugares de España, sabemos que realiza un viaje a París, en compañía de su padre y de su madre, cuando contaba con apenas quince años. Allí, en el observatorio astronómico, tuvo ocasión, como más adelante nos contará, de dirigir un telescopio hacia las proximidades del planeta Venus y observar «sus polos brillantes, y su ecuador ceñido de plateadas nubes» (El ateísmo en las escuelas neutras). Años después volverá al país vecino y allí permanecerá durante algunos años, en un tiempo en el que en su país se vivían momentos de turbulencias sociales y políticas

Muy pronto se despierta en ella la vocación literaria y empieza a escribir versos. Su primera colaboración aparece en 1874, en una revista popular y de gran difusión, La Ilustración Española y Americana. En febrero de 1876 se estrena en el Teatro del Circo de Madrid su primera obra de teatro, Rienzi el tribuno, que obtiene un éxito clamoroso y la da a conocer al gran público. Esta pieza, que era una llamada a la libertad en un momento poco propicio para ello, llama mucho la atención y merece el interés de la prensa de la época y el elogio de críticos tan acerados como Clarín.

Contrae matrimonio con Rafael de Laiglesia y Auset, teniente de Infantería con el grado de capitán que le fue concedido por méritos de guerra, y antes de terminar el año el matrimonio se instala en Zaragoza, ciudad a la que es destinado el militar.

En algún momento de su corta convivencia en común pudo tener lugar el episodio que Patricio Adúriz publicó en 1969. Parece ser que en cierta ocasión Rosario se traslada a la ciudad donde, por cuestiones de trabajo, residía temporalmente su marido.  Al preguntar por él en la recepción del hotel recibe una sorprendente respuesta: «Acaba de salir con su esposa». Todo se acabó entonces. Los cambios de residencia y de trabajo parece que obedecieron a los acuerdos que toma la pareja después de que se hiciera evidente que el marido había roto el compromiso de fidelidad mutuo realizado pocos años antes. 

Rosario nos da alguna pista al respecto cuando, refiriéndose a esta época, señala: «Impuse al matrimonio la condición expresa de vivir en los campos, pues nada me importaba que el hombre corriese al placer ciudadano, si era respetado mi aislamiento campestre;…»

El nuevo trabajo de Rafael, más próximo a las expectativas vitales que alberga Rosario, y el alejamiento de  la ciudad parecen acercar de nuevo a la pareja, que en el verano de 1881 emprenderá un largo viaje durante el cual visitarán diversos lugares de España y Francia, para el cual obtuvo la pertinente licencia de los mandos militares. Pese a lo que parecen intentos de normalizar la relación, las cosas no acaban de ir bien entre ellos y poco tiempo después del regreso se producirá la ruptura definitiva del matrimonio.  Se refugia en la escritura, estrenando otros dos dramas, Tribunales de Venganza y Amor a la Patria, a los que sigue una obra de gran belleza, La Siesta (1882).

En el mes de enero de 1883 la escritora, y campesina, recibe un duro golpe al producirse el fallecimiento de su padre. Rafael cesa en su puesto en el ministerio de Fomento; a partir de mayo se encuentra residiendo en Badajoz, donde desempeña el puesto de Jefe de la Sección de Contribuciones de la sucursal del Banco de España, mientras su mujer reside en la casa de Pinto. Ya no volverán a estar juntos. Cabe pensar que la ruptura del matrimonio ya era un hecho y que Rosario prefirió aguardar para evitar a su padre, que había sido jubilado en mayo de 1878 por enfermedad, el disgusto. Su fallecimiento habría desencadenado la definitiva ruptura de aquél matrimonio que, al parecer, languidecía desde hacia algún tiempo por   la supuesta infidelidad del marido.

