martes, 12 de julio de 2016

Constance Mary Lloyd. La esposa oculta....


Conocida como la esposa de Oscar Wilde, vivió intensamente el feminismo, escribió cuentos para niños que reunió en un volumen, cultivó el periodismo, se implicó en actividades políticas de índole diversa, y fue pionera del movimiento que reclamaba la creación de clubes sociales exclusivamente para mujeres. Expresó su rebeldía revolucionando la manera de vestir (rasgo que compartió con su marido), llegando a desempeñar un papel activo como miembro de la Sociedad a favor del Vestido Racional.








Constance Wilde nació un 2 de enero de 1859, en Dublín, como Constance Mary Lloyd. Hija de Horace Lloyd, un abogado irlandés, y Adelaide Atkinson Lloyd. Estudió en la Universidad, motivada por su padre, y a los 20 años de edad ya vivía de forma independiente, algo impensable en la sociedad victoriana del siglo XIX. En 1879, año en que dejó Oxford para iniciar la conquista de la celebridad en Londres, Oscar Wilde conoció en una fiesta a Constance. Se casaron cinco años después, cuando la ciudad se había rendido al talento del escritor irlandés, aunque la chica de pelo castaño, ojos violeta y rostro de aire prerrafaelista había sucumbido al ingenio y los encantos del irresistible dandi nada más verlo. Fuera de sí, cuando Oscar la pidió en matrimonio, Constance le envió a su hermano Otho una nota en la que decía: "Me he comprometido con Oscar Wilde y soy perfecta y enloquecedoramente feliz"

Otho Lloyd no las tenía todas consigo. "Si se tratara de otro", le escribió a un amigo, "no pondría en duda que estaba enamorado de mi hermana". La boda fue un espectáculo a la altura de los cuadros escénicos que aparecen en sus comedias. Pasaron la luna de miel en París. En medio de la felicidad luminosa de los primeros tiempos, Constance percibió la misma sombra que había enturbiado el pensamiento de su hermano cuando le anunció su compromiso. Aunque creía en él, el vínculo matrimonial agobiaba al autor de El retrato de Dorian Gray. lo que le atraía de verdad era el ambiente de los bajos fondos. Su amigo el escritor Robert Sherard lo había introducido en el mundo de la prostitución en Oxford y más adelante lo llevó a conocer los antros de París como el Château Rouge o la Salle des Morts. Era aquel el mundo que de verdad le fascinaba. Wilde atribuyó sus actos a "una forma abominable de obsesión erótica" que le hizo olvidarse de su mujer e hijos

Muy pronto, Constance se quedó embarazada, dos veces; la segunda, no bien se recuperó del parto del primogénito de la pareja, Cyril. Mientras que el primer nacimiento fue una ocasión jubilosa, el segundo despertó en Wilde un sentimiento más bien de tedio. La primera contrariedad que causó a sus padres fue no haber nacido niña. La madre pagó un precio aún mayor: deformada por los dos embarazos consecutivos, su esposo dejó de sentirse atraído por ella. Era un abismo que, antes o después, tenía que abrirse. Wilde formuló así sus anhelos ocultos: "A veces pienso que la vida artística es una forma lenta y deliciosa de suicidio... Hay una tierra desconocida, llena de flores extrañas y perfumes sutiles, una tierra en la que el gozo de los gozos es soñar, una tierra en la que todas las cosas son perfectas y venenosas".


Las 300 cartas de Constance que sirven de base a la biografía de Franny  Moyle permiten asomarse a las complejidades de un alma desolada y generosa, que no llegamos a conocer bien. 

Tampoco se alcanza a desentrañar la naturaleza exacta del vínculo que unía a los esposos Wilde salvo, tal vez, el culto al arte y la belleza, profesado por los dos con una entrega casi religiosa. Franny Moyle nos permite seguir de manera irregular e intermitente, dado lo relativamente exiguo del material a su alcance, los avatares de un alma frágil y exquisita, de un ser extraordinariamente sensible y vulnerable cuya personalidad había sido eclipsada por su proximidad con un genio tan abrasivo como el de su marido. Durante las temporadas que su marido desaparecía en los abismos voluptuosos y decadentes en que le gustaba perderse, Constance se sumergía en la lectura del original del Inferno de Dante, o buscaba refugio espiritual en un convento, como el de San Juan Bautista, en Windsor, lejos de sus hijos. 

El gran escritor Jerome K. Jerome intentó llegar al fondo de su personalidad en una entrevista publicada en la revista To-Day, sin conseguirlo. Le interesaban el espiritismo, el arte, la religión y la literatura; tocaba el piano, pintaba al óleo, fue una fotógrafa técnicamente avezada, hablaba francés y leía italiano. Vivió intensamente el feminismo, escribió cuentos para niños, que reunió en un volumen, cultivó el periodismo, se implicó en actividades políticas de índole diversa, y fue pionera del movimiento que reclamaba la creación de clubes sociales exclusivamente para mujeres. 