Sea como fuere, a Rosario de Acuña no le queda otro camino pues, como antes comprobara Emilia Pardo-Bazán, la sociedad y las leyes que la regulan favorecen claramente al marido. Si la escritora coruñesa se encontró con que la legislación permitía que su marido no consintiera que publicase, la madrileña se topó con unas costumbres y una normativa que era benévola con la infidelidad o la intransigencia del marido. Si un tribunal civil tuviese que atender su demanda de divorcio-separación, no lo tendría nada claro. Además, tampoco cabía esta opción pues desde 1875 los matrimonios celebrados canónicamente dependían de la jurisdicción eclesiástica. Así las cosas, la mejor solución fue un acuerdo de separación.

El año 1884 es importante para todas las mujeres españolas porque, por primera vez, en un hecho sin precedentes, una de ellas, Rosario de Acuña ocupará la cátedra del Ateneo de Madrid para ofrecer una velada poética de gran resonancia en los ambientes literarios de la época, donde no se permitía el acceso de las mujeres, como Cecilia Böhl (Fernán Caballero), que tenía que firmar con pseudónimo masculino para poder acceder a ese nivel o círculo excluyente de su género. Por entonces Rosario ya es una escritora muy conocida, con abundante obra publicada (prosa, teatro, lírica) y asiduas colaboraciones en los principales diarios ( El Imparcial, El Liberal... y revistas españolas ( Revista Contemporánea, España...).

También hay un progresivo acercamiento suyo a los sectores sociales y culturales que apoyan los republicanos y más afines al libre pensamiento que, en aquel tiempo, defendía la separación de la Iglesia y el Estado. A comienzos de 1885, se adhiere públicamente a la causa de los librepensadores y colabora en Las dominicales del Libre Pensamiento.

… me pareció haber soñado cuando terminé de leer LAS DOMINICALES, porque en ellas palpitaba la vida de la libertad, de la justicia, de la fraternidad, no como una abstracción del pensamiento, sino como una realidad viviente, enérgica, activa, llena de promesas de redención y de esperanzas de felicidad. Aquel periódico, extendido ante mis ojos, con aquel lenguaje de sublimes sinceridades; con aquella altivez indómita que se manifestaba en cada una de sus líneas; con aquel entusiasmo arrojado, vehemente, despreciativo de lo convencional, y al mismo tiempo lleno de generosidad y de austeridades, era el grito primero, el más valiente, el más conmovedor y el más imposible de ahogar de un pueblo que despierta, de un pueblo que desperezándose, como el león harto de míseros despojos, lanza los candentes hierros sino logra, con su vigorosa fuerza, romper las cadenas que lo aprisionan ….

La polémica que rodea a Rosario de Acuña la alimenta ahora (1886) su iniciación en una logia de adopción masónica, la Constante Alona de Alicante, con el nombre simbólico de Hipatia, que nunca abandonará pues en la firma de escritos suyos va a aparecer solo o junto a su verdadero nombre. Entre 1886 y 1890 su vida es muy agitada: viaja, conoce gente, propaga los ideales de la masonería, se prodiga en recitales y discursos por Galicia, Asturias, Andalucía, el Levante...

En 1851 se había firmado el Concordato entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y Su Majestad Católica Doña Isabel II Reina de las Españas, por el cual el nuevo Estado, que los liberales habían instituido en nombre de la Libertad, no solo va a asumir que la religión católica apostólica romana sea «la única de la Nación española», sino que también concede a las autoridades eclesiásticas el control de la ortodoxia ideológica. Rosario de Acuña y Villanueva se va a convertir en una de las figuras más controvertidas de la España del Concordato en virtud del protagonismo que asumirá como dramaturga, masona, feminista, montañera, poeta, republicana, melómana…  Una mujer que a nadie dejaba indiferente, así hubo quien la convirtió en la Flora Tristán española y quien, por el contrario, la calificó públicamente de «harpía laica», «hiena de putrefacciones» o «trapera de inmundicias».