Moyle describe con inteligencia la manera en que expresó su rebeldía revolucionando la manera de vestir (rasgo que compartió con su marido), llegando a desempeñar un papel activo como miembro de la Sociedad a favor del Vestido Racional, a través da la cual varios reformadores y reformadoras se plantearon, diseñaron y usaron, ropas supuestamente más racionales y más cómodas que las de la moda de la época. Esto se conoce como la "reforma en el vestido" o movimiento "rational dress" que tuvo su mayor éxito en la reforma de la ropa interior de las mujeres, la que podía ser modificada sin exponer a la usuaria a la burla social. L@s Reformador@s del vestido también fueron influyentes persuadiendo a las mujeres a adoptar prendas simplificados para las actividades deportivas como el ciclismo o la natación. El movimiento de reforma en el vestido estaba mucho menos interesado en ropa de hombre y sus protestas iban  contra la introducción de cualquier moda en el vestir que, o bien deformara la figura, impidiera los movimientos del cuerpo, o de alguna manera tendiese a dañar la salud. Protesta contra el uso de los corsés apretados, los zapatos de tacón alto, las faldas, con las que el sano ejercicio es casi imposible, y de todas las capa de prendas de ajuste u otras que impidan los movimientos de los brazos. Exige que todos se vistan de forma saludable, cómoda y bella buscando lo que conduce a la salud , el confort y la belleza en nuestra forma de vestir como un deber con nosotros mismos y con los otros.  

Otras de las inquietudes de Constance la llevaron a experimentar con diversas modalidades de espiritismo y la teosofía, tal y como preconizaba la célebre Madame Blavatsky. En ocasiones incurrió en desvaríos, como el que la llevó a ingresar en la estrambótica Orden Hermética del Amanecer Dorado, de la que fue miembro fundador. El poeta William Butler Yates, amigo de los Wilde, se sumó unos años después a esta orden.





Constance y su hijo Cyril


Vivió la tragedia de su marido, condenado por homosexualidad en un juicio humillante, en silencio, devastada por el abismo que, ahora sí, se abría más allá de los límites de lo aceptable, viéndose obligada a ocultar a sus hijos (aunque Vyvyan era demasiado pequeño para entenderlo) un espectáculo del que todos los periódicos daban cuenta a bombo y platillo. Su tragedia mayor fue aceptar que el verdadero amor de su marido no había sido nunca ella, sino un joven de aspecto frágil, rubio y barbilampiño, lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry, alias Bosie que era el reverso exacto de Constance Wilde: deletéreo y retorcido, difícil, egoísta, hedonista y ambicioso. "Douglas poseía un alma fea", llegaría a decir de él el escritor en De profundis. Nada de ello impidió que Oscar se entregara a él en cuerpo y alma. 

Deseosa de afecto y privada de todo contacto sexual, Constance acabó por enamorarse de otro hombre que pertenecía al mundo comercial, que tanto despreciaba Wilde. La caída de Oscar Wilde se precipita tras protagonizar una persecución diabólica de los amantes por todo Londres. Un día el marqués de Queensberry se presentó en el club que frecuentaba Oscar Wilde y a la vista de todo el mundo dejó una tarjeta en la que le llamaba "somdomita" (sic). Siguiendo el nefasto consejo de su amante, el escritor llevó a Queensberry a los tribunales, acusándolo de difamación. No tardó mucho en comprender la gravedad del error que había cometido. Queensberry lo acusaba del "delito" de homosexualidad. Para hacer frente a un cargo así, Oscar Wilde se vio obligado a presentarse ante el jurado como lo contrario de lo que era, es decir, como un "campeón de la conducta respetable, del puritanismo en la vida y la moralidad en el arte". Sus posibilidades de salir airoso eran nulas. Al tercer día del proceso, Wilde retiró los cargos. Aquella misma noche, era detenido y encarcelado.  

Es difícil pensar en una humillación mayor que la que padeció Wilde durante su proceso, pero a la vez, su actitud puso de relieve la grandeza de su alma y la entereza de su carácter, y en eso estaba mucho más cerca de Constance que de Bosie. "No es prudente mostrar el corazón al mundo", había escrito en una ocasión, para hacer exactamente todo lo contrario durante las causas judiciales a que fue sometido. Interrogado acerca de un verso en el que lord Douglas invocaba "el amor que no se atreve a pronunciar su nombre", Wilde hizo una encendida defensa de aquello mismo de lo que se le acusaba: Aquel sentimiento era "puro y perfecto", y era el que "alentaba las grandes obras de arte debidas a Shakespeare y Miguel Ángel". Constance  le perdonó, aunque no llegara a entenderlo. Wilde le escribió una carta a Constance (la única que le permitieron enviar desde la cárcel) pidiéndole perdón por su conducta, y cuando se dirigió a las autoridades solicitando que lo excarcelaran antes de cumplir la totalidad de su condena, atribuyó sus actos a "una forma abominable de obsesión erótica" que le había hecho olvidarse de su esposa y sus hijos.  