Es el papel de la religión católica en relación con la situación de la mujer en la España del Concordato uno de los rasgos distintivos del pensamiento feminista de Rosario de Acuña.  Si en otros aspectos (contestación de las tesis que justifican la supuesta inferioridad de la mujer, atribución al hombre de su postergación social, reivindicación de acceso a la más amplia formación posible…) coincide con otras contemporáneas que cuentan con una clara conciencia feminista, será en la lucha contra el que considera pernicioso control de las conciencias femeninas por parte de los clérigos católicos donde su discurso se habrá de distinguir nítidamente. Para ella es la Iglesia católica la responsable por suministrar a la sociedad el soporte ideológico y moral para justificar el sometimiento de la mujer:

¡Sí, hermanas mías! el catolicismo, rigiendo la sociedad, es la esclavitud, el rebajamiento y la humillación para la mujer: los varones, dentro de esta secta, podrán acaso individualmente (aunque es difícil), por causas ajenas y aún contrarias al dogma que profesan, considerar a las mujeres como su semejante, ¡alto ideal que toca a nuestro sexo defender, aun a costa de cien siglos de tormento!, pero la doctrina, la esencia, el alma católica, nos lleva a ser montón de carne inmunda, cieno asqueroso que es necesario sufrir en el hogar por la triste necesidad de reproducirse. ¡He aquí el destino de la mujer católica! Fuera sofismas ridículos y necias exclamaciones del idealismo cristiano, la mujer, en la comunión de esta Iglesia, es solo la hembra del hombre… (A las mujeres del siglo XIX, 1887 ).

En 1891 estrena en el teatro madrileño de La Alhambra otro de sus grandes dramas, «El padre Juan», pieza en tres actos que la convierte en una mujer de teatro tal como se entiende en la actualidad, pues se encarga de la producción, los escenarios y el vestuario, alquila el teatro, dirige la obra, y es la autora del texto y de la puesta en escena. Se trata de un obra anticlerical que, aunque levanta ampollas en la sociedad conservadora, obtiene un rotundo éxito de público. Pero a pesar de haber superado la censura previa y contar con el permiso pertinente, el gobernador de Madrid la prohíbe. La suspensión casi la lleva a la ruina.

Este duro revés le reafirma en su defensa de la emancipación de la mujer y le lleva a viajar por España, siempre a caballo para no perder el contacto con los campesinos y obreros de los lugares más recónditos y por Europa. Al regresar deja Madrid y, en compañía de Carlos Lamo Jiménez —un joven que había conocido en Madrid en 1886 y que nunca la abandonará—va a vivir a Cueto (Cantabria), donde hace realidad uno de sus sueños: montar una granja avícola. Rosario de Acuña, profunda conocedora del campo y de la naturaleza, llega a convertirse en una experta en avicultura, hasta el punto de acudir a la primera Exposición de Avicultura celebrada en Madrid en 1902 con una colección de artículos publicados en el diario El Cantábrico de Santander y lograr una medalla por su labor de difusión de la industria avícola.

En 1907, con 56 años de edad, Rosario firma su testamento y en el afirma con contundencia que "vivió y que muere separada radicalmente de la iglesia católica (y de todas las sectas religiosas") .


En 1909 comienza la construcción de su solitaria casa en La Providencia (Gijón), sobre un acantilado, donde vivirá hasta su fallecimiento, después de que los dueños de la finca en que había montado la granja, sometidos sin duda a presiones, le rescindieran el contrato. En la decisión de fijar su residencia en la villa de Jovellanos son decisivos los ruegos en tal sentido de los directivos del Ateneo-Casino Obrero de Gijón.

En 1911 se traslada a vivir a su nueva casa. En esta última etapa de su vida, su implicación en la defensa de los más desfavorecidos, se hace mucho más evidente, involucrándose activamente en diversas campañas destinadas a socorrer a los más débiles. Instalada en su apartada casa sobre un acantilado de la costa gijonesa, a pesar de los años de lucha que ya lleva a cuestas y de las heridas recibidas, aún habrá de enrolarse en nuevas refriegas, algunas cruentas, como aquella que, por defender el derecho de las mujeres a realizar estudios universitarios, la llevó a exiliarse en Portugal ( esta "invitación" fue obra de la muy religiosa, cristiana y compasiva organización ultra "Acción  católica”), durante más de dos años: no basta con defender la libertad de pensamiento, es preciso involucrarse también en la lucha cotidiana, en el campo de las acciones, participando en manifestaciones por las calles gijonesas defendiendo la Ley del Candado, asistiendo a los mítines de Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, o al que se celebra en Madrid en 1917, en apoyo de los países aliados que combatían en la Primera Guerra Mundial. 

Fotografía de su casa de Gijón. Publicada en 1.969


Se encuentra cómoda con la coalición entre reformistas y socialistas que preparó la huelga general de ese mismo año y que ella misma alentó, razón por la cual su casa fue objeto, en dos ocasiones diferentes, de un minucioso registro por las fuerzas policiales durante el verano. También estará al lado de los presos anarquistas acusados de atentar contra un miembro de la patronal, de los pescadores que, desasistidos de cualquier medida preventiva, ponen cada día en peligro su vida frente a los embates del bravío mar Cantábrico, de los humildes trabajadores que son tentados en el lecho mortal por la interesada caridad de quienes pretenden anotar en su cuenta la salvación de una nueva alma… No es de extrañar que el día de su entierro, al lado de republicanos, reformistas y masones, se arremolinaran ante su casa multitud de gijoneses, integrantes del pueblo llano, del que vive, como ella ha vivido en los últimos tiempos, del trabajo de sus manos: los cuales, agradecidos, transportaron a hombros su féretro durante varios kilómetros por las calles de la ciudad hasta depositarlo en el cementerio civil...

Aquella joven a la que no parecía faltarle de nada dio un golpe de timón a su vida, abandonando todo lo que la fortuna había puesto a sus pies para convertirse en una entusiasta abanderada de la libertad de pensamiento. De esta forma, por propia voluntad, se va adentrando cada vez más en la otra orilla, la que pueblan masones, amancebados, republicanos, feministas, proletarios, regeneracionistas… para, al final de un largo camino de lucha, penar en las estrecheces propias de los que viven por su mano, mientras sueña con un mañana prometedor, en el que "dejará de ser la propiedad privada", dejará de ser la organización de los Estados, dejará de ser la casta sacerdotal, y en el que las mujeres, elevadas a compañeras de los hombres racionalistas se acuerden de las que, haciendo de antemano el sacrificio de sí mismas, "empuñaron la bandera de su personalidad en medio de una sociedad que las considera como mercancía o botín, y defendieron con la altivez del filósofo, la abnegación del mártir, y la voluntad del héroe sus derechos de mitad humana dispuestas a morir antes que renunciar a la libertad!" (La Humanidad, Alicante, 10-7-1885).




Obras

«Un ramo de violetas» (1873)

«En las orillas del mar» (1874)

«La vuelta de una golondrina» (1875)

«Rienzi el tribuno» (1876)

«Ecos del alma. Poesías» (1876)

«Amor a la patria» (1877)

«Morirse a tiempo. Ensayo de un pequeño poema imitación de Campoamor» (1879)

«Tribunales de venganza» (1880)

«Tiempo perdido» (1881)

«Influencia de la vida del campo en la familia» (1882)

«El lujo en los pueblos rurales» (1882)

«La siesta» (1882)

«Sentir y pensar» (1884)

«Un certamen de insectos» (1888)

«La casa de muñecas» (1888)

«El crimen de la calle de Fuencarral» (1888)

«Discurso leído en el Ateneo-Casino Obrero de Gijón la noche del 15 de septiembre de 1888

«Discurso pronunciado en el Acto de la Instalación de la Logia femenina Hijas del Progreso» (1889)

«El padre Juan» (1891)

«La voz de la patria» (1893)

«La higiene en la familia obrera» (1902)

«Avicultura» (1902)

«El ateísmo en las escuelas neutras» (1911)

«Cosas mías» (1917)


Fuentes: Wikipedia; IES “Rosario Acuña” de Gijón; Marisa González Seoane;Macrino Fernández Riera


2 comentarios:

Kenit Folio dijo...

Genial, pasear por tu blog.
Un abrazo.

HYPATIA dijo...

Idem, Kenit