Cuando por fin dejó la cárcel, la relación de Wilde tanto con su esposa como con Bosie volvió a ser objeto de violentas e infinitas fluctuaciones. Tuvo palabras de extraordinaria dureza contra Constance, lo cual no impidió que, alejada definitivamente de él, cuando cayó en sus manos un ejemplar de la devastadora Balada de la cárcel de Reading, se sumiera en un llanto de una pureza inconsolable. "Dice que ha amado demasiado y que eso es mejor que odiar", comenta en una carta. "En abstracto, eso es cierto, pero el amor de que habla es antinatural, una forma de locura peor que el odio. No le guardo rencor, pero me da miedo".




Sus amigos recomendaron a Wilde que huyera al extranjero después del juicio de difamación, que diera tiempo a que el alboroto terminara, pero él se negó. Constance, en cambio, entró inmediatamente en acción para proteger a sus hijos y si bien parece que al final, el amor de Constance por Oscar nunca terminó y proveyó al empobrecido Oscar con dinero, esto cesó después de que el escritor faltó a una visita a sus hijos, prefiriendo la compañía de Lord Alfred Douglas en Nápoles. La pareja nunca se divorció, y aunque Constance visitó a Oscar en la cárcel para darle la noticia de que su madre había muerto , más tarde lo obligó a renunciar a sus derechos de paternidad. Cambió los nombres de sus hijos y se trasladó con ellos al continente, donde murió en 1898 de una misteriosa enfermedad con tan solo 39 años, a manos de un ginecólogo inepto, siendo enterrada en Génova, Italia. 

Unos meses antes de morir él, el escritor quiso visitar su tumba. En una carta a un antiguo amante, uno de los afectos más constantes de su vida, Robbie Ross, resumió así lo que sintió entonces: "Fue muy trágico ver su nombre esculpido en una tumba... Figuraba solo su apellido, el mío por supuesto no se mencionaba... Solo decía: Constance Mary, hija de Horace Lloyd. Deposité unas flores. Aunque me sentía profundamente afectado, era plenamente consciente de la inutilidad de lamentar nada de lo ocurrido. Nada hubiera podido ser de otro modo. La vida es algo terrible". En 1967, alguien reparó la omisión, añadiendo una frase que reza: "Constance: esposa de Oscar Wilde".  

Resulta sorprendente que antes de 1983 no existiera alguna biografía de Constance Lloyd. Era muy educada para una mujer de su clase, y parecía compartir con Oscar el don de los idiomas. Desde su infancia, Constance estaba familiarizada con los pintores prerrafaelistas y, más adelante, con los escritos de John Ruskin. Su vestuario, que reflejaba la moda del movimiento estético, crearon sensación: en las inauguraciones en las galerías, “el señor y la señora Wilde competían por el interés entre los buscadores de celebridades”. Constance, con su interés en los textiles, probablemente también fue responsable del diseño interior avant-garde de su residencia en Chelsea, que era (de acuerdo con el credo estético) “estética, práctica y saludable”. La biografia de Moyle además de detallar la corte victoriana tardía de los Wilde, presta atención a muchas de las actividades de Constance, que combinaban el esteticismo, la política liberal y el feminismo. Constance, debemos tratar de comprender, era su propia persona. Publicó cuentos infantiles (incluyendo There Was Once, publicado el mismo año de El príncipe feliz y otros cuentos de Oscar), reseñas teatrales y artículos sobre la historia de las mujeres y el vestuario de los niños. Fue un miembro activo de la Federación de Mujeres Liberales y editora del boletín de la Sociedad Racional del Vestido. Estaba, como en muchas de las tendencias de la década de 1890, profundamente involucrada en la teosofía.






El libro de Corelli de 1892 de retratos satíricos de sus contemporáneos caricaturiza a Oscar como “Elefante Social” y a Constance como su delicado fracaso:



“ella no parece estar en absoluto incómoda con su Señor Elefante. Ella tiene sus pequeñas olas para moverse - su telaraña plateada - en las discusiones sobre política, en las que, bendice su corazón por un pequeño encanto radical, en el que trabaja bien y sin exponerse… Tiene el pelo más hermoso, que se encrespa libremente sobre su rostro, y una voz tan modulada que parece afectar a algunas personas; es una música natural… Viste ‘estéticamente’ - con todo tipo de matices extraños y ricas telas… con mangas grandes y maravillosas y adornos medievales - lo que complace a ella y también parece complacer al Elefante, a quien emociona el tema del color… No habla mucho esta pintoresca hada, pero atiende todas las historias. Su mirada es delicadamente nostálgica y a menudo abstraída; en ciertos momentos su espíritu parece salir de ella con alas invisibles, a kilómetros de distancia del castillo literario del Elefante, y es en esos momentos cuando luce más hermosa. Para mí, ella es infinitamente más interesante que el propio Elefante… uno nunca se cansa de mirar el hada encantadora que lo protege y guía.”






Fuentes: Wikipedia; Eduardo lago para El país ; Elizabeth Powers; Franny Moyle. Constance. The Tragic and Scandalous Life of Mrs. Oscar Wilde






